“Mirreyes” de once años en el café de la sirena

Por Marco Oliver Rodríguez /@elesoliver

Por motivos financieros más que convicciones nacionalistas no acostumbro beber café en la cadena de locales que usa una sirena como isotipo. Me pregunto ¿cómo disolverá ella su café con agua salada y por qué tiene una cola bífida?, eso ofende y discrepa con las leyes físicas, culinarias y mitológicas. Pero por motivos laborales y disposiciones geográficas, más que personales, hoy una cafetería Starbucks fue el escenario al cual tuve que acudir para cancelar un contrato de arrendamiento.

Si estimado amigo, vuelvo a ser un “sin hogar” porque mi prospecto de casero, justo un día después de firmar nuestro contrato, se peleó con su mujer, sepa el creador por qué. Y resolvió a bien, usar su propiedad recién arrendada (a mi) como guarida de pseudo casado – quasi soltero o vagina de refugiado, si me permite la referencia cinematográfica.

El punto es que para sazonar la mala pasada de este importuno, el futuro César Costa millennial llegó una hora tarde. Y en el tiempo que debí esperarlo, compré un café “alto” y sobrepreciado, tal vez como Juárez.

Mientras bebía, junto a mi había dos niños de no más de once años, de ropa y facciones que sugerían un nivel socioeconómico cómodo, mantenían una conversación sumamente negativa y pedante, obviamente a la altura de sus experiencias, quejándose de su colegio por viejo, ya que consideraban que la fachada era fea, por lo que sugirieron una remodelación; también dijeron que en la secundaria se cambiaban de escuela. Tal conversación incluso me hizo sentir solo a una mesa de distancia de un severo juicio. Afortunadamente tenía un vaso de plástico con mi nombre y buenos zapatos limpios como parapeto.

Pero la reflexión de estas letras, estimado amigo, es la influencia buena y mala que aportamos en nuestros hijos, ¿cómo moldeamos sus expectativas y juicios de opinión con nuestros prejuicios, corajes y temores? ¿por que un niño de once años está en una cafetería quejándose del mundo?.

Favorablemente un ademán involuntario en ellos me dio esperanza. Uno de ellos, bien sentado sobre el respaldo de la silla no alcanzaba el piso con sus pies y los balanceaba con armonía alegre. Es que en el fondo no se reprime la naturaleza libre y transparente de un alma infantil. No permita, que un niño aprenda sus antipatías y  mañana sea un “lord” o una “lady” más que piensa que el mundo está a sus pies y que puede comprarlo deslizando un plástico, que cree que el tono de piel es elemento de métrica social y utilice “asalariado“, “gato” o “naco” como apelativos. No permita que sean los futuros Mirreyes.

Y no espere a tener hijos por qué el niño es usted y eso que siente ahora en el estómago son sus pies libres balanceando, pateando para hacerle reflexionar sobre esto que acaba de leer y le hace sentido en el subconsciente. Evite pensarme como un optimista de corazón transparente, por que disto mucho de esa figura. Sólo sugiero experimentar al mundo por su valor, no por su precio y reconsiderar nuestros temas de conversación y forma de actuar frente a los niños para disfrutar plenamente una taza de café, por más cara que ésta sea.

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