Las neuronas que nos conectan, de Rizzolatti a Iacoboni

Por Abayubá Duché / @AbayubaDuche

“Me encantaría saber qué es lo que pasa por tu cabeza”, “Cómo saber si le intereso”, “Ojalá pudiera leer su mente”, son algunas de las expresiones que reflejan uno de los deseos humanos más latentes a lo largo de su historia y que resolvería muchos problemas; leer la mente de los demás.

Desde hace ya unos millones de años atrás, los primeros homínidos intentaban entenderse con sus similares para conseguir comida, techo y abrigo. Descifraban, quizá de modo rudimentario, lo que su compañero de caza o de aldea intentaba referir con movimientos, gestos y sonidos. Cada uno se preocupaba por saber si durante la caza su compañero pretendía huir y abandonarlo al percatarse de algún peligro, asesinarlo para quedarse con la presa completa o si por el contrario mostraba gratitud y afecto por el significado que adquiría trabajar en equipo para sobrevivir. Pero ¿cómo sabría alguno de esos cazadores qué es lo que el otro tramaba? Resulta que uno de los descubrimientos más significativos que la ciencia ha tenido en los últimos 20 años ha sido el descubrimiento de las neuronas espejo. ¿Qué son? Células cerebrales responsables de leer las acciones, emociones e intenciones de los demás.

Por décadas, se sabía que el cerebro tenía compartimientos específicos para cada tarea, uno para el control motor, otro para la visión, otro para escuchar y otro para sentir. Hoy sabemos que la misma neurona puede activarse al patear una pelota, al ver a alguien más patear una pelota o incluso al escuchar cómo patean una pelota. Pero ¿qué es lo que esto sugiere? ¿Será que para saber que alguien más está enojado, nuestro cerebro necesita recrear la emoción del enojo? Efectivamente.  Fue a finales de los años 70 cuando el famoso neurocientífico italiano, Giacomo Rizzolatti en conjunto con su equipo de trabajo, bien conocido como “El equipo de Parma,” descubrió, casi accidentalmente, la existencia de éstas células de la imitación.

 Aunque no se ha corroborado la veracidad del evento que a continuación se relata, es una de las tantas historias que la ciencia ha dejado. Resulta que Vittorio Gallesse, colega de Rizzolatti, caminaba por el laboratorio durante un pequeño descanso en medio de  un estudio de imitación que se hacía con un Macaca nemestrina, una especia de mono bastante utilizado en laboratorios neurocientíficos por ser sumamente dócil. El mono, sentado, solo esperaba que se le asignara otra tarea, cuando de pronto Gallesse tomó un objeto que se encontraba a la vista del mono, acción que advirtió actividad en la región F5 (responsable de la planificación, selección y ejecución de movimientos) del cerebro del macaco, lo que sugería que el paradigma de unirrelación (una neurona para un solo estímulo perceptivo) no era tan cierto como se pensaba, ya que una zona que, se creía, solo se encargaba de cuestiones motoras, se activó ante un estímulo visual.

Años más tarde, otro famoso neurocientífico italiano, de nombre  Marco Iacoboni, llevó a cabo un experimento que refrendó la capacidad que una neurona espejo tiene para percibir un estímulo sonoro, visual o motor. Iacoboni colocó una taza en 3 escenarios distintos. El primero sin un contexto, el objeto se encontraba sólo junto a una mano que pretendía asirlo, en éste primer caso las neuronas espejo del observador (que era un humano) se activaban ligeramente. El segundo escenario  mostraba la taza sobre una mesa desordenada, con migas de galleta y una mano que pretendía asirla, por lo que el cerebro interpretó que dicha mano se dedicaría a recoger y limpiar la mesa, las neuronas espejo se activaron hasta en un 50%. El último escenario mostraba a la misma mano intentando asir la misma taza, que ahora estaba junto a pequeños bocadillos y sobre una mesa bien ordenada, lo que le sugería al cerebro del espectador que la merienda estaba a punto de comenzar, en ésta tercera situación las neuronas espejo se activaron casi en su totalidad, porque evidentemente la acción de comer es mucho más fundamental que la de limpiar.

Esto nos conduce al papel de las neuronas espejo en la formación de la empatía, su importancia en relación a la existencia del cine que plasma situaciones ficticias o bien el rol que juegan mientras un aficionado del fútbol se emociona y grita al ver que su equipo anota un gol. En todas las situaciones mencionadas, el individuo no está necesariamente realizando la acción que estimula y genera sus emociones, pero las neuronas espejo se encargan de conectar, no solo racionalmente, sino emocionalmente a todos los humanos, capaces de diferenciar objetos animados de  los inanimados, de compartir el dolor que un compañero experimenta y de contagiar la risa producto de un chiste.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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