Adiós, Aretha

Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

El calor sofoca al interior de la iglesia bautista de New Bethel, en el centro de Detroit. El Reverendo C.L. Franklin, un hombre robusto y con el pelo perfectamente engrasado, levanta los brazos a modo de alabanza. Su congregación le imita. Hombres y mujeres, ataviados con ropa de domingo, asienten con los ojos cerrados, confirman los cantos y las súplicas que escuchan venir desde el altar. Unos lloran, otros simplemente sudan, pero el trance en el que han estado inmersos en los últimos minutos, es colectivo. Algunos responden en voz alta con un Yeah! o con un Praise the Lord!; unos más chocan sus palmas al unísono del compás cada que el salmo alcanza la cúspide.

El lugar parece estar invadido por el estruendo de un coro enorme, pero es una sola mujer detrás de un piano transversal la que ha logrado hipnotizar a los creyentes.

El Reverendo se acerca al centro del altar y mira a la mujer. Es joven y regordeta. Está absorta. Saca un pañuelo del bolsillo de su traje color blanco y le seca la frente negra. Las perlas de sudor se multiplican al instante. Ella no se inmuta. Sigue consumida por las teclas de marfil, seducida por la voz de Dios que está hablando ahora mismo a través de ella. De otra forma su voz no tendría explicación. El Reverendo Franklin guarda el pañuelo y alza los brazos antes de entrar en un sopor divino. La joven, a quien la congregación parece alabar, es su hija.

El año es 1958 y todo lo que está pasando dentro de la iglesia de New Bethel, está siendo grabado con cinta magnética. Es la primera vez que la voz de Aretha Louise, de 14 años, es documentada. Las grabaciones se convertirán en el primer álbum de la hija del Reverendo. Llevará por nombre Songs of Faith, y será la primera evidencia que exista sobre la voz más grande que haya conocido la música popular.

***

Hoy desapareció la voz de esa joven, la voz de Aretha. Ni el sudor ni las súplicas seguirán corriendo. Considerémonos afortunados por haber vivido en estos años, en los que gracias al milagro subestimado de la grabación, podremos tener la voz de Aretha Franklin por siempre guardada, en un vinilo, en Spotify o en un cassette. Porque solo así podremos decirle a nuestros hijos que hubo un día una mujer que con solo pararse en el escenario de una iglesia en Detroit o en el Radio City Music Hall, conseguía hacernos escuchar a Dios.

No ha habido artista más grande que ella. No en nuestro tiempo. No ha habido nadie que haga un templo de un escenario ni una canción de tres acordes un viaje bautismal. No importa qué. Ya sean los forzados álbumes que produjo en Columbia a principios de los sesenta -y que pretendían hacerla una cantante más de jazz- o las milagrosas producciones que Jerry Wrexler y ella hicieron cuando firmó con Atlantic Records, mismas que sacaron todo el soul que había dentro de ella. No importa qué sea: si lo hizo Aretha Franklin es casi seguro que nos haga sentir redimidos.

Como la vez que cantó ante Carole King en la ceremonia de los Kennedy Center Honors en 2015. Ahí interpretó  “You make me feel (Like a Natural Woman)”en homenaje y agradecimiento a su compositora, quien recibía el honor más grande para las artes. Habían pasado muchos meses desde que Aretha había subido a un escenario la última vez, mucho se rumoreaba sobre su salud. Pero esa noche hizo un regreso triunfal, envuelta en un abrigo imponente y sentada al piano ante los ojos incrédulos de King y del público.

Conforme la canción se desenvolvía, las lágrimas de los asistentes, incluidas las del Presidente Obama, aparecían nuevamente como hace sesenta años lo hicieron en la iglesia de su padre, en Detroit. Solo que esta vez, cuando Aretha se quitó el abrigo y el público se puso de pie, la ovación no era para elevar una plegaria al Padre, sino para ella, para Aretha, que parecía estar ya consagrada en algún altar. La homenajeada, ensimismada quedó en segundo plano y los asistentes no daban de crédito. George Lucas, quien también era homenajeado esa noche, parecía no entender muy bien lo que sentía. Se le puede ver confundido en la grabación, sin saber si llorar o abrazar a Carole King.

A mí, cada vez que veo ese video, me dan muchas ganas de llorar, no sé por qué.

 

Adiós, Aretha, aunque es muy pronto todavía.

 

 

 

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