Hipocresía intelectual mexicana

Por Abayubá Duché / @AbayubaDuche

No es raro escuchar a renombrados académicos, opinadores y políticos decir que las nuevas generaciones no valoramos los éxitos democráticos conseguidos a finales del siglo pasado. Una y otra vez han etiquetado a los jóvenes como desinteresados, apáticos y poco comprometidos. Antes ya he escrito sobre las descalificaciones personales que, por mi condición de edad, he sufrido por parte de personajes como Jaqueline Peschard, Carlos Tello, Ciro Murayama y la propia presidenta del tribunal electoral, Janine Otalora. Lo curioso es que esa tesis, tan defendida como falsa, se ha derrumbado en la última semana.

Tras los actos violentos ocurridos en Puebla durante la jornada electoral del primero de julio, en la que se documentaron el robo de urnas, asesinatos y demás violaciones graves a la ley; no faltaron los comentarios despectivos provenientes de esas mismas personalidades: que hay malos perdedores, que la jornada electoral fue pacífica, que hay quienes no saben perder, que las urnas robadas no representan un porcentaje significativo de votos para modificar el resultado. Y es que más allá de quién fue el principal afectado (En este caso el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Miguel Barbosa. Un político conocido por su oportunismo), lo relevante es que hubo ciudadanos que fueron privados de un derecho político fundamental, obtenido, de hecho, por las generaciones pasadas.

Los medios tradicionales se interesaron más en difundir el penoso acto ocurrido en el hotel MM, donde morenistas y panistas, de manera vulgar e injustificada, se enfrentaron en una trifulca; que en investigar al autor intelectual del operativo electoral que impidió a muchos ciudadanos votar.

La coyuntura poblana parece que no pasará a mayores. Moreno Valle seguirá alimentando sus aspiraciones políticas desde su bastión político. AMLO se enfocará en administrar el poder adquirido y Barbosa no tendrá más remedio que tragarse su frustración. Pero más allá de esta inevitable conclusión, quienes pregonan las históricas victorias democráticas del pasado, tienen frente a ellos la responsabilidad moral de reflexionar sobre su hipocresía intelectual.

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