Cosas que le pasan a uno: La historia de mis cosas

Por Pablo Íñigo Argüelles /@piaa11

Tengo un ukelele, me costó veinte dólares. El día que llegué de México para hacer un curso en la NYFA en 2010,  lo vi exhibido en el aparador de una tiendita que ya no existe en la avenida B del East Village, en Nueva York. El dueño de la tienda, un puertorriqueño, lo había recargado sobre un viejo tocadiscos y adornado con un pequeño letrero de papel amarillento que leía “Used”.

Llamaba mi atención más que cualquier otra cosa de la calle cada vez que pasaba por ahí camino a casa. Me intrigaba. ¿Y si lo compraba? Me imaginaba aprendiendo a tocarlo dentro del cuarto pequeñito que había rentado. También pensaba que iba pasar mucho tiempo lejos de casa y eso implicaba estar lejos de mi piano y la guitarra. Luego desechaba la idea. Pero hay objetos que insisten demasiado en pertenecernos y con este ukelele concluí que sería buena idea tener un instrumento para practicar aunque sea dos o tres canciones, que no ocupara tanto espacio y que sirviera para matar el aburrimiento, sobre todo en el invierno.

Así que finalmente, el segundo domingo de septiembre, lo compré.

Una ganga. Veinte dólares por un instrumento hawaiano que había sido usado, según el puertorro, solo por una semana. De hecho insistió bastante en ello. Además incluía una funda negra y un pequeño libro de cubierta psicodélica con un método eficaz de aprendizaje para los novatos como yo. Me fui feliz, pero no más que el dueño, quien parecía haber hecho su primera venta en diez años.

Pronto el ukelele se convirtió en un objeto indispensable, cargaba con él a todas partes. Un domingo de octubre, después de haber estado todo el día filmando un cortometraje con mis compañeros de clase, bajamos a Park Avenue a tomar un descanso y comer algo. Rodrigo Alvístur y Oscar Lions insistieron: eh, Pablo, toca algo. No tuvieron que pedirlo dos veces. Antes de que siguieran ya tenía la guitarrita afuera y toqué la única canción que me sabía y me sé hasta la fecha: Brown Eyed Girl, de Van Morrison.

Nuestra sorpresa fue que los transeúntes nos empezaron a aventar monedas. Luego mis dos amigos tuvieron la grandiosa idea de poner la funda negra a mis pies y así fue como los billetes de dólar empezaron a llegar. Repetimos la misma canción media hora. Ganamos veinte dolares.

Esta misma práctica se repitió algunos fines de semana más, el escenario variaba, pero mi favorito era Washington Square Park. Mi ukelele me acompañaba a todas partes.

El día que conocí a Billy Joel en su tienda de motos en Oyster Bay, a una hora de Nueva York, también lo llevaba, guardado en su funda y colgado en mi espalda. Cuando me acerqué al Piano Man con los nervios de un fanático adolescente, Billy empezó la conversación con una frase inesperada.

-¿Veniste aquí a matarme?

Atónito, yo le pregunté que de qué estaba hablando. Billy Joel solo se rió y me dijo:

-Lo digo por la metralleta que traes ahí.

Nada mal para romper el hielo de un encuentro que duró poco más de veinte minutos. Billy Joel, el que compuso todas esas canciones, pensó que mi ukelele era un arma letal y por un momento imaginó que correría con la misma suerte de John Lennon y que yo era un Mark David Chapman gordito y mexicano.

Cuando la gente me pregunta ¿Y te lo autografió?, me sigo dando de golpes contra la pared. Jamás se me ocurrió pedirle tal cosa, y no me arrepiento.

Pero esa no fue la última vez que mi ukelele se hizo pasar por una metralleta.

Otro domingo iba con con mis amigas María Vargas y Adriana Córdova dando un paseo por Brooklyn y se nos ocurrió husmear en un lugar que estaba totalmente fuera de nuestro alcance, The River Cafe, uno de los restaurantes más famosos de Nueva York, no tanto por su comida sino por su ubicación privilegiada debajo del puente de Brooklyn, que regala unas vistas impresionantes del skyline neoyorquino. Ya saben, esos restaurantes de corbata y jacket.

Nos habíamos colado en uno de los jardines del restaurante para intentar espiar al interior cuando de pronto dos hombres altísimos con lentes obscuros y vestidos de traje salieron de entre las plantas.

-Buenas noches, Servicio Secreto. ¿Eso que trae ahí es un arma?

Los tres nos soltamos a carcajadas ante la mirada molesta del agente.

-No, señor, es un ukelele.

Claro que no tenía idea de qué le estábamos hablando.

-¿Un qué?- dijo más relajado.

-Una little guitar-  le dijo Adriana mientras María y yo seguíamos riéndonos.

Saqué el ukelele de su funda y el agente del Servicio Secreto lo tomó. Estaba feliz como niño, nunca había visto uno. Intercambió unas palabras con su compañero y después me lo devolvió. Nos pidió disculpas, “pero es que adentro está comiendo un senador y no podemos tomarnos ningún riesgo”.

Fue muy amable, pero eso sí, nunca se quitó los lentes.

Uno tiene cosas. Suéteres de navidad, boletos despintados del cine, llaveros, muchos llaveros, libretas, plumas que ya no pintan. Discos compactos de cajas rotas sin librito, o vinilos rayados infectados de humedad; fotos con gente que ya no existe en marcos rotos y empolvados, libros de hojas rotas a medio leer y por alguna razón uno también guarda piedras de alguna playa, pequeños escombros de una casa demolida o pedacitos de pavimento recogidos en un lapsus de ansiedad por querer llevarse una ciudad entera consigo.

Pero uno tiene cosas que atesora más que otras. Hace unos días, acomodando, encontré mi ukelele dentro de su funda y pensé en todas las historias con él al hombro. Apareció entre mochilas y cajas, ni olvidado ni perdido, simplemente había estado, digamos, ausente.

Pero como siempre y como todo, regresó.

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