Cosas que le pasan a uno: Después del mutis

Por Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

M y yo fuimos a Nueva York. Fue un viaje con universitarios de segundo semestre de Comunicación y la verdad es que no hay cosa que haya hecho sentir a mis 26 tan viejos como contestar a la cotizada pregunta de ‘y tu en qué semestre vas’ con un ‘no, yo ya me gradué’, ni nada que me haya hecho sentir tan miserable como el contragolpe de ‘y ahora en qué trabajas’ y solo poder defenderme, ya tirado en la lona, con un ‘pues en esto y lo otro’. Pobres chavos que nos preguntaban con chispa en sus ojos que cómo es la vida después de la universidad: lo que pasa es que decir que ya te graduaste te da automáticamente un aura como de ‘ya tengo la vida resuelta’ mientras sostienes una copa de cognac con la mano derecha, y pues para qué desmentirlos, si ya lo verán por sí solos.

Antes de traspasar el portal dimensional del JFK (siempre he creído que los aeropuertos no existen sino que son un mundo paralelo) tuvimos que pasar la aduana en tiempos de Trump. Para algunos miembros del grupo no fue tan agradable. Incluso en algunos las lágrimas rodaron simplemente porque al oficial que les dio la bienvenida le pareció pertinente llevarlos ‘al cuartito’ y hacer preguntas sobre la vida cotidiana. Dios nos guarde de un oficial de aduana dispuesto a saber lo que tampoco nosotros sabemos. Según nos dijeron después, ya camino a nuestro hotel, sintieron que estelarizaban Alerta Aeropuerto y algunos hasta se veían ya presos en Guantánamo. Pero pasamos completos, por fin, y llegamos a la tierra de los libres.

Como parte de nuestra función de agregados culturales, M y yo cumplíamos cabalmente con la agenda académica que nos fue diseñada. En 12 días visitaríamos un gran número de lugares que incluían desde el Consulado Mexicano hasta los estudios de Univisión en Teaneck, Nueva Jersey, lugares que nos darían la visión que un profesional de las comunicaciones necesita para entender que no solo se enfrenta al reto de ser el fotógrafo resignado en los eventos familiares.

Luego escribiré sobre algunos de esos lugares que visitamos, lo prometo. Contaré de cómo en  la ABC por poquito saboteo su transmisión en vivo con la Casa Blanca en un intento por buscar desesperadamente un baño; de cuando M y yo nos quedamos profundamente dormidos en la grabación del show de Jimmy Fallon y de que hay prueba visual de ello, misma que llegó a millones de hogares al rededor del mundo; o incluso de por qué, vergonzosamente, el Consulado Mexicano fue el único lugar en el que una compañera en silla de ruedas tuvo problemas de accesibilidad, y de la movida heroica del cónsul, que apenado por la avería del elevador, me pidió que lo ayudará a cargar a nuestra compañera seis pisos abajo.

Hoy mejor escribo de cómo terminamos, M y yo, cenando una pizza entera en el piso más alto del Empire State. Verán, en nuestro tiempo libre teníamos voluntad de nómadas. Hicimos pantorrilla. Cada que terminaban las actividades programadas para cada día, nos desaparecíamos más rápido que quincena y sabíamos que tan solo doblar la esquina, Nueva York sería nuestra. Eso de doblar la esquina, debo aclarar, es un decir. Hubo días en que estábamos en el deep Bronx o en Queens ya tirándole al suburbio y habíamos de hacer más de una hora de trayecto para que, ahora sí, la ciudad fuera nuestra.

Hicimos de todo: gastamos rollos cual chinos (véase en Instagram @ProyectoAnálogo), nos perdimos varias veces en Strand e hicimos amigos nuevos en (de) Brooklyn. Pero llegó un momento en que nuestros 26 años (los 23 de M) nos vinieron a pasar revista y nos rendimos. Además, pequeño detalle, teníamos hambre. Así que en un último intento por sobrevivir a nuestra frustración, imitamos a las tribus algonquinas que poblaron Mannahatta y caminamos hasta topar con el Río Hudson. Ahí fue donde M comenzó la huelga. Yo me le uní inmediatamente, si no, qué. No daríamos un paso más sin saber a dónde íbamos. No diríamos una palabra más si no era para decidir qué cenar.

El pecado estaba cometido: estábamos en Nueva York sin saber qué hacer.

Pero en medio de la oscuridad siempre habrá una luz que nos de la respuesta y esta vez fue la luz de la alcachofa, una alcachofa de neón. Artichoke’s Pizza había llegado a nosotros como en pasaje bíblico, la zarza en medio del desierto. El asunto estaba decidido: nos comeríamos una pizza entera cada quién. Pero en un arrebato de locura M tomó la caja de pizza y salió del lugar. Yo la seguí, si no qué. Y caminamos, una, dos, cuatro seis y luego diez calles. 15 y luego 20. No tanto, 15 está bien. Yo solo pensaba que la pizza iba a estar fría cuando llegáramos a donde quiera que M me estuviera llevando. Cuando llegamos a los pies del Empire State (otrora el Waldorf Astoria) y traspasamos la puerta, éramos los únicos que al parecer querían subir al mirador. Rondaban las 12. Según pasábamos los filtros de seguridad -que son bastantes- a nadie pareció importarle que lleváramos una caja de pizza de Artichoke’s en el regazo. Al contrario. La pizza, como idioma universal del hombre bueno, hacía que los agentes de seguridad del edificio nos dieran pulgares arriba y nos hicieran bromas para que los compartiéramos.

Llegamos al piso más alto del Empire State a eso de las 00:45 y con el frío tardío de marzo, cenamos, M y yo, una pizza entera con vista al bajo Manhattan, en el punto más alto de Nueva York. Esas cosas no pasan diario.

El silencio más largo

No guardamos silencio, es imposible guardar algo que no existe. Más bien guardamos la voz y  el ruido, evitamos, por alguna razón, la vibración de nuestras cuerdas vocales: se guarda silencio cuando se abstiene de hablar. Nos provocamos ausencia de ruido porque tendemos a la autodestrucción. Uno calla, sin saber bien siempre por qué lo hace, pero necesitamos al silencio, del silencio, e, irónicamente, hablar de él es hablar de todo lo que tenemos, tuvimos o tendremos que decir: el silencio es de las pocas cosas en el mundo cuyo valor recae justamente en lo que no significan. En la carencia encontramos la definición.

Escuchar Bridge Over Troubled Water, de principio a fin, hasta que la aguja se quede rasguñando el mismo surco y el scratch haga un compás involuntario, es apreciar al silencio por su ausencia. El silencio es vacío. Vean una hoja pautada en blanco, ahí hay silencio mas que en cualquier otro lugar. Y aun, si escribiéramos un soneto en esos pentagramas, el resto, lo blanco, seguiría siendo silencio. Por eso hablar, escribir o gritar es ir contra el vacío, es lo mismo que intentar llenar la nada, y puede resultar cansado.

Una afirmación: El silencio más largo viene después de una sucesión prolongada de sonidos. Cuando nos pegamos en el dedo chiquito del pie, el dolor no se siente de inmediato, tardamos en comprenderlo, en digerirlo, las señales tardan milisegundos en viajara a la médula espinal y luego al cerebro, milisegundos que notamos. Entonces, el silencio más largo es una consecuencia diferida, no inmediata, de un golpe accidental.

Yo guardé silencio, uno muy largo porque el tiempo así lo ameritaba, pero aquí estoy, otra vez.

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