Cosas que le pasan a uno: La Ciudadela

Por Pablo Argüelles / @Piaa11

Dicen que en el amor lo más importante no es mirarse a los ojos, sino mirar siempre en la misma dirección. Y bueno, por esa parte, M. y yo tenemos la batalla ganada, pues siempre que caminamos por la calle, llegamos a una ciudad o vamos tarde en el coche hacia algún lugar (lo cual es casi siempre) nos deleitamos telepáticamente con la prosa del lugar, esto es: los nombres de las tiendas, los rótulos en las fachadas, los anuncios más kitsch y las cartulinas de verde chillante que dan indicaciones hacia algún bautizo. Creo que el que escribió dicha frase cursilona jamás tomó en cuenta que mirar en pareja los nombres de las Misceláneas puede llegar a ser una práctica de lo más romántica, una actividad involuntaria y llena de complicidad.

Sábado, Distrito Federal léase cantando-, ahí nos tienen muy tempraneros y triunfales entrando por la Zaragoza, y nada más leer el primer “Gorditas de nata. Prepare su cuota”, nuestras antenas críticas comenzaron a detectar la invaluable prosa callejera de nuestra capital -“Caldos de gallina vieja”, “Se hacen amarres”, “¿Buscas Novio(a)?”, “Brujo de Catemaco”- que de momento se convertía más bien en poética urbana: “Ratero, cuando te agarremos, en la madre te daremos”. Con el pasar de las calles, las rimas y versos contra el hampa, se iban refinando. Yo propondría a las autoridades que, si ya de plano no pueden garantizar la seguridad de los vecinos, mínimo organicen un concurso de composición literaria que premie la mejor advertencia y celebre, ya de paso, la unidad vecinal.

Nos dirigíamos a La Ciudadela con la única misión de conocer La Biblioteca de México, y en el camino pasamos por La Merced, en donde esta cuestión de la prosa callejera se puso cada vez mejor, incluso, me atrevería a decir que evolucionó a una ciencia ficción bastante buena: “Preparatoria en dos semanas”, “Baje de peso con un método chino en dos días” y nuestro favorito de todos: “Se venden cuarzos del Brasil”. El último me hizo imaginar a Indiana Jones surtiendo mercancía mientras que los primeros dos, me hicieron pensar en que el tiempo -o la falta de él- es una preocupación constante en una ciudad que se está hundiendo. Los que venden saben lucrar bien con esa ansiedad colectiva.

Entrar al D.F. (yo no sé porque les ha dado por escribir “el extinto D.F.”, si hasta donde yo sé sigue estando ahí) es un deleite; para M. es una fuente inagotable de inspiración gráfica, mientras que para mí representa un recurso infinito de palabras.

Entonces, después de un largo recorrido por la prosa de la Capital, llegamos a La Ciudadela, estiramos las piernas y agradecimos la sombra de los árboles centenarios. Tomamos algunas fotos del majestuoso edificio color granate que esperaba nuestra entrada y de sus ventanas coloniales. Luego nos enteraríamos por una placa que, ahí mismo, donde estuvimos parados haciendo el tonto, había sido asesinado Gustavo A. Madero durante los sangrientos días de la decena trágica. M. luego me dijo que el no saber en dónde estamos parados es nuestro verdadero pecado original, es una maldición que no se quita salvo por el capricho de una casualidad.

Caminamos los pasillos, nos perdimos en la librería y descansamos en los patios de la pequeña ciudad; vimos las exposiciones del Centro de la Imagen y enloquecimos en la Biblioteca. Me dio la impresión de que las paredes de La Ciudadela despedían un olor a tabaco húmedo, tal vez influenciado por saber que el primer uso que tuvo y para lo que en realidad fue construido ese edificio, fue para albergar La Real Fábrica de Puros y Cigarros de México.

Ya se nos había ido la mañana recorriendo ese lugar misterioso cuando encontramos la mejor parte:

¿Quieres desnudar a un hombre? Abre la puerta de su biblioteca y entra. No hay nada que nos deje más vulnerables que nuestra biblioteca expuesta. Las palabras son inmunes al tiempo y a la muerte, y así como podemos conocer a alguien a través de sus textos, también podemos conocerlo bastante bien a través de los libros que tuvo, y ahí, en La Ciudadela, M. y yo conocimos a Carlos Monsiváis.

Entramos a su biblioteca personal sabiendo que encontraríamos fantasmas, espíritus en las páginas de los libros que una vez fueron buscados, encontrados y sostenidos por las manos de Monsi. Y es que más que ser una biblioteca, el lugar emula una especie de sala de estar de una casa cualquiera. Uno se va, se aparta del mundo. La gente lee, estudia, y las señoritas encargadas del registro de visitantes, explican amable y detalladamente la situación de los libros, los pormenores de la decoración. Se habla de Monsiváis como si todavía estuviera vivo, como si uno lo fuera a encontrar leyendo en uno de los escritorios, con su cabellera blanca, alborotada y sus lentes de pasta.

M. se maravilló por el piso diseñado por Francisco Toledo con gatos Art’ Deco y por un libro dedicado a Monsi por Vicente Rojo; yo por encontrar entre todos esos títulos, varios que también están en mi librero. Y es que hay miles, son infinitos. Lo mismo encuentras mitología griega que historia de la música Disco. Me da miedo morirme y que le gente vea el desorden que tengo en mi biblioteca. Mejor dicho, me da miedo morirme y que la gente se dé cuenta que en realidad nunca tuve una biblioteca, que más bien siempre tuve un librero triste y desordenado.

Cuando salimos de la biblioteca nuevamente al Patio de los Escritores, -uno de tantos patios que tiene La Ciudadela- fue como regresar al mundo de un viaje extraño.

Dejamos atrás La Ciudadela y fuimos a La Bella Italia por un helado de mandarina y otro de fresa. Luego nos encontramos con Gina y  el resto del día nos acompañó la prosa urbana: “Se solicita ayudante en general”, “Se arreglan lavadoras descompuestas”, “Se adivina el futuro”, también la sensación extraña y reconfortante de haber visto fantasmas y de pensar que no queríamos irnos nunca de la biblioteca, así que seguramente volveremos.

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