Las disculpas de cocodrilo de Peña Nieto ante la corrupción

Gracias a Peña Nieto sabemos también que el combate a la corrupción fue un asunto menor en sus “reformas estructurales” porque el mexiquense siempre ha pensado que la corrupción “es un asunto cultural”, como admitió en la entrevista de agosto de 2014 con periodistas convocados por el Fondo de Cultura Económica.

Por Jenaro Villamil de Homozzaping

Tardó 20 meses el primer mandatario mexicano Enrique Peña Nieto para admitir públicamente que cometió “un error” al adquirir la Casa Blanca que irritó a la sociedad mexicana (“la sentí en carne propia”), pero no reconoció que también cometió un delito relacionado con el tráfico de influencias y menos con el conflicto de interés frente a su compadre y constructor consentido, el empresario Juan Armando Hinojosa Cantú, propietario de Grupo HIGA.

Las disculpas que pidió Peña Nieto en su discurso al poner en marcha el Sistema Nacional Anticorrupción fueron como las lágrimas del cocodrilo: poco creíbles, menos honestas.

Desde tiempo atrás, gracias a Peña Nieto sabemos también que el combate a la corrupción fue un asunto menor en sus “reformas estructurales” porque el mexiquense siempre ha pensado que la corrupción “es un asunto cultural”, como admitió en la entrevista de agosto de 2014 con periodistas convocados por el Fondo de Cultura Económica.

Para creerle a Peña Nieto hacen falta hechos, no dichos. Hacen falta sanciones, no leyes. Sobran escándalos de corrupción e impunidad y falta decisión y una auténtica cruzada contra la alta corrupción, no sólo contra la pequeña corrupción de los burócratas que se encubren unos a otros. Ninguno de los grandes personajes vinculados a la carrera política de Peña Nieto han sido sancionados por actos de corrupción: ni su tutor político Arturo Montiel ni su aliado Humberto Moreira, ni el ex gobernador veracruzano Fidel Herrera, mucho menos colaboradores como Gerardo Ruiz Esparza, titular de la SCT vinculado al escándalo de protección a OHL, y menos el titular de Hacienda, Luis Videgaray, a quien también le documentaron una mansión en Malinalco, Estado de México, con un mecanismo de financiamiento muy similar al de la Casa Blanca.

En 17 meses de nombramiento de Virgilio Andrade, el singular personaje de retórica fácil y trayectoria turbia, la Secretaría de la Función Pública realizó una auténtica cruzada anticorrupción. Andrade sirvió para exonerar, no para sancionar. Su credibilidad quedó todavía más afectada por la evidente actitud servil ante el presidente de la República.

El nuevo dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, se estrenó con un discurso más similar al de un vocero del gobierno peñista que al de un líder partidista. Ochoa Reza afirmó que el PRI “tiene que ser un partido que señale la corrupción de los gobiernos emanados de nuestras filas, que exija su fiscalización, incluso su destitución”.

Con él inició esta nueva campaña de discursos en contra de la corrupción, tan vacíos como superficiales en tanto no existan procesos reales, y que el Ejecutivo no se investigue a sí mismo.

Las disculpas de Peña Nieto, en este sentido, suenan más a lágrimas de cocodrilo que a una campaña anticorrupción.

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