De Acteal a Belén; la esperanza sigue naciendo

ACTEAL

Por Roberto Longoni / @Galleta27

Quisiera dedicar este pequeño texto a todos los niños indígenas tzotziles de los Altos de Chiapas, quienes me enseñaron que yo de la vida no sabía nada, y que el miedo se vence con amor.

La imagen es cruda pero real. Unos veinte encapuchados ven sin ningún tipo de expresión los cadáveres de tres niños. Los cuerpos muestran una expresión de inocencia y horror y están mutilados por las balas que los atravesaron. Al fondo un letrero oxidado dice en hebreo: “Bienvenidos a Belén”. La ciudad donde hace años nació Jesús, donde la joven María junto a su compañero amoroso José, en medio de la persecución y el miedo, encontraron un humilde refugio donde poder ver nacer la esperanza del mundo, hoy está en el centro del horror, de la muerte y la desilusión.

Bajo unas escaleras de piedra en forma de caracol, la neblina lo cubre todo. Terminando las escaleras se encuentra el pequeño centro de Acteal, adornado por una capilla mediana con algunos rostros coloridos en las paredes. “Esa no es la capilla donde paso todo”; me dice Juan, joven tzotzil, compañero de viaje y habitante del pueblo. Él era un niño apenas cuando ocurrió la masacre en Diciembre de 1997.

Me lleva a la parte de atrás, la más remota al lado de un despeñadero. “Esta es” y toca una pequeña construcción que, me explica, ahora es de concreto pero entonces era de maderas. Entramos, nos hincamos en la tierra, nos persignamos, dice algo en lengua que después me explicará que es un saludo que significa “Bendito seas”. Camina con cautela y yo tengo un nudo en la garganta. Recuerda, (vuelve a pasar por el corazón):

“Aquí en frente estaba mi papá, él era catequista del pueblo. Al lado de él estaba mi mamá con mi hermanita en brazos. Alrededor de ellos habíamos muchos, hombres, mujeres, niños, ancianos y ancianas. Ese día nos juntamos como tantos otros a rezar por la paz en Chiapas. Mientras mi padre acababa de orar, una bala le atravesó el pecho. Varios quedaron muertos ahí, otros logramos salir corriendo. Afuera vimos a varios sujetos armados que empezaron a acribillarnos, solo algunos pocos conseguimos salir por una vereda que nos llevó montaña adentro.”

Se le corta la voz y mientras, sin darnos cuenta, ya recorrimos todo el camino por fuera de la capilla hasta la vereda que lo dejó escapar. Me dice que no le gusta recordar eso, pero que alcanzó a ver a un tío de él entre los sujetos armados, que había un camión de policía en la entrada del pueblo y que jamás hizo nada, y que alcanzó a ver a una mujer embarazada desangrándose en el piso, mientras acuchillaban sus entrañas y gritaban: “Hay que matar a la semilla para que no siga esparciéndose”.

Con lágrimas en los ojos, el pecho apretando y frente a las cruces que se erigieron en honor a los muertos, Juan entiende mi rostro y termina su narración. “Vale pues, aquí seguimos. Mira, ven.” Entramos a un cuarto por detrás de la capilla, ahí hay fotos de su padre, algunas balas encontradas ese día, un memorial con fotos de todos los que ese día pagaron con su vida el odio. Juan señala al fondo un cuadro. Es un paisaje bordado, dice: “Bienvenidos a ACTEAL (tierra sagrada) de los mártires. Donde a pesar de todo, siempre amanece.”

Volteo y, valiente, Juan sonríe. Se hinca de nuevo, se persigna y acomoda al niño Jesús en el nacimiento que hoy adorna la capilla y que fue hecho con los restos de madera que aún hoy tienen las marcas de las balas.
En Belén, en Acteal, en cualquier geografía, cualquier sureste, cualquier año, cualquier tiempo, en medio de la miseria, la incertidumbre, el abandono, el miedo, el odio o la ruina, siempre habrá una esperanza para seguir naciendo, a pesar de todo.

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