Donde quepan todos los mundos

Por Karen Morales / @krenmf

“BIENVENIDAS MUJERES DEL MUNDO” se leía en la entrada del Caracol de Morelia en Chiapas, lugar que este 8, 9 y 10 de marzo se convertiría en el hogar de miles de mujeres provenientes de los contextos más variados.

“Hoy somos muchas, pero como si fuéramos una sola para recibirlas y que se sientan lo mejor que se pueda según nuestras condiciones”. Decían las mujeres zapatistas en voz de la Insurgenta Erika.

Eran las 6 de la mañana del primer día y miles de mujeres despertaríamos al escuchar “las mañanitas” interpretadas por nuestras anfitrionas, quienes nos recibían gustosas a pesar de haber superado por mucho la cantidad de mujeres que ellas esperaban.

Se decía que éramos al menos 5 mil mujeres provenientes de todo el mundo, todas reunidas en un mismo lugar porque habíamos respondido al llamado de las mujeres zapatistas.  Mujeres indígenas, mestizas, negras, blancas, lesbianas, bisexuales, trans, niñas, jóvenes, ancianas, estudiantes, profesionistas, trabajadoras sexuales, trabajadoras del hogar, todas en mayor o menor medida estuvimos ahí. Y por tres días nos escuchamos y nos compartimos.

Escuchamos a las otras mujeres del mundo y dialogamos con ellas. Compartimos a través del arte, deporte, de las ciencias y de nuestros saberes. Discutimos, y mucho, pero siempre nos íbamos con el compromiso de no dejar lo hablado ahí únicamente en palabras.

A pesar de que el primer día fue exclusivo para las actividades de las compañeras zapatistas todos los días fueron suyos. Fue el tiempo de espejearnos entre todas, pero sobre todo quienes llegábamos de fuera con respecto a nuestras anfitrionas.

Aprendimos de su incansable hospitalidad, de sus ojos y oídos siempre atentos, de su trato siempre cariñoso, pero sobre todo de su lucha diaria. A través de ellas vimos nuestro ritmo de vida imposiblemente rápido, nuestra dependencia a los aparatos electrónicos, incluso nuestra incapacidad para ser empáticas en ocasiones o hasta de hacer lo inconsumible, consumible.

Sin embargo, fue momento también en que volvimos a confiar plenamente en las demás, aprendimos alternativas de vida, logramos imaginarnos en un mundo donde fuéramos libres, donde no juzgáramos nuestros cuerpos y trabajáramos juntas lo que nos interesa a las mujeres.

Por momentos, que no fueron pocos, daba la impresión de estar en un aquelarre. De estar rodeada de brujas y saberse una de ellas mientras todas bailábamos al ritmo de tambores. Celebrábamos nuestros cuerpos, el estar vivas, pero sobre todo celebrábamos estar juntas no sólo en ese momento si no en una resistencia y en una lucha que en ese instante no conocía distancia o tiempo.

Resulta imposible resumir lo vivido en esos días, desde las amigas que hicimos en filas de la comida, las discusiones en las aulas, el teatro de las compañeras, los bailes improvisados, los gritos de ¡Vivan las zapatistas!, cada momento fue posible gracias a ellas. Sin embargo, si hay algo que nuestras compañeras zapatistas nos mostraron ese día, a través del espacio que crearon, es que otro mundo es posible. Un mundo donde las mujeres vivimos sin miedo, resistimos juntas, amamos nuestros cuerpos, reímos, bailamos, nos abrazamos y acompañamos nuestras luchas.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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