La frontera entre los ríos

frontera

Migrar en México parece ser sinónimo de despojarse de un nombre, volverse invisible y muchas veces morir en el anonimato.

Por Jesús Guarneros

La migración es un fenómeno que las personas en México conocen, discuten y viven con bastante familiaridad. Quienes investigan este fenómeno han denominado a nuestro país como un país de expulsor de migrantes y un país de tránsito. Esto quiere decir que muchos mexicanos y mexicanas dejan sus comunidades y emprenden un viaje con fines de mudar su residencia permanentemente fuera de México; mientras que al mismo tiempo somos un país que recibe muchos migrantes de otras nacionalidades, pero cuya estancia en México sólo es temporal.

El flujo de esta migración es claro, la mayoría de los migrantes nacionales buscan cruzar la frontera norte, mientras que los migrantes internacionales son en su mayoría personas provenientes de Centroamérica y Sudamérica que ingresan a nuestro país sólo con la intención de cruzarlo y llegar a los Estados Unidos.

Las razones por las que se da la migración son bien conocidas, cuestiones económicas, de seguridad o bien para alcanzar al resto de los familiares que han partido con anterioridad, por mencionar algunas. Existen informes e investigaciones de organizaciones de la sociedad civil y de los gobiernos que ahondan en las circunstancias y los contextos de las personas que migran. ¿Por qué migran? ¿Qué comunidades tienen más población migrante? ¿Quiénes migran? ¿Desde cuándo migran? Sin embargo, poco se ha hablado (o al menos no lo suficiente) sobre la siguiente cuestión: ¿Por qué migrar hacia el Norte significa perder la vida?

La migración hacia los Estados Unidos no es un tema nuevo. Este flujo migratorio ha sido continuo desde finales del siglo XIX y sólo interrumpido durante la Gran Depresión de 1920. En algún momento incluso alentado y apoyado por los gobiernos latinoamericanos y norteamericano, debido a la falta de mano de obra en el vecino país del norte durante la Segunda Guerra Mundial. En ese momento la migración solía ser temporal, los migrantes (en su mayoría hombres) trabajaban por temporadas y volvían a sus residencias en sus países de origen. No obstante, en la década de los ochenta dos factores cambiaron las circunstancias: los problemas económicos en Latinoamérica se agudizaron y las políticas migratorias en la frontera sur de Estados Unidos se endurecieron. Estás acciones provocaron que los y las migrantes pensaran en hacer de los otrora viajes circulares, cambios permanentes.

Incluso después de la Ley Simpson-Rodino, o IRCA, por sus siglas en inglés. La frontera del Río Bravo seguía siendo una frontera porosa. Cada vez eran más los mexicanos y sudamericanos que llegaban a los Estados Unidos buscando la estabilidad y la seguridad que no encontraron en el sur. Así que el gobierno americano comenzó a implementar diferentes planes para detener el flujo migratorio como la Operación Bloqueo “Hold the Line” en el Paso-Ciudad Juárez en 1993; Operación Guardián “Gatekeeper” en Tijuana-San Diego en 1994; Operación Salvaguarda en Arizona-Nogales en 1995; y Operación Río Grande en Valle Río Grande – Texas en 1997.

Dichas acciones dan lugar a la militarización de la frontera México-Estados Unidos, pero no detienen el flujo migratorio, únicamente aumentan los riesgos de la migración.

Nueva frontera; nuevxs migrantes

¿Cómo detener una migración que se ha vuelto casi una cuestión cultural? La respuesta: La frontera del siglo XXI.

Los riesgos de la migración, en un principio estaban al llegar al Río Bravo (evitar ahogarse, atravesar el desierto y no ser encontrado por las autoridades migratorias estadounidenses). En los últimos años, los cambios en la actitud de las autoridades mexicanas con respecto a los migrantes del sur de américa (algunos opinan que orquestada desde Norteamérica) y los crecientes niveles de inseguridad en México han hecho que el viaje sea una tortuosa travesía.

Mexicanos y extranjeros se encuentran con crimen organizado y autoridades corruptas que los extorsionan para continuar el viaje, los secuestran y someten a trabajos forzados, si a eso sumamos la falta de acceso a derechos humanos básicos y los peligros evidentes que conlleva atravesar un país sin dinero ni documentos y montado en el techo de un tren, tenemos como resultado el escenario perfecto para perder la vida.

No cambiaron únicamente las formas de diezmar a las personas que van en busca del “sueño americano”. También cambiaron los rostros de quienes migran.

Como se menciona con anterioridad, en un principio eran hombres en edades productivas los que hacían el viaje. Sin embargo, en los últimos años, los informes muestran que ahora mujeres, niños y niñas migran tanto como hombres. Ya no importa si se es mayor de edad, ya no importa si se es madre, ya no importa nada. El hecho es que con la diversificación de los migrantes también se diversifican las formas de tortura. La violencia y explotación sexual, así como el tráfico de infantes se suman a la lista de problemas relacionados estrechamente con la migración.

Claro que alarman los datos y las historias de los migrantes sin embargo lo que más asombra es la incapacidad que tiene el Estado mexicano de cuantificar la cantidad de injusticias y muertes. No hay una cifra de cuantas personas murieron en el trayecto de la bestia, cuantas fueron reclutadas a la fuerza por los carteles, cuantas fueron extorsionadas por los mismos agentes de migración, cuantas fueron enterradas en las fosas comunes, cuántas mujeres fueron violadas.

Migrar en México parece ser sinónimo de despojarse de un nombre, volverse invisible y muchas veces morir en el anonimato. Llegar a Estados Unidos, significa atravesar la frontera que se extiende desde el Suchiate hasta el Bravo. La frontera para los migrantes es una frontera vertical.

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