Rosario Tijeras, la narcocultura en México

Por Renata Bermúdez / @Renbyh

¿Alguna vez escucharon o leyeron el concepto estética del mal? La estética es la rama de la filosofía que estudia la belleza y las reglas de la belleza, el mal es la carencia de un bien en un ser, así la estética del mal estudia la belleza deformada e imperfecta, el exorcista español José Antonio Fortea en su tratado de demonología la Svmma Daemoniaca se pregunta: ¿por qué pudiendo representar lo bueno, lo bello, lo armonioso representamos lo que no es?

Esa misma pregunta me la ha generado el estreno de Rosario Tijeras versión mexicana, en un país donde la narcocultura se afianza día con día. México se está olvidando de que somos más que narcotráfico y tequila, actualmente gran parte de nuestra producción musical versa en la banda y los narcocorridos, películas que abordan el tema, los cuales generan empatía con los y las jóvenes.

Hasta hace unos años la narcocultura era de importación, recuerdo que cuando yo estaba en la secundaria llegó a México la serie “Sin tetas no hay paraíso y por primera vez en mi mente encontré la desgracia del narco y su influencia en las distintas clases sociales , pero como una realidad lejana porque la novela era colombiana. Rosario Tijeras se suma como la heroína ficticia de una realidad lacerada por la violencia a un universo donde al narco se le ve como el guapo, el poderoso, el adinerado, “el todas mías” y que todo lo tiene fácil, llámese el Señor de los Cielos con Aurelio Casillas o “El Chema”.

TV Azteca está vendiendo su serie como una estrategia para aumentar sus ventas, se debe reconocer que es una producción bien realizada, además tiene un lenguaje muy común e incluso con groserías;  confieso públicamente que la estoy viendo por José María de Tavira de quien soy fan desde su participación en Arráncame la Vida, pero su buena producción y buenos actores, no disminuyen su culpa.

El lenguaje, el tema, las escenas de violencia que se desatan en una escuela o en la calle, la violencia domestica que sufren los personajes reflejan una realidad que es cotidiana, pero a la cual miles de personas tienen acceso y lo terrible es que no se puede medir hasta qué punto esta influencia de la televisión perpetua los ciclos de violencia que se viven en los hogares, las calles y las escuelas, ni tampoco qué mensaje le están mandando a jóvenes y niños que quieren replicar las vivencias de los personajes, que no nos sorprenda si en unos meses vemos a niñas peleando e hiriendo con tijeras.

El problema versa sobre la falta de criterio que tienen algunos jóvenes y niños para distinguir de lo que es bueno, bello y verdadero, tratando de seguir patrones de violencia y narcotráfico. La responsabilidad no reside completamente sobre los productores de los contenidos, también sobre quienes los consumimos y lo que estamos haciendo con esta información.

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