A donde vamos no hay caminos

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Por Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

La escena es perfecta. Una casa estilo california al fondo y la Toyota último modelo en el garage, el día es tan azul que molesta a los ojos. Marty McFly está a punto de besar a Jennifer, a quien no ha visto desde que por accidente (y escapando de unos terroristas libios) viajó hasta los años cincuenta en el DeLorean.

Su novia no entiende la solemnidad del momento, para ella sólo han pasado algunas horas desde que se despidió de Marty, pero para el adolescente chaparrito y bonachón, ha pasado casi una eternidad. Lo que para Jennifer fue una noche de sueño normal, para Marty significó una odisea con el universo en contra, luchando por no desintegrarse gracias a una paradoja. En fin, la relatividad del tiempo.

Justo cuando sus labios están a punto de tocarse en una escena propia  de la cursilería ochentera, un destello y tres estruendos interrumpen su acción. Es el Doc Brown a bordo del DeLorean, que llegó tirando los contenedores de basura y con la escarcha helada sobre el cofre que significa que ha desafiado las leyes del tiempo y el espacio. La puerta del vehículo se abre de manera vertical, y por si eso no fuera suficientemente futurista, el científico loco desciende de la máquina del tiempo con unas prendas que bien podrían ser de un payaso y unos lentes, unos muy raros, de aluminio macizo.

Marty y Jennifer lo miran sorprendido, su confusión es de esperarse: qué carajo hace aquí. El Doc Brown se acerca a ellos y comienza una danza de gestos y malabares con los que acompaña una explicación que Marty no puede comprender. Sobre todo porque intenta mandar mensajes cifrados para que Jennifer no entienda. Y no, ella no entiende nada.

El Doc le suplica a McFly que suba al DeLorean por el bien de él y de Jennifer, de su futuro y de sus hijos. ¡Cuáles hijos!, pregunta Marty exaltado mientras Doc Brown selecciona basura de los contenedores que el DeLorean tiró al llegar y la introduce en una especie de recipiente que está en el motor de la máquina del tiempo.

Marty sólo se va a subir al coche si Jennifer viene con ellos, es duro con su condición, y al Doc no le queda de otra. Se apresuran y la pareja toma el asiento del copiloto. El Doc cierra la puerta y pone el motor en marcha. Todo es muy confuso y Marty, con Jennifer en sus piernas, le pregunta al Doc que en dónde piensa correr a 88/mph si en donde están no hay suficiente camino. Justo en ese momento el DeLorean pliega sus neumáticos y comienza a elevarse. Marty y Jennifer están anonadados.

El Doc Brown acomoda sus lentes de aluminio y mientras toma el volante dice:

“Marty, a donde vamos, no necesitamos caminos”.

EL DeLorean desaparece en el cielo y viaja hacia el futuro, treinta años después, al 21 de octubre de 2015.

Este momento de la saga y la frase de los caminos definiría la importancia de Volver al Futuro en la cultura popular. “A donde vamos no hay caminos”, sonaba más metafórico que de costumbre para una película de ciencia ficción.  De alguna forma, eran los años ochenta y la economía de EE.UU. estaba en su mejor momento, la conciencia colectiva de occidente auguraba buenos tiempos y dicha frase no significó nada más una línea dentro de un guión cinematográfico escrita por Bob Gale.

Su impacto fue tal, que el político neoliberal por excelencia, Ronald Reagan, en uno de sus discursos, utilizó dicha frase para describir el rumbo al que el mundo se dirigía bajo su mando. La caída de la Cortina de Hierro era inminente, y pronto el mundo se uniría de nuevo bajo los ideales del capitalismo. El Destino Manifiesto cumpliría su cometido.

Era la época, en donde mirar treinta años a distancia, parecía emocionante y esperanzador. Los coches volarían a base de deshechos como combustible, la policía prácticamente no sería necesaria, pues los crímenes se advertirían momentos antes; los perros se pasearían solos, la contaminación no sería problema.  El cine, como reflejo del latido social, y los demás medios, describía en los ochenta al futuro como el “ultimate place to live”.

 El 21 de octubre es el día en que se supone que todo lo anterior tendría que estar ya sucediendo, y salvo las patinetas voladoras y un envase de Pepsi, nada de eso existe. Michael Jackson ya está muerto, nos ahogamos en una nube de contaminación y el mundo está más dividio que nunca. Hemos estado treinta años esperando debajo del umbral de nuestra puerta a que el futuro emocionante de los coches voladores llegue como en la ciencia ficción y al parecer, no se ve ni un poco a la distancia. Mientras, frente a nosotros, han pasado un montón de cosas que ignoramos y dejamos pasar y pasar, distraídos por ver llegar un futuro que nada más no vemos.

Marty McFly, Jennifer y el Doctor Emmet Brown, llegan mañana a nuestro tiempo. ¿Con qué se encontrarán? Ahora, pensar en 30 años al futuro no se me hace nada emocionante. Me da miedo.

 

 

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