Quejarme me causa orgasmos

Por Rosie Arreola / @rosieArreola

Así que ahí estoy, en una comida familiar sentada enfrente del típico cabrón tío incómodo, ese que cuenta chistes malísimos y que siempre me pregunta por el ex con el que terminé hace 2 años. ¡Ah!, una delicia de personaje. Comienza con un interrogatorio al tono de “qué vas a hacer con tu vida ahora que egresaste” y termina con una recomendación: Únete al partido de Peña.

Con ganas de contestarle que agarrara un libro de historia, amablemente le expliqué que no comulgo con la ideología del partido, y que faltaría a mis principios si me afiliara a ese o a cualquier otro partido, que no me interesa por ahora. Pero, m’hija, ‘tas bien joven, ahí ‘stá la mera lana, si los de arriba hacen su robadero de todas formas, ¿Por qué tú no? No seas tonta, tus principios no van a darte de comer.

E ignoré el comentario y siguió parloteando un rato, luego nos enseñó fotos que le enviaron por “wasap” de su nieto para después quejarse largo y tendido de lo terrible de las carreteras y servicios públicos, lo afectado de su negocio desde la homologación del I.V.A. , de (en ese entonces) Tijuana Coqueta, los gasolinazos, lo “pachorras” que ha sido el alcalde y blablablá. El chiste se cuenta solo. Lo decía con una autoridad admirable, con muchos huevos, con todo el derecho del mundo, porque a mi tío, como a millones de mexicanos, quejarnos nos causa orgasmos.

Y así hay tíos en todas partes, que viviendo bajo el lema de “el que no tranza no avanza” levantan el puño y le adjudican todas sus desgracias al mal gobierno, uno que dicen que ellos no eligieron porque no fueron a votar, pensando que ese argumento es razonable y se sintiéndose satisfechos.

Los tíos engendran crías a las que les enseñan a tirar basura en la calle, envidiar al exitoso, no regresar el cambio extra en la tiendita, ver solo por sus intereses y que sus errores son responsabilidad de alguien más. A veces y con algo de suerte, algunos de estos engendros crecen y se incorporan a la clase política mexicana listos para aplicar todos sus conocimientos. Pero casi siempre las crías se quedan abajo, corrompidas y resentidas de un sistema que no se dan cuenta que viene de raíz y no del cielo, crecen, se convierten en tíos, y el ciclo se repite.

Y qué triste, porque tan bonito que es México, tan ricas que son sus tradiciones y tan exquisita que es su comida y su música, este país con tanto potencial, inteligencia y arte se sigue masturbando con la idea de que quejarse es ser un accionista mientras se limpia con el oportunismo y el gandallismo.

De una manera u otra todos somos crías, pero podemos decidir si seguir el trazo o no convertirnos en tíos, cambiemos el sistema de raíz, que el gobierno es reflejo de nuestra cultura.

Ya, por favor, gente, ¿Qué congruencia tiene quejarse por un 7-0  de 90 minutos cuando a México nos lo hemos cogido entre todos tantos años?

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