Sueños

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Por Pablo Argüelles/ @Piaa11

Creo que quien escribe, pinta o se expresa a través de cualquier forma de arte, siente en el fondo un profundo deseo de detener el tiempo, de no dejar ir las cosas [...] Por eso, para alguien así, estar en La Habana es un alivio.

Llueve. El cuarto del Torremar se ha llenado ya con la luz de la mañana más joven que veo entre mis pestañas. He pasado la noche en el sofá, como es costumbre, pues papá y mamá siempre tienen un cuarto y María José y Pepino, mis hermanos, tienen el suyo. Yo siempre duermo en la sala que hay entre ellos, en un sillón que el Señor Pister, el gerente del hotel, manda a poner especialmente para mí junto a una canasta de manzanas.

 Afuera se escucha cómo las gotas de lluvia pegan en el vidrio. A ratos, gracias a una ráfaga de viento, lo hacen más fuerte, otras veces parece que la lluvia cesa, pero es sólo que el viento va y viene. El árbol sigue golpeteando la ventana, ahora con más fuerza, y pienso en que hoy no bajaremos a la alberca. Soy un niño, tengo ocho o nueve, y mi mayor angustia es que no podamos bajar al mar para utilizar la cubeta y la pala que compré ayer por la noche  en el Malecón.

Las ramas del árbol siguen golpeando en la ventana como si los vientos fueran cada vez más violentos. Empiezo a entrar en conciencia después de un buen sueño. Es muy temprano para despertar a mamá; menos quiero despertar a papá porque él sabe bien que la lluvia no es cualquier lluvia, sino un Norte, y entonces no nos va a dejar nadar, aunque siempre es inútil atrasar desilusiones, ya lo he aprendido, siempre acaban llegando.

Me incorporo en el filo de la cama, y miro hacia donde está la ventana, veo borroso todavía. ¿Un árbol?, me pregunto. Froto mis ojos. Ningún árbol llega hasta el octavo piso, mucho menos hay árboles en el Torremar. Abro bien los ojos, me acerco  a la ventana. Siento el frío del piso en las plantas de mis pies. Afuera, una lluvia pesada y un viento insistente hacen que las ramas del gran árbol golpeen mi ventana violentamente. Miro alrededor, no hay mar, no hay dos cuartos más, ni papá ni mamá, ni María José ni Pepino. Estoy yo solo en un cuarto de hotel y no es Veracruz, no tengo nueve años ni una cubeta nueva para jugar en la arena. Tengo veintitrés y estoy en La Habana, despertando de un sueño profundo.

Llevo sólo un día aquí pero ya pienso que en La Habana la memoria se ha conservado en una lata que por afuera está oxidada. Creo que no es coincidencia que ese sueño me haya despertado hoy, ya que estar en un lugar tan puro donde la interacción está intacta y las sensaciones son tan volubles y nuevas como la lluvia y las olas del mar, ayuda a que uno regrese a los rincones más transparentes y poco visitados del recuerdo.

Creo que quien escribe, pinta o se expresa a través de cualquier forma de arte, siente en el fondo un profundo deseo de detener el tiempo, de no dejar ir las cosas. Para quienes usamos las manos para plasmar palabras, dibujos o ritmos, el ansia de conservar se vuelve una especie de enfermedad, un síndrome variante de la obsesión compulsiva, cuyo principal síntoma es la necesidad de acumular recuerdos, encerrar sentimientos bajo llave; darle mil vueltas a todo, y su principal consecuencia sea tal vez la muerte por asfixia.

Por eso, para alguien así, estar en La Habana es un alivio.

Aquí el tiempo es lentísimo, no ha pasado. La nostalgia no existe, se está en punto del tiempo en donde no ha nacido todavía. La angustia que producen los atardeceres prematuros en invierno no surte su efecto aquí. Cuando se piensa en los amores pasados, no hay vacío en el estómago pues siguen estando ahí todos, naciendo en el Malecón una y otra vez. La tristeza y la prisa se toman un café y bailan juntas, están siempre distraídas sin molestar a nadie.

Hay una calle en el centro de la Habana, la calle Galiano. Juro que es lo más parecido a estar dentro de las páginas de un libro que habla de lo esplendoroso que fue el pasado. Cientos de aparadores y nombres de tiendas con las tipografías que mi abuelo dibujaba en los cincuenta. Fachadas Art-Decó cansadas con tendederos anacrónicos que las cubren, pero que no opacan. La calle Galiano me hace pensar mucho en cómo Ruiz Zafón describe el Pasea de la Bonanova en Barcelona durante los setenta en su libro “Marina”.

Pero sobre todas las cosas que he visto y sentido, lo que quiero guardar por siempre es la imagen del mar desbordándose en el Malecón. A nadie parece importarle que mientras camine, al mar se le ocurra salirse y bañarlo por completo. Es completamente natural. Aquí la naturalidad vive, existe todavía, contrario a lo que había pensado. No hay nada programado ni los gestos son mecánicos, no hay nada que interrumpa el ritmo de las cosas; todo, la gente, los coches, el mar, los árboles y los rayos que se ven a lo lejos sobre el Atlántico, se convierten en centros individuales, en el centro de algo invisible.

Aquí, en La Habana, se admite toda espontaneidad.

Vine preparado para ser inmune a los clichés, pero no pensé jamás que este lugar fuera completamente inmune a mi.

Nos leemos pronto.

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