De privilegios

Por Karen Morales / @krenmf

Cada semestre doy un taller en la universidad que termina siendo más bien un grupo de debate. Este es en realidad parte de una de esas clases de tronco común que a todos les emociona tener… *Cries in “hora clase”

El taller tiene que ver con el compromiso social y cómo, independientemente de la carrera que estén estudiando, los alumnos pueden enfocar sus talentos, conocimientos y habilidades a favor de la sociedad. Y pues hasta ahí todo bien, incluso, admitámoslo… suena un poco de hueva.

Sin embargo, lo interesante empieza desde la primera sesión cuándo surge la pregunta de ¿por qué debería YO ayudar a los demás?

Esta es una pregunta muy interesante porque si no les nace ayudar a los demás de inicio pues todo ya valió. Sin embargo, tuve un estudiante que en algún momento empezó a hablar del “don” (no, no como el Don de la tienda). Es decir, el “don” u obsequio tiene que ver con haber sido elegido por algún ser divino para tener la vida afortunada que tenemos y por lo tanto la obligación de ayudar a los no tan afortunados. Esto suena muy bien hasta que te das cuenta de que esto implica que a ti se te eligió por encima de otros, de que tú, por lo tanto, eres mejor por alguna razón divina y otros no.

Es aquí donde la primera pelea grupal toma lugar y es también el momento perfecto para hablar del privilegio. Más que algo de lo que enorgullecernos o incluso avergonzarnos, el privilegio es algo de lo que tenemos que estar conscientes. En este punto hasta Buzzfeed  ya hizo un test para medir cuántos privilegios tienes.

A sugerencia de un amigo, en la clase se hace un ejercicio que sirve de metáfora de cómo funcionan los privilegios en cada uno de nosotros. El bote de basura, una mochila o algún recipiente más o menos grande sirve para que los alumnos desde sus respectivos lugares arrojen pequeñas bolitas de papel para intentar meterlas. Y es que es así, a veces nos toca estar hasta enfrente, atrás, en medio ya sea por nuestro color de piel, nivel socioeconómico, educación, sexo, orientación sexual, etc. todos y todas tenemos cierto grado de privilegio en mayor o menor medida, que nos abre o cierra oportunidades en la vida.

La moraleja de la clase es que lo deseable sea que desde las distintas dimensiones que conforman a la persona, entre ellas la afectiva, física o social en este caso, encuentren su plenitud y felicidad. Sin embargo, es una realidad que muchas personas ya fuera de las aulas no encuentran sentido de solidaridad en su trabajo ni en lo cotidiano y solo hace falta echar un vistazo al mundo para darnos cuenta de las consecuencias de ello.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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