De “Legarretas” y teorías funcionalistas

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Tampoco se trata de cambiar de táctica para la manipulación de conciencias y comportamientos sociales, se trata tal vez, de regresar a decir la verdad y nada más que la verdad. Dudo que Andrea Legarreta pueda decir la verdad sin leer el teleprompter.

Por Noé Ixbalanqué Bautista / @Balamke

El affaire Legarreta que la semana pasada generó un escandalito en las redes sociales reveló un par de cosas para la reflexión. Por un lado la inocente, frágil y francamente tonta defensa que en Twitter hizo la conductora matutina de Televisa de los comentarios económicos que ella y el conductor Raúl Araiza expresaron en torno a la devaluación del peso, dejó clara y a la vista lo que todos ya sabíamos: que el tono e intención de esos comentarios tienen un origen en, este caso, el Gobierno Federal en acuerdo con la televisora y que se trata entonces de una campaña disfrazada. Esta inocente revelación confirma la tesis que Luis Estrada desarrolla en su largometraje “La dictadura perfecta” (México, 2014) y que erige a las televisoras como el poder fáctico de nuestro país… o al menos así lo han estado creyendo los dueños de esos medios.

La aireada reacción en la redes sociales ante la serie de infortunadas declaraciones de Legarreta, vertida en memes que se burlan ingeniosamente de ella, dejan ver que la estrategia de la campaña por cambiar la percepción sobre la devaluación del peso en la audiencia fracasó y por lo tanto ello cuestiona la supuesta omnipotencia de los medios. El funcionalismo laswelliano que establece a la comunicación como un proceso objetivo de causa-consecuencia centrado mecánicamente en los llamados medios de comunicación masivos dejó la idea de un inmenso poder de los medios como una verdad incuestionable. A partir de ella nacieron diversas prácticas como la mercadotecnia y la comunicación organizacional, y se transformaron otras como la publicidad. Hoy, a partir de las consideraciones teóricas que desarrollamos especialmente en Latinoamérica sabemos que esta verdad es relativa y muy cuestionable.

El caso Legarreta así lo deja ver. Vamos por partes:

  1. Es claro que se trata de una campaña para cambiar en el ciudadano (léase receptor) la percepción de crisis económica que surge con el incremento del precio de dólar.
  2. Esta campaña se articula desde la lógica de la mercadotecnia política cuyos principios son los postulados funcionalistas de Laswell.
  3. La premisa esencial de este tipo de campañas es que el “receptor” es un ente pasivo, crédulo y sin capacidad de razonamiento que acepta el “mensaje” como verdadero para construir, a partir de éste, su realidad. Se plantea entonces una relación vertical entre poder, medios y sociedad.
  4. Por lo tanto la supuesta credibilidad que tienen los medios les otorgan el poder de controlar las mentes y el comportamiento del receptor configurado ahora en la masa. Enorme poder consecuentemente.
  5. El neoliberalismo parte del funcionalismo y ha llevado al extremo su práctica para lograr su objetivo: privatizarlo todo y dejar al Estado al servicio del capital, que articula los poderes fácticos.
  6. La emergencia del internet y de las redes sociales con su capacidad de interactividad e instantaneidad plantea una nueva relación entre sociedad, medios y poder hacia una horizontalidad. Hay un cambio en el paradigma.
  7. El crecimiento exponencial de las redes sociales, la mudanza hacia ellos y el aumento de oferta informativa en esta plataforma tomó por sorpresa al poder mediático tradicional, es decir a las televisoras, y con ello al poder político y prácticas como la mercadotecnia.
  8. Ello ha llevado al establecimiento de un diálogo entre medios, poder y sociedad. Diálogo primerizo basado en la confrontación en general; pero que está transformado premisas para las relaciones poderes-sociedad.
  9. La respuesta de la audiencia en redes sociales es inmediata y en diversas formas, que pone en tela de juicio instrumentos de investigación de audiencias como la encuesta, y revela que la audiencia, ese receptor laswelliano no es pasivo ni crédulo. Por el contrario, podemos suponer que la audiencia está conformada por sujetos atentos a su realidad y cuestionan toda información que no esté acorde con tal realidad.
  10. Este caso deja claro que la sociedad actual no está articulada como en los Estados Unidos de la primera mitad del Siglo XX, cuando Harold Laswell postuló su famoso paradigma de la comunicación.

Más allá de coyunturas conviene tomar nota del caso, revisar con éste los postulados funcionalistas de la comunicación y reflexionar sobre la vigencia. El enorme gasto económico que implica, por ejemplo, el manejo de la imagen de un gobernante para los casi nulos efectos deseados hace obsoletas estas prácticas. Tampoco se trata de cambiar de táctica para la manipulación de conciencias y comportamientos sociales, se trata tal vez, de regresar a decir la verdad y nada más que la verdad. Dudo que Andrea Legarreta pueda decir la verdad sin leer el teleprompter.

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