Antes del diluvio: La generación del fraude

Por Mario Galeana / @MarioGaleana

En 2006 yo tenía 12 años y entendía poco, pero lo suficiente: ese hombre de cabello platinado que las televisoras pintaban como el enemigo había sido humillado. Todos los hombres de poder en México se habían alineado para cometer un fraude en su contra, y, junto con él, en contra de mi madre, en contra de mi familia más cercana. Día y noche alimenté esa idea, la creencia firme de que todos esos hombres y mujeres responsables de la tragedia del país habían hecho lo imposible para que aquel otro que reunía multitudes en la plancha del Zócalo no llegara al poder.

Mi revancha personal llegó seis años después, en la elección presidencial de 2012. A pesar de que no conocía a profundidad las propuestas de Andrés Manuel López Obrador, decidí que votaría por él sin la menor duda, porque seguía siendo El Enemigo del orden de las cosas. No era un voto de rabia sino más bien de felicidad, porque al fin me sentía parte de algo: todos aquellos que votábamos por primera vez éramos, a fin de cuentas, la generación del fraude. Por eso lloré la tarde en que, desde la Plaza de las Tres Culturas, Paco Ignacio Taibo II dijo que ser integrante de aquel movimiento era como tomar las manos de los estudiantes asesinados en el 68. Todo aquel sentimiento se derrumbó cuando los resultados electorales reflejaron el triunfo de Enrique Peña Nieto: otra vez nos habían ganado, otra vez habíamos sido humillados.

Es paradójico, pero este año, en el que por fin los pronósticos apuntan que Andrés Manuel López Obrador vencerá por amplio margen, yo no le votaré. Cuando tenga la boleta electoral en mis manos escribiré que, si se pudiese, votaría por María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy. Ya no será válido ese argumento gastado —repetido incluso por mí en otros años— de que anular el voto beneficia al sistema, porque el sistema ya es López Obrador. A su lado camina la extrema derecha en forma del PES y otros tantos animales políticos que han simulado estar del lado correcto de la historia sólo para no perder sus privilegios, su poder.

No sé qué esperar de Andrés Manuel López Obrador. Muchas cosas me hacen pensar que todo cambiará para seguir completamente igual: el manejo discrecional de los recursos de su partido, la forma en que defiende a sus candidatos vinculados a casos de corrupción, la ya cansada retahíla de ofensas y apodos en contra de quienes osan poner en evidencia sus contradicciones. Otras cosas me animan más, como la novedosa posibilidad de ofrecer un acuerdo de paz para contener la violencia en el país, el asomo de regulación de las drogas, la amplia política social que puede desplegarse para reducir la aguda desigualdad entre los mexicanos.

Hoy el país es muy distinto al 2006 y al 2012, porque ser un seguidor del tabasqueño implica ser mayoría. López Obrador es, sobre todo, la creación involuntaria del régimen: mientras se cometía un nuevo asesinato o un nuevo daño patrimonial, él azuzaba la rabia y la falta de credibilidad en los gobiernos para convertirla en capital político. Por décadas recorrió cada plaza del país y habló por horas para fincar su testimonio, su propia verdad, en la cabeza de todos. Por eso sabemos que existe una mafia en el poder, por eso todos sabemos que el PRIAN es la herramienta de esa mafia, y por eso todos creemos que sólo existe un hombre que jamás formó parte de ese grupo.

No puedo decir que no me emocione el triunfo de AMLO. Estoy ansioso y alerta porque creo que estar vivo en este momento de la historia política del país será algo para contar. Por eso creo que es una oportunidad inigualable para ser periodista, un oficio que —como dice Caparrós— no elegí: simplemente ocurrió. Lo he asumido, y actuaré en consecuencia: daré testimonio de lo que ocurra e intentaré entender por qué pasan las cosas que pasan. Todo esto me impide militar en cualquier movimiento, porque la militancia es la sumisión a una sola idea, y el periodismo es exactamente lo contrario a eso.

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Un comentario en “Antes del diluvio: La generación del fraude

  1. ¡Muy chingón!, felicidades.
    Creo que reflejas el pensar de muchos que tenemos la misma inquietud respecto a López Obrador.

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