Oficina de objetos perdidos

Por Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11

Perdí un libro, lo dejé olvidado en un avión. El título no importa, tampoco de dónde venía ni a dónde iba, porque los nombres de los libros, como el de los lugares, dejan de venir al caso en cualquier historia en la que algo se extravía: ya haber perdido algo resulta ser una trama muy interesante. También pienso que dejar algo en un avión es muy parecido a lanzarlo a la estratósfera, así que yo consideré a mi objeto más que perdido, desintegrado. Me uní a ese club de gente que olvida pasaportes, plumas, iPads, libretas, suéteres, hijos, y que sabe -ya mucho antes de perderlos- que nunca los encontrarán.

Las Oficinas de Objetos Perdidos, o como se dice en inglés Lost & Found –el mejor título de alguna oficina jamás pensado- han ido desapareciendo y no por que la gente ya no pierda cosas, sino porque se ha acostumbrado a sustituir el objeto extraviado con algo completamente nuevo. Al final ya todo, todo, es reemplazable, quizá porque es fácil, útil y barato perder las cosas. Antes de que reinara la era de la obsolescencia programada, supongo que dichas oficinas vivieron una época de esplendor. Perder un pasaporte o una forma migratoria para alguien que había venido en barco o dejar en el tren una máquina de escribir y el portafolio con cheques de viajero, resultaba ser una catástrofe común, en la que el extraviador y el encontrador, sabían perfectamente lo que significaba. Hoy, si algo se pierde, podemos comprar otro sin duda. No importa lo que cueste.

Será por eso que las oficinas de objetos perdidos guardan un encanto que no es de ahora y las personas que acuden a ellas parecen venir de otro tiempo.

La oficina de objetos extraviados más bonita que conozco está junto a la estación de metro de Baker Street, en Londres. Es quizá el lugar más encantador que recuerdo. En sus vitrinas hay discos, celulares-ladrillo, portafolios, fotos, relojes y sombreros que nadie ha reclamado en cuarenta años. Todo está clasificado con etiquetas que leen el año y lugar en donde fueron encontrados. El más viejo que vi era un disco de The Beatles (Abbey Road) que fue extraviado y encontrado en 1969 en la estación de Charing Cross. Lo siguen teniendo.

Mi madre dejó un día sus lentes de sol en el Shea Stadium, unos lentes que quería muchísimo, tanto, que regresamos al otro día al estadio y eso que había prometido nunca volver a pisar Queens en su vida. Preguntamos por la oficina de objetos perdidos y nos dirigieron a un cuartito en el sótano del histórico edificio. Cuando les dijimos el lugar en donde suponíamos que se habían quedado los lentes, nos dijeron que era común que las personas perdieran cosas en ese lugar, porque había un espacio entre los asientos y el concreto inalcanzable para la mano humana.  “Hay un mundo de cosas ahí adentro”, nos dijeron.

Hoy el Shea Stadium ya no existe, lo alcanzó la obsolescencia programada: fue desarmado hasta la última tuerca y con sus escombros se fueron los lentes más queridos de mamá. Ahora el Citi Field intenta llenar su espacio.

Salvo en los aeropuertos y en alguno que otro edificio público, las oficinas de objetos perdidos se han reducido a ser la ocupación extra de un guardia de seguridad. Por eso, cuando devolví una libreta en Nueva York, -que conté en una de mis historias pasadas- el guardia inmenso se me quedó viendo con cara de “nadie busca una libreta”. Se ha perdido la costumbre de devolver las cosas a quien pertenecen.

Tres meses después de haber perdido el libro con el que empecé esta historia, regresé al aeropuerto a recoger a alguien. En lo que esperaba, por curiosidad, pregunté por la oficina de objetos perdidos. ¿Existirá tal cosa?, pensé. Pues resultó que sí, pero no. Como dije arriba, ya no es una oficina como tal, sino un puesto de información en el primer piso con una oficial que se dedica a setenta mil cosas y, cuando alguien llega, se convierte en algo así como la encargada de los objetos extraviados.

Pregunté entonces:

-¿No le habrán reportado un libro, en tal vuelo de tal aerolínea?

-Hace cuanto tiempo- preguntó.

-Hace como tres meses.

Acto siguiente sacó una gran carpeta que posó en su escritorio de madera con un gran golpe, con el peso de todas las cosas perdidas del mundo. Abrió las páginas con columnas repletas con garabatos que supuse eran fechas, números de vuelos y descripciones.

-¿Se acuerda del título del libro?- Incrédulo, se lo dije.

-Ah sí, aquí está registrado. Lo dejó usted en tal vuelo, en tal asiento, tal día y a tal hora.

-¿Y…lo tiene?

-No, joven. Las cosas que no son reclamadas, después de tres meses se ponen en cajas y se van a la beneficencia.

Dar por perdidas cosas que en realidad nunca estuvieron, es mi especialidad. Mi libro estuvo ahí, esperándome y yo nunca me enteré.

Después de todo el título siempre sí era importante.

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