Rio 2016: el precio de unas olimpiadas exitosas

Brasil

Por Julio Vázquez/@eaapolo

"Detrás de la fotografía de postal existe un lugar con grandes desafíos en cuestiones de igualdad social y racial"

Brasil: ese país sudamericano que se encuentra en nuestro imaginario como una tierra exótica, tropical, llena de samba y alegría. Mucho se ha hablado sobre el gigante sudamericano en la última década, en el comienzo por el milagro brasileño y el crecimiento notable; recientemente, por la inestabilidad política y económica pero sobre todo por hospedar la justa deportiva más importante del mundo.

La sede de los próximos juegos olímpicos a celebrarse entre el 5 y el 21 de agosto, es una ciudad multicultural con visitantes y habitantes de todas partes de Brasil y del mundo, una ciudad que goza de un paisaje inigualable, de una amplia oferta cultural y de entreteniento, ¿Qué podría salir mal en los juegos olímpicos? Resulta que a cidade maravilhosa está por encima de los estereotipos y las descripciones que nuestro imaginario podría dictar, rebasa los clichés de samba, playas y favelas; detrás de la fotografía de postal existe un lugar con grandes desafíos en cuestiones de igualdad social y racial.

Respondiendo a la pregunta arriba formulada “¿Qué podría salir mal en los juegos olímpicos de RJ?” La respuesta, sin hacer reflexión alguna es: ¡NADA!; auguro un éxito en la organización y el transcurso de los juegos, sin embargo, el precio de la tranquilidad y el éxito de la competencia está basado en ignorar y dar soluciones fútiles e ineficaces al verdadero problema: la desigualdad; social, racial y espacial

A más de un año transcurrido desde la copa do mundo y a menos de un año de que comiencen los juegos olímpicos, el clima social y político es por demás diferente. Dilma tomó posesión por segunda ocasión después de una insignificante diferencia con respecto a su rival, Aecio Neves, en una segunda vuelta electoral por demás reñida. Se ha destapado una serie de actos de corrupción y desvío de recursos públicos de las principales instituciones y empresas del estado, la inconformidad de los ciudadanos es evidente y por todas partes se escucha hablar sobre “La Crisis”, sí, con mayúscula. Si en 2014 se gritaba “Fuera FIFA” en 2015 se escucha “Fora Dilma”

¿Saben que es lo más preocupante sobre Brasil a menos de un año del comienzo de las Olimpiadas? Me preocupa el racismo y la desigualdad social, me preocupan muchísimo que los brasileños se jacten de llamar a su propia patria como país de lixo (basura), que haya tanto odio y falta de entendimiento para atribuir todas las desgracias al supuesto de que Brasil es un país basura.

Lo que comenzó en 2013 como un movimiento lleno de peticiones legítimas encaminadas hacia mejores condiciones de vida se ha convertido en una serie de expresiones de odio que sacan a relucir lo peor de una sociedad intolerante y con baja autoestima, que en varias ocasiones ha trasgredido los límites de la protesta legítima para desviarse hacia otras causas perversas que abarcan temas como la defensa de la familia tradicional (en detrimento de la consecución de derechos LGBTTTIQ) ,el rechazo a los médicos provenientes de Cuba en el marco del programa Mais Medicos el cual pretende combatir la falta de médicos en zonas rurales lejanas del interior del país, actos xenofóbicos contra migrantes haitianos y la reducción de la edad penal a 16 años para que, a partir de dicha edad, los jóvenes delincuentes puedan ser juzgados y procesados como adultos.

Devolviendo nuestra atención a Río de Janeiro, sucede que ante un supuesto y ficticio aumento de la delincuencia, a partir de septiembre, en las playas de la zona sur, una de las áreas más desarrolladas y con poder adquisitivo de la ciudad, se han tomado medidas para restringir el acceso de personas provenientes de zonas marginadas de la ciudad con el fin de reducir el crimen. Ante esto, se ha decidido acortar las rutas de transporte público que comunicaba a la zona norte, específicamente los barrios de Jacaré y Jacarezinho con las playas del sur, Copacabana e Ipanema. La movilización de delincuentes entre estas zonas se debe a la gran concentración de pobreza en el norte y la predominante riqueza en el sur. En el primero, el ingreso mensual promedio es de 440 reales mensuales (2mil pesos mexicanos) y sólo uno de cada cien habitantes tiene estudios de educación superior mientras que en el segundo el ingreso es de 6mil reales (alrededor de 27mil pesos) y el 60% cuenta con estudios universitarios.

