Tiempos de libertad

bdPor Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

¿No es perfecta? Bob Dylan camina justo en medio de la calle del brazo de Suze Rotolo, su novia y musa. Es amor, pero no es amor. Son amigos, pero no son amigos. No se entienden, hace frío. Casi puedo escuchar sus pisadas sobre el pavimento con nieve sucia y siento, inmediatamente al verla, a mis ojos arrugarse por el sol que habita al fondo de la calle, como si yo mismo estuviera frente a ellos, estorbándoles el paso. Una escena tiernísima, naïve.

Algo le susurra él a ella y hace que se rían despacito. ¿Ya vieron cómo ella se aferra a su brazo como si fuera lo único hay para sostenerse y no caerse al mundo?

La espontaneidad de la imagen habla y respira, como si fuera la única vez que se haya logrado detener el tiempo. Las paredes de los edificios que los rodean, las ventanas, las escaleras de emergencia, los abrazan simétricamente haciéndoles compañía neoyorquina, siendo cómplices de lo que sea que hayan sentido al momento de caminar juntos hacia la Leica de Don Hunstein.

El abrigo de Dylan huele a humedad, y el suéter abultado debajo del abrigo de Suze, tiene borlas.

Habrán sido las siete o las ocho a más tardar, se ve en sus gestos hinchados por el sueño y casi podría apostar, sin el ánimo de ser morboso, que ninguno de los dos se había bañado. Su departamento, a pocas calles de donde la foto se tomó, habría sido muy frío en invierno y un cantante de folk y una artista tendrían cosas más importantes en las que pensar antes de tomar un baño para una sesión de fotos.

A muchos se nos ha preguntado alguna vez que cuál sería la época de la historia que elegiríamos para vivir en caso de no haber nacido en la nuestra. Muchos dicen sobre querer haber nacido en París durante la Belle Epoque, en Florencia durante el Renacimiento o incluso, los más aventureros, dicen haber querido nacer en Europa durante la Edad Media, supongo que más presos del impulso que de la razón.

Pero a mí siempre que me preguntan que en cuál época me hubiera gustado haber vivido, les digo que en el Greenwich Village, en Nueva York, en 1963, y no sé explicar por qué. “¿Por qué?, ¿qué tiene Nueva York en 1963?” No sé, no lo sé exactamente. Y ahí es donde me detengo y para no tener que explicar por qué, mejor digo que no elegiría otra época sobre la nuestra porque no hay mejores tiempos que los que a uno le tocó vivir y cosas de esas.

Pero es que yo no elegiría una época como tal para asentar cabeza y hacer amigos y buscar un trabajo o familiarizarme con su comida y sus costumbres. Yo elegiría vivir para siempre en la portada del Freewheeling’ Bob Dylan, viendo venir eternamente a esa pareja hacia mi como una especie de castigo griego, una y otra vez por el resto de los siglos, hasta el hartazgo.

Los envidio. Envidio su complicidad y su forma de caminar juntos. Envidio la inspiración que emanaba de ella y que caía en forma de canciones en la voz y guitarra de Dylan. Su Girl From the North Country, su Corrina Corrina, su Don’t think Twice It’s Alright. Envidio que esa fue su única oportunidad de ser inmortales y la aprovecharon porque quizá sabían que lo que les deparaba era algo común y corriente, lo de siempre: separación, muerte y azar. Quizá para ellos la maldición fue esa, la de no tener nunca más ese momento y perder el sabor de lo que fue algún día.

Yo, mientras pueda, me haré por siempre de esa escena que está ocurriendo una y otra vez, como en un acto de magia en el estante de los discos.

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