La paradoja de Zapata; o la historia de uno de esos hombres que nunca mueren

“Hombres que son capaces de volar bajo el suelo, para quienes no hay ámbitos ni grandes ni imposibles, con la mirada tensa, prorrumpen en el vuelo gladiadores, temibles.” Miguel Hernández

Por Roberto Longoni / @galleta27

Ante la traición de Madero y el rumbo que, a finales de 1911, estaba tomando la Revolución Mexicana, el General del Ejército del Sur, Emiliano Zapata, consideró que era momento de tomar una postura clara. A diferencia de otros caudillos o actores políticos que tomaron parte en la revuelta contra Porfirio Díaz, para Zapata la revolución no era un medio para la toma del poder, sino una plataforma para generar las condiciones para el cambio social profundo, desde abajo y a la izquierda.

Zapata decidió permanecer al margen de las relaciones políticas que se empezaron a gestar en torno a la figura de los que suplieron a Díaz en el poder, y se perfiló como un líder popular arraigado a la dignidad y a la orden de su pueblo.

Lejos de la traición, consideró que una verdadera Revolución no debía propugnar por un simple cambio de poder que siguiera sin tomar en cuenta las demandas del pueblo, que por aquellas épocas se enmarcaban en el lema que más tarde sería su legado: “Tierra y Libertad”.

En aquellos años, y ante la situación histórica, un discurso tan revolucionario no podía agradar a nadie, ni siquiera a todos aquellos que se jactaban de serlo. Un 10 de Abril de 1919, en la Hacienda de Chinameca, cerca de Cuautla, Morelos, Emiliano Zapata fue acribillado por la traición de González, Guajardo y Carranza. Los hombres que fingieron mostrarle respeto con las armas lo asesinaron de manera cobarde, por que para ellos no había otra forma de hacerlo. Su cuerpo fue fotografiado y filmado, para evitar dudas sobre su muerte.

Pero entonces sucede que la historia juzga, absuelve, repite y resucita. La historia que los opresores callan, el pueblo la guarda en la memoria, y más que guardarla, la vive y la entiende, la llena de sentido en lo cotidiano. Entonces para los campesinos, a pesar de las fotos o las habladurías, era imposible creer que el General Zapara estuviera muerto.

“Apenas ayer lo vimos cabalgando en la montaña” aseguraban algunos, y el fantasma de Emiliano se hizo latente, próspero, fecundo. El movimiento fue dando sus últimos suspiros, las voces campesinas se fueron apagando con los sucesivos intentos de gobierno, el México institucional (contando con decorosas y honorables excepciones como Lázaro Cárdenas) se encargó por todos los medios de quitarle su importancia política y social al zapatismo que para algunos siempre sería la bandera de la dignidad rebelde.

México siguió su camino, como tantas veces, en la desmemoria y el olvido. El paisaje se convirtió pronto en el objetivo del despojo. La tierra fue invadida, el honor pisoteado, el campesino extirpado de la historia, el caballo de Zapata se escuchaba cada vez menos en las montañas del sur.

Entonces pasaron décadas de convulsión y abismo. El rumbo no estaba claro, y sucede que un primero de enero de 1994, un grupo de mujeres y hombres, niños y ancianos, indígenas y no tanto, mexicanos y mexicanas, alzaron las voz y las armas y dedicaron a la historia un nuevo pasaje. Y asumiendo el nombre, la responsabilidad, y la figura de Zapata a cuestas, exclamaron sin titubear un ¡Ya Basta!, hondo, profundo, que hacía eco en cada rincón campesino e indígena; olvidado de este país. Y entonces tierra y libertad, y justicia, y paz, y dignidad, y rebeldía, y autonomía, y luz, y ¡para todos todo, nada para nosotros! Y el caballo de Zapata volvió a cabalgar más al sur-sur y a la izquierda, donde el corazón palpita y pide una segunda, tercera, cuarta, infinita oportunidad para latir en esta tierra. Y entonces un pasamontañas nos devela la historia, y nos aclara sus orígenes:

“Pero cuando hay un momento de reposo, que los hay todavía, escuchan otra voz, no la que viene de arriba, sino la que trae el viento de abajo y que nace del corazón indígena de las montañas, la que les habla de justicia y libertad, la que les habla de socialismo, la que les habla de esperanza… Y cuentan los más viejos entre los viejos de las comunidades que hubo un tal Zapata que se alzó por los suyos y que su voz cantaba, más que gritar ¡Tierra y Libertad! Y cuentan estos ancianos que no ha muerto, que Zapata ha de volver. Y cuentan que […] la esperanza se siembra y se cosecha […] que es la hora de cosechar rebeldía. Los poderosos no escuchan, no alcanzan a oír, están ensordecidos por el embrutecimiento que los imperios les gritan al oído. “Zapata” repiten quedo los pobres; “Zapata” insiste el viento, el de abajo, el nuestro.”1

Y le llaman Votán, y le llaman General, y le llaman hermano, madre/padre, y le llaman pueblo, y le llaman luz que ampara, y fuego que arde. Y no sólo le llaman, sino que lo invocan, y lo alumbran, y lo viven y lo mueren en sus comunidades y en sus tierras, en sus propias luchas y en sus propios días con sus noches. Y resplandece una lucecita en el monte, y es Zapata que viene de vuelta y pide que los poderosos se rindan al deseo digno y popular de que el mañana sea de tod@s, y que exige: ¡Nunca más un México sin nosotr@s!

[…]

Y entonces el escritor pide que se le permita contar una historia que no es suya, sino que escuchó hace un par de años en el sureste mexicano, que cuenta más o menos así:

Volvemos a Enero de 1994. Chiapas, junto con todo México, estalla. Balas y voces, confusión, imágenes del horror, claroscuros y miedo, pero también esperanza. En Ocosingo son asesinados, de manera cruel y despiadada, indígenas. El mercado, la plaza, las esquinas, se llenan de muerte. Un comandante tzeltal, “el señor Ik’ , combate hasta el último suspiro al ejército federal. En medio del enfrentamiento su cuerpo jamás será encontrado. La comandancia es notificada, así como el Comité Clandestino Revolucionario Indígena, del que formaba parte y fue fundador. Más allá de lo que representa en el esquema militar, su amigo, un tal Marcos, enciende su pipa, y entre lágrimas y sollozos que se permite en medio de la guerra, toma nota: “Es larga la travesía del dolor a la esperanza”; y enseguida le dedica unos versos de Paul Éluard a su compañero:

“Cuando el llega nosotros vivimos
y del fondo del Castillo de los pobres
donde nosotros teníamos tantos semejantes,
tantos cómplices, tantos amigos,
sube la vela del valor
Icémosla sin vacilar
Mañana sabremos por qué
cuando triunfemos.
Una larga cadena de amantes
salió de la prisión.
La dosis de injusticia y la dosis de vergüenza
son verdaderamente demasiado amargas.
No es necesario todo para hacer un mundo,
es necesaria la felicidad y nada más.
Para ser feliz es necesario simplemente ver claro
y luchar.
No esperemos un solo instante:
levantemos la cabeza.
Tomemos por asalto la tierra.”

[…] y podemos imaginar a este hombre de armas, “nariz con pasamontañas”, poeta guerrillero, cerrando su cuaderno mientras la tristeza se apodera de su ser, y la rabia decidía enfocarla en seguir luchando por la historia, junto a todos aquellos que estuvieran dispuestos a dar su vida por la democracia, la libertad y la justicia. Y este mismo hombre nos aclara el cuento que este escritor quizás no contó de la mejor manