La vida no se vende

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Ellos, los de Cloete, saben que el bien mayor no es el enriquecimiento monetario, sino la justicia y la dignidad de todos

Por Elías Iván García Ríos, SJ de TequioSJ

La lluvia, la música, la tarde, el silencio, la reflexión, el tiempo, hacen pensar en ustedes. Estos momentos hacen sentir, sin poder dudar, que Dios acompaña a su creación, desde el norte hasta el sur, desde Chiapas hasta Coahuila, desde la selva devastada hasta el desierto lleno de tajos, y nos recuerdan que mientras un solo ser humano esté luchando por mejorar las condiciones de vida hay esperanza para la humanidad. Así como la destrucción comienza por pequeños deseos desordenados que toman estructuras políticas y sociales, y que alcanzan a afectar todos los rincones del planeta, así la reconstrucción y lucha de una sola causa, de un solo pueblo, de una sola persona, reivindica y pone de manifiesto todas las demás.

Es el caso de Cloete, pueblo minero, que, ubicado en el municipio de Sabinas, Estado de Coahuila, pone de manifiesto su causa; fue uno de los primeros pueblos mineros del carbón en el norte de México; se fundó para albergar a las familias de los mineros que trabajan en lugares aledaños. Sin embargo, desde hace muchos años, las mineras han invadido el pueblo excavando tajos, es decir, minas que tienen de 70 a 100 metros de profundidad y diámetros que van desde 100 a 300 metros donde se extrae el mineral a cielo abierto, y haciendo pocitos de un metro de diámetro aproximadamente, que van de 30 a 100 metros de profundidad y en la parte inferior se extienden hasta 70 metros hacia los lados; todo esto con el fin de extraer el carbón que se encuentra en los mantos subterráneos. Pero, también, desde hace muchos años los pobladores han intentado frenar esa actividad ilegal por la cercanía de los pozos y tajos a las casas y por el peligro que representa para las personas y niños que ahí viven, además de ser nociva para la salud y para el medio ambiente, por el daño que provocan a los mantos acuíferos, al aire que respiran, y a la fauna y flora silvestre.

Uno o dos años atrás, los valientes pobladores de la colonia Altamira de Cloete lograron detener un tajo que los empresarios y concesionarios descaradamente habían abierto al interior de la colonia. Hace algunos días estos pobladores de la colonia Altamira, junto con los vecinos de la colonia Lomas Altas, volvieron a hacer frente a la avaricia de los mismos empresarios y concesionarios que nuevamente trabajaban en la extracción ilegal de carbón en otro tajo que amenazaba a estas dos colonias.

Afortunadamente los pobladores encontraron un manifiesto de impacto ambiental, que firmaron las compañías mineras desde 2005, donde se comprometían, entre otras cosas, a mantenerse a no menos de 350 metros de distancia de la última casa.

Los pobladores también se encontraron con las palabras del Papa Francisco, que en su encíclica Laudato Si citando a los Obispos de Argentina, dice:

Las multinacionales… [entre ellas las mineras, por supuesto] generalmente, al cesar sus actividades y al retirarse, dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden mantener. [Laudato Si, 51].

Sin embargo, la lucha no ha sido fácil. A pesar de que las familias tienen razones legales y humanas para detener las actividades de extracción de carbón, los empresarios y concesionarios gozan de poder económico, del respaldo de la ley, por ser funcionarios del gobierno municipal y estatal, y de los medios de comunicación locales.

La guerra sucia de parte del gobierno municipal y de los empresarios se dejó sentir de distintas maneras: en los intentos que hicieron por convencer, únicamente, a los pobladores de la colonia Lomas Altas, para que vendieran sus casas y fueran reubicados en una colonia más prestigiosa; en el intento de recabar firmas que manifestaran su acuerdo con el tajo a cambio de dinero; en el intento por convencer a los colonos de que la extracción era legal, mostrándoles documentos donde supuestamente cumplían con el manifiesto de impacto ambiental y tenían el respaldo de las autoridades; en la intimidación con policías municipales y estatales que rondaban su colonia, etc. Incluso, el día que los pobladores de las dos colonias bloquearon la entrada al tajo, los medios locales se presentaron para convencer a la gente de la colonia Lomas Altas de vender o ser reubicada y de manera descarada les decían que su acción estaba fuera de la ley, porque detenía el desarrollo minero y atentaba contra el empleo de los mineros que ahí trabajaban.

Es impresionante ver cómo opera el mal, cómo mueve todo su aparato jurídico y mediático para atacar a la gente que verdaderamente lucha por la justicia. Los empresarios y autoridades parecían avispas embravecidas aferradas a un panal que no les pertenecía. Así, la Semana Santa cobró actualidad, al permitir ver cómo la fuerza del Estado y de las empresas volvía a condenar al justo, valiéndose de artimañas y de testigos falsos. El peor descaro era saber que estos políticos y empresarios católicos, que asisten a misa y a ceremonias religiosas, eran los que negociaban, en contubernio con algunos curas, a Cristo crucificado, con el fin de acumular más riqueza. Sin embargo, la gente sencilla supo resistir. Así lo demostraron las familias de Cloete que detuvieron este segundo tajo. Su estrategia fue caer en la cuenta de que su vida valía más que el carbón y que Cloete no se vendía sino que se amaba y se defendía.

La gente se dio cuenta de que las casas donde viven son el patrimonio de sus hijos. Muchos de ellos allí nacieron y allí han decido permanecer. Los pobladores de la colonia Altamira, quienes ya tenían más experiencia y tiempo de lucha, y la gente de la colonia Lomas Altas, quienes se sumaron a la lucha por sentir que este segundo tajo los estaba afectando, se dieron cuenta que eran personas con la misma dignidad y derechos, y que compartían un mismo espacio y una misma causa, defender sus casas, sus familias, sus niños, su tierra, su pueblo. El viacrucis, que inició el miércoles, fue el acto unificador y la cruz el estandarte que la gente cargó como signo de protesta para bloquear las entradas al tajo. Niños, jóvenes y adultos caminaron como verdaderos discípulos de Cristo, no resignados a la cruz, sino dispuestos a dar batalla, dejando al descubierto la injusticia y la corrupción, haciendo presente las 63 cruces de los 63 mineros de Pasta de Conchos que siguen esperando justicia y un digno rescate.

Sin embargo, el tajo seguía operando, por lo que, al día siguiente, el jueves Santo, los pobladores decidieron bajar a la bocamina para obligar a las máquinas a dejar de trabajar. Sus acciones tuvieron éxito, pues no sólo lograron que dejaran de trabajar, sino que por la tarde, protección civil volvió a cancelar el tajo, aunque esta instancia ya se había pronunciado por la legalidad de dicha actividad extractiva. En Cloete, la gente ya no tiene miedo. Parece que su cruz pronto se transformó en resurrección. Ahora son testigos de cómo Dios los resucitó cuando lograron parar el tajo. Desde luego, no todos lograron ver esto como signo de resurrección, pues no todos son auténticos discípulos de Jesús.

Ahora la gente ha logrado lo que el Papa Francisco dice en su encíclica:

La instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado y una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que se deja a los hijos y a los nietos… La sociedad a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos. Si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal-, tampoco es posible un control de los daños ambientales [Laudato Si, 179].

Las familias de Cloete esperan que instancias federales acudan a la zona para ratificar la ilegalidad de dicha actividad minera y para que los empresarios y concesionarios dejen de operar de manera ilegal y reparen el daño, no solo de ese tajo, sino de todos los que han dejado abiertos en la región carbonífera de Coahuila. Dios se ha vuelto, en estas personas, el escudo que los protege, la fuerza que los sostiene, el amor que los alimenta, el fundamento que los orienta, en pocas palabras, su común-unidad. Ellos, los de Cloete, saben que el bien mayor no es el enriquecimiento monetario, sino la justicia y la dignidad de todos.

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