Manatí

Diarios del Apocalipsis

La ciudad y todos sus monstruos IV

PABLO ÍÑIGO ARGÜELLES | @Piaa11

Llegué de noche, después del Apocalipsis. 

Una tormenta eléctrica había arrojado granizos del tamaño de nueces que revolotearon las ramas, arrancaron unas, despeinaron otras.  

Pero yo no lo vi, porque llegué después, cuando todo era calma, cuando las ramas estaban ya dormidas.

Las tormentas, sobre todo las apocalíticas, sobre todo en lunes por la tarde, sobre todo aquí en esta ciudad, traen siempre cosas, aunque también, inevitablemente, se llevan otras. 

Esta se llevó la luz. La de esta colonia y de la que está más allá, pasando la avenida grande, dejando una mancha negra sobre el manto brillante que es la ciudad cuando se mira de noche y desde el aire. 

El Apocalipsis ha llegado a esta ciudad tantas veces que cuando llegue el de verdad, seguiremos tuiteando y viendo al piso.

***

Los castillos franceses de esta colonia en la que renté un lugar para quedarme, la Juárez, están habitados por fantasmas. Fantasmas pretenciosos. Se disfrutan a la vista y todo, pero llega un punto en que el que se vuelve incómodo ver a tantos fantasmas queriendo ser franceses.

Yo prefiero el art déco, me hace sentir más seguro,porque es más humano y pretenciosamente terrenal.  

Pasadas las nueve emprendo la huída. 

Cruzo otra avenida grande, y me adentro en la oscuridad que se me antoja, ya lo dije, apocalíptica. 

Veo luces más allá. Luciérnagas urbanas, concluyo. Cuando me acerco sólo son vecinos hurgando la calle con linternas empolvadas. 

Todo es negro. 

Paso por la esquina en donde no me había dado cuenta que había dos restaurantes repletos de comensales murmullando, comiendo a la luz de velas, como si la oscuridad exigiera respeto.

Todo es negro, todo es murmullo. 

Siento miedo, es cierto. Porque yo camino, y a mi paso tardo en distinguir si lo que hay aquí o allá son siluetas humanas o de bancas, o de postes. El erizar de mi piel viene cuando se descubren humanas, y entonces pienso que en esta colonia también hay fantasmas. 

Seguro.

Fantasmas del art dèco. Fantasmas pretenciosos de igual forma. 

***

Cuando giro en una de las calles me sobresalto al ver un haz de luz que proviene de un edificio. Es lo único iluminado en cuadras, en kilómetros. Cuando escucho voces venir de ahí, me imagino que los fantasmas seguro estarán dando alguna fiesta.

Es como si el edificio ese estuviera encantado y se burlara en la cara del Apocalípsis, mantiene con orgullo su luz, como una máquina de refrescos al fondo del pasillo.

Entro. 

Hay luz, muy blanca, hay bullicio. Unos fantasmas juegan dominó, y otros cartas. Otros gritan, eufóricos, discutiendo algo, un partido de fútbol, yo qué sé. 

Se me acerca un mesero, fantasma también. 

Le pido cerveza. Me la trae, está helada.

Helada como las almas de todos aquí.  

En la barra, bebiendo, distingo a un fantasma de traje, con traje y reloj  de oro. De vez en cuando gira para mirarme. Es un fantasma bastante borracho. 

Gira otra vez, y gira otra vez. 

Es un fantasma burócrata.

Antes de que yo termine con mi cerveza pasa junto a mi mesa con dirección a la salida, se detiene y me mira de soslayo. 

Yo me doy cuenta, él está muy borracho. 

Buenas noches, murmulla, o al menos lo intenta.

***

Cuando salgo de nuevo a la calle me encuentro de nuevo envuelto en negrura. 

Era lunes, eran las doce.

La ciudad calmada es una trampa.

***

Llegar a cualquier parte a la que se llega por primera vez es un pecado, benial o de muerte, según sea el caso. Porque la ignorancia es un pecado, pero uno blanco, uno que se arregla. El pecado verdadero es llegar y creer que uno lo sabe todo.

Ese es el mortal.

Yo llegué a ese bar sabiéndolo todo.

***

Estoy en esta silla, en este bar, en esta ciudad. Hay doscientas mesas, quizá un poco más. Hay veces que me aventuro a ser exagerado, y si digo que hay doscientas, o más de ellas, es muy posible que las haya.

He entrado solo, ¿sino cómo es que uno entra a un bar repleto de fantasmas un martes por la noche?

Me encuentro con dos escritores. Uno es famoso y el otro no tanto. El más famoso presentó el libro del que no es tan famoso. El que no es tan famoso sabe que no es tan famoso pero sí es más querido. 

Los dos, tal vez no lo sepan, pero son fantasmas. 

Bebo una cerveza en la barra, miro al rededor. Ahí está el fantasma burócrata de ayer. 

Se acerca a mí sin titubeos. 

—¿Eres del CISEN, verdad?, ¿eres oreja verdad?

Le digo que no. 

—¿Con quién entraste?, ¿cuando Zedillo?

Le digo que yo era muy joven entonces. 

—¿Pero si eres del CISEN?

Le digo que no. 

—Sí, eres del CISEN. 

El fantasma le indica al mesero que yo pagaré todos sus tragos a partir de ahora. El mesero le sigue la corriente, pero me da un guiño fantasmal para que yo me quede tranquilo.

—¿Es usted un fantasma?— le pregunto. 

—Podría decirse—

***

He venido a buscar a esta ciudad cosas que ya no existen. La certeza de saber que ya no existen, de que son meras hipótesis, convierten, a esa misma tarea en un absurdo irremediable y morboso.  

Las hipótesis son recuerdos por adelantado.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Pablo Argüelles

Escritor y fotógrafo. Le gusta caminar aquí y allá. Fundó Proyecto Análogo y La Máquina Roja Ediciones. Cree en el poder de los tacos árabes y es profesor universitario. 

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