Una oportunidad para la paz

Por Roberto Longoni / @Galleta27

La paz, en medio de la guerra brutal en que la que estamos hundidos, se vuelve el horizonte y la utopía. Horizonte y utopía que, más allá de ser una ilusión vacía o un montón de sueños infantiles, es posibilidad y esperanza de que este mundo no es lo que debería ser y por lo tanto puede y debe ser transformado.

La guerra se expresa en la violencia irracional que sufrimos cotidianamente en nuestras calles, en nuestras escuelas, en nuestros propios cuerpos. Es el desprecio constante que sufren miles de personas en todo el mundo a las que se les niega en su personalidad, en su humanidad y en su otredad. Es la maldad encarnada en la discriminación, el racismo, el sectarismo, el machismo, el extractivismo. La guerra es el constante estado de miedo y terror en el que estamos sumidos.

Por momentos nos paraliza y no nos deja proyectarnos más allá de lo aparente. La guerra es la negación de nuestra dignidad, de nuestra condición de personas: solidarias, imaginativas, fraternas y capaces de ser algo más, ética y humanamente hablando.

Contra esto, la paz se propone y se construye. Acuerdos como los que se están cerrando entre las FARC y el Gobierno Colombiano, poniendo el primer ladrillo para el fin de una guerra que por momentos pareció interminable, son algunas muestras de la posibilidad de que por fin la paz se haga presente y se siente con nosotros de una vez por todas.

Pero, como decía Germán Dehesa, no queremos cualquier paz.

No queremos la paz de lo sepulcros. No queremos la paz octaviana [ni porfiriana]. No queremos la paz de los que se someten ante las amenazas o la abierta violencia. Tampoco queremos la perversa paz de antes, nutrida en la ignorancia, la postración y la connivencia de las horrendas autoridades y los no menos horrendos latifundistas [capitalistas]. Queremos una paz nuevecita, respetuosa, que se funde en la palabra y que con la palabra inaugure un horizonte, aunque sea lejano pero asequible, de equidad y de justicia para los marginados de todo el mundo.”

No cualquier paz. Una paz, dicen los zapatistas, con justicia y dignidad. Para poder pararnos cada mañana sin palabras que callar y sin máscaras, para poder hermanarnos con el mundo.

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