Yo no le creo al presidente

Por Renata Bermúdez / @Renbyh

El 7 de mayo del 2012 se realizó el debate presidencial que pasó a la historia no por las propuestas o los argumentos, sino por la famosa Julia Orayen, la edecán que enfundada en un vestido blanco y escote, literalmente se robó el debate, ese quizá debió ser el anuncio de la serie de eventos desafortunados que acompañaron al país desde ese momento.

El año electoral 2011-2012, estuvo enmarcado por la polémica, la desaprobación del presidente Felipe Calderón, su fallida guerra contra el narcotráfico, los conflictos internos del PAN para elegir candidato, “irse por la segura con el malo conocido” del PRI, las eternas aspiraciones de Andrés Manuel López Obrador por ser presidente y el nacimiento del movimiento #YoSoy132 contra el entonces candidato, Enrique Peña Nieto (EPN).

Su campaña fue una de las mejor estructuradas, tanto en el mensaje como en el lenguaje corporal, lo más cercano a lo que los teóricos llaman: el candidato perfecto; inició fuerte, caminando por las calles del país, por cada rincón, enmarcando la belleza de las playas mexicanas, a diferencia de su adversaria, Josefina Vázquez Mota, mantuvo en crecimiento la campaña: logró posicionarla, dio propuestas y finalmente, logró el objetivo: los votos.

EPN, se hizo presidente a través del storytelling: nos vendió una historia y después una ideología, una cultura simbólica que le encanta a los mexicanos, se nos olvidó que no sabía qué libros habían marcado su vida, se nos olvidó que tampoco recordaba de qué había muerto su esposase nos olvidaron los 70 años en los que el PRI había creado una “dictadura perfecta”. Salimos a votar y le dimos el triunfo – y eso que no voté por él-

En cinco años, retrocedimos en el tiempo, las reformas estructurales con las que inició el sexenio no eran otra cosa más que el presidente decidiendo legitimado por el legislativo disfrazado de oposición, como en los tiempos de Portillo, de candidato único. Más tarde el silencio del judicial ante la desaparición forzada de estudiantes, de militares asesinando a civiles, La Casa Blanca, los escándalos del matrimonio con la Gaviota, sus gastos excesivos, una reforma educativa inservible y en disputa, la reforma energética de la cual no se ven sus beneficios, una crisis migratoria de la cual no se pudo hacer nada en la frontera sur y la visita de Trump que en nuestra cara nos dijo que vamos a pagar por un muro.

Hoy a cinco años de sexenio, no le creo al presidente, no le creo a los spots de un México feliz, no le creo que haya transformado a México –al menos no positivamente-. No le creo que este sea un México más próspero, con más empleos, si la deuda está por los cielos y la inflación incontrolable, yo no le creo al presidente que no sabía los nombres de las secretarías de gobierno y cuyo fiscal general de la república cambiaba según todas las coyunturas, no le creo a un presidente que no se interesó por su país cuando más sufría, cuando más respuestas le exigía, YO NO LE CREO AL PRESIDENTE.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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