Palabras al vacío

Por Karen Morales / @krenmf

Un feminicidio que ocurre en una plaza comercial frente a los ojos de todos; la violación y asesinato de una niña de 6 años a manos de su primo; la desaparición de estudiantes y el hallazgo del cuerpo sin vida de uno de ellos, son algunas de las noticias que se leyeron estas semanas. Lejos de ser los únicos casos de este tipo, rescato la respuesta mediática y en redes sociales que algunos de ellos han tenido ¿de qué se está hablando?¿a quién se victimiza?

Por un lado, vemos que una mujer es asesinada en Reforma 222 por su expareja “por puta“, como él aclara en la nota que deja antes de intentar suicidarse con la misma arma con la que previamente le arrebataría la vida a ella.

¿Qué ocurre después? una serie de respuestas muy poco atinadas defendiendo al agresor e incluso diciendo que ella merecía eso y más.*

Por otro lado, un estudiante en Guadalajara se quita la vida y la respuesta homofóbica celebra que haya “un maldito homosexual menos”.

¿Qué sucede con el discurso de odio alrededor de estos casos?, ¿Cómo es que, incluso después de la muerte de estas personas, se les sigue estigmatizando o hasta aplaudiendo el hecho de estar muertas? Resulta irreal y personalmente me parece incomprensible el lugar de donde viene el razonamiento de quien justifica o celebra estos hechos.

Sin embargo, para comenzar a responder a ello me gustaría dirigir una primera reflexión precisamente al discurso de odio. El movimiento contra la intolerancia lo define de la siguiente manera:

“Aquel discurso, palabras, gestos o conductas que atacan a una persona o grupo por motivo de racismo, xenofobia o de cualquier otra manifestación de intolerancia. Pretende degradar, intimidar, menospreciar, promover prejuicios, humillar, discriminar, realizar hostilidad o incitar a la violencia contra personas por motivos de su pertenencia a un colectivo étnico o “racial”, género, nacionalidad, religión, orientación sexual, identidad de género, edad, discapacidad, lengua, opiniones políticas o morales, estatus socioeconómico, ocupación o apariencia (como el peso, el color de pelo), capacidad mental y cualquier otro elemento de consideración. El concepto se refiere al discurso difundido de manera oral, escrita, en soporte visual, en los medios de comunicación, internet u otros medios de difusión social.”

Muchas veces se ha discutido sobre la comodidad que provoca el anonimato de las redes sociales y que hace que mucha gente, sin temor a consecuencias graves, discrimine o incite a la violencia contra una persona o una población. Sin embargo, las palabras tienen mucho peso pues es sobre ellas construimos el mundo y sus imaginarios. Pero entonces ¿de qué esta prohibido hablar?, ¿quién tiene derecho y quién no?

Regular la libertad de expresión siempre ha sido complejo incluso para los medios de comunicación, pero qué pasa cuando cada uno de nosotros es su propio medio masivo. Cuando una publicación o un tweet pueden alcanzar a millones de personas y sobre todo, ¿qué pasa cuando ese mensaje contiene discurso de odio? Pasa que hacemos la violencia algo aceptable, hacer de un insulto algo común, y de las bromas hirientes y violentas algo aparentemente inocente. Sin embargo, está claro que no es así, construimos nuestra concepción del mundo a través del lenguaje y nuestros discursos, por lo que estas palabras quedan lejos de ser palabras al vacío, a nivel macro construimos nuestra cultura de esta manera.

Pienso que una primera aproximación se encuentra en responder a quienes propagan este discurso. Es decir, señalar y visibilizar la violencia de aquellos que detrás de una pantalla arrojan una pedrada sabiendo que no habrá una sanción grave. Combatir odio con más odio resulta comúnmente contraproducente, sin embargo, es importante no minimizar los mensajes o bromas ya que es un paso importante. De la misma manera debemos promover mensajes positivos e incluyentes para ver el cambio cultural que necesitamos.

Es importante recordar que el discurso de odio no sólo está en redes sociales, está en las calles, en la escuela, en el trabajo, en la casa y lo anterior aplica también en estos espacios. Esto para que un día dejemos de pensar que una persona es menos digna por razones étnicas, de género, por su orientación sexual, etc. Y sobre todo dejemos de normalizar el hecho de que una mujer haya sido asesinada “por puta” o que un joven merecía morir por su orientación sexual.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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