Otras medidas de evidente segregación incluyen el cateo de autobuses donde hay presencia de adolescentes negros y pardos provenientes de la Zona Norte, bajo el pretexto de buscar armas y drogas y así prevenir delitos.

A pesar de que la prensa brasileña así como algunos medios internacionales hablaron de una onda de violencia que sacudía a Río de Janeiro, la criminalidad en el segundo semestre de 2015 se ha mantenido sin diferencia respecto al primer semestre del mismo año, tampoco existe una diferencia sustancial con la suscitada en 2014, especialmente en los meses de junio y julio cuando se llevó a cabo el Mundial de Fútbol en la ciudad.

Ante esta situación, se asoma que la crisis brasileña no es económica sino de gobernanza, pues pesar de haber empezado con los movimientos de 2013, ésta se ha volcado hacia el hartazgo de la corrupción y la baja popularidad de la presidente Rousseff. La gobernanza es, en términos llanos, la posibilidad que tienen los distintos actores que conforman una sociedad de formar parte en la toma de decisiones para construir soluciones y construir normas e instituciones para generar dichos cambios. Es un problema de gobernanza, además, porque los grupos raciales menos favorecidos son concentrados en zonas marginadas, porque la movilidad social no es vista con buenos ojos, porque sus canales de participación inclusión han sido cerrados, porque son deshumanizados y reducidos a una peste que sólo trae problemas y por lo tanto debe ser erradicada; los datos muestran que el crimen es un problema existente, sin embargo, no es una situación que vuelva imposible la convivencia harmónica y el transcurso de la vida, se trata más bien de la incomodidad de parte de las clases medias y altas de tener que coexistir y compartir un territorio con las clases bajas: es un problema de gobernanza porque solo la clase alta tiene el poder de influir en la toma de decisiones, ello se ve reflejado en la presión ejercida para acortar las líneas de transporte público, en la remoción de indigentes en las zonas “nobles” de la ciudad.

Sin duda alguna, la corrupción es condenable bajo cualquier circunstancia. El desvío de recursos y la falta de transparencia son aborrecibles; por otro lado, es reconfortante e inspiradora cualquier forma de movilización social que persiga un fin legítimo como lo es exigir a la clase política que haga su trabajo y que lo haga sin trucos, trampas y bajezas, sin embargo, la protesta en contra de ella se ha extendido hacia distintos medios para protestar en contra de aquello que la clase conservadora a menudo detesta: a los homosexuales, a ciertos grupos migrantes y extranjeros y aunque sea cruel decirlo: a los pobres que salen de los barrios bajos para “invadir” el paisaje de sus zonas residenciales

A los brasileños les debería importar más que los juicios pendientes en contra de funcionarios públicos por corrupción se lleven a cabo de manera justa e imparcial, independientemente de su militancia partidista; deberían de preocuparse por que el gasto público destinado a las sedes olímpicas sea repartido con transparencia y sin “cuentas infladas”; deberían dar más atención a las políticas públicas destinadas al combate a la pobreza y la desigualdad; enaltecer el precepto de un país laico; plantearse un debate político duradero, abierto y plural en lugar de centrar sus energías en exigir prisión para los menores de edad; reclamar la preservación de la familia tradicional; elegir pastores cristianos como legisladores; insultar a los médicos cubanos; humillar a los migrantes haitianos, y sobre todo dejar de llamar a su Brasil el #PaisDeLixo.

Inversiones millonarias en espacios deportivos en detrimento de otras necesidades apremiantes, el aumento del descontento social, el aumento temporal de robos y asaltos, la invisibilidad forzada de los indicios de desigualdad; la negación de su existencia y una mayor polarización entre pobres y ricos, son consecuencia de ignorar la crisis de gobernanza que atraviesa el país, ésta, a su vez, es el alto precio de tener unos juegos olímpicos exitosos.

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