Lo que nos duele del gasolinazo

Por Luis Miguel Rodríguez Alemán de Plumas Progresistas

Millones de mexicanos amanecimos el primer día de este 2017 sabiendo que unas horas antes, en los primeros segundos del año, la gasolina ­–“nuestra gasolina”–, ese producto indispensable en la vida diaria del país, entraba por la puerta grande de la Reforma Energética al nuevo sistema de liberalización de precios y de golpe aumentaba en más del 20% su precio con respecto al año anterior.

Y sin duda duele, porque más allá de que el tema divida opiniones de los expertos en la materia, entre quienes creen que es un atentado de proporciones mayúsculas en contra de la economía del mexicano y quienes creen que el subsidio a la gasolina era insostenible para la economía nacional, la triste realidad es que al mexicano, le duele.

Y le duele por muchos motivos; le duele porque durante años, décadas enteras se nos dijo hasta el cansancio que éramos una potencia petrolera a nivel mundial, entonces ¿cómo es posible que tengamos ahora una gasolina tan cara?. Pero la realidad es muy distinta, porque no somos la potencia que nos dijeron, –para ser exactos somos la onceava economía que mayor producción de crudo tiene en el mundo– ni tenemos la capacidad de refinación de una potencia petrolera tampoco, solo el 60% de lo que consumimos se refina en México, el resto tenemos que comprarlo a otros países a precios internacionales. Por eso duele descubrir, que durante décadas enteras de bonanza petrolera, nuestros gobiernos no invirtieron lo necesario para volver a PEMEX una empresa innovadora y competitiva en el terreno global.

El gasolinazo nos duele también por la enorme dependencia que tenemos los mexicanos de este preciado combustible. Somos el cuarto país en el mundo que más gasolina consume, solo por debajo de potencias como Estados Unidos, Japón y Canadá. Y esto podría no parecerte tan alarmante, pero lo es.

En México no solo el salario es inferior que en esos países, también la densidad de vehículos por habitante es mucho menor. Esto en términos sencillos significa que aquí ganamos poco dinero, y pocas personas tienen acceso a un vehículo propio pero consumimos mucha más gasolina. Estados Unidos por ejemplo, tiene una densidad de 965 vehículos por cada 1000 habitantes, Canadá 563 y Japón 543, en nuestro país solamente 273 de cada 1000 cuentan con automóvil.

El mexicano común y corriente ha visto durante toda su vida al carro, como un producto de primera necesidad, y décadas enteras de gasolina subsidiada nos volvieron inconscientes e irresponsables en el uso y disfrute del mismo. ¿Cuántas veces comparte su carro para ir al trabajo? ¿Cuántas veces ha ido caminando a algún sitio y decidido dejar el carro en casa? ¿Cuántas veces la comodidad o la urgencia han sido el pretexto ideal para utilizar su carro en ocasiones que lo pudo haber evitado? Y así podríamos continuar, pero la realidad es que tanto para usted como para mi ­­­–si es uno de los 27.3% de mexicanos que tiene el privilegio de tener un vehículo propio–, el carro es una parte indispensable de nuestra vida diaria, por eso el gasolinazo duele y duele tanto.

Pero este texto no pretende hacer un recuento de nuestras desgracias, de nada le sirve al país quedarnos estáticos lamentándonos de lo sucedido, en el horizonte, existen alternativas que pueden hacer de esta desagradable noticia una enorme oportunidad a futuro, si se cuenta con la voluntad y la participación de la inmensa mayoría.

Ideas para combatir el gasolinazo.

Un estudio reciente del MIT comprobó que si solo 3,000 personas compartieran su carro en sus trayectos podría remplazarse por completo a los 13,000 taxis que existen en la ciudad de Nueva York. Esto se traduce en menos carros, menos gasolina, menos trafico y menos contaminación.

En el caso particular de Estados Unidos y algunos países de Europa, la innovación ha resultado ser una excelente alternativa para abatir costos, no solo para aquellos que tienen un carro, también para quienes no. Aplicaciones como BlaBlaBla Car o Tripda le permiten al usuario compartir trayectos al trabajo o en algún viaje de ciudad a ciudad o aplicaciones como Uber o Lyft que le han dado al dueño de un vehículo la posibilidad de convertir en dinero sus tiempos libres, han comenzado a incorporar esta modalidad de carpooling a sus servicios, permitiéndole al usuario compartir carro en rutas similares. En México la adopción de estas tendencias ha sido lenta,  pero comienzan poco a poco a ser cada día más comunes.

Desde el punto de vista de las finanzas personales muchos expertos coinciden que comprar un carro no debería ser una prioridad, porque lejos de ser una inversión a futuro representa un bien que se devalúa y que sin duda genera una serie de gastos fijos para su mantenimiento. En países de primer mundo, con mucho menos dependencia al vehículo que el nuestro la adopción de la bicicleta como nuevo medio de transporte crece en popularidad, sin distinguir clases o estratos sociales, desde un obrero de una fábrica hasta un ejecutivo en Wall Street, la bici se ha convertido en una alternativa económica y saludable, para moverse en rutas cortas.

Y es aquí hacía donde deberían estar apostando los actuales gobiernos nacionales o los políticos que han querido sacar raja electoral del gasolinazo, esos mismos políticos que en el fondo saben que México difícilmente podrá regresar a un esquema de precios subsidiados, ellos, los que aspiran a gobernar, tienen la obligación de apostar por proyectos para el uso de nuevos medios de transporte, ciclovías, incentivos, un mejor transporte público, económico, seguro y de calidad.

Simplemente por poner un ejemplo, la ciudad de Redmond otorga una serie de incentivos para todas aquellas personas que ahorran emisiones de carbono, ya sea que compartan un vehículo en su trayecto, que caminen al trabajo o que utilicen una bici, al final del año son recompensados por su aportación. Ahí mismo en Redmond, Microsoft ofrece a sus empleados incentivos anuales para aquellos que viajan al trabajo utilizando la bicicleta.

El gasolinazo nos duele, eso no esta a debate, pero probablemente sirva como el pretexto perfecto para cambiar de manera positiva nuestros hábitos de transporte, ya sea por finanzas personales, por salud, por ecología o simplemente por innovar, tenemos más motivos para cambiar que para aferrarnos a un pasado al que gobiernos populistas nos acostumbraron.

Debemos entender aunque duela, que la gasolina no es un derecho, es un bien, y como todo bien de consumo, en una economía sana debe seguir las reglas del mercado. Nos miente aquel que nos prometa o nos diga lo contrario, así como nos mintió también el Gobierno al decirnos que no sucedería y será en las urnas donde habremos de juzgar a quienes nos han mentido. Mientras en la calle, donde usted y yo hacemos la diferencia, comencemos por aportar nuestro granito de arena con pequeñas acciones, y quien sabe igual en un futuro nos daremos cuenta que no dependíamos tanto como pensábamos de la gasolina.

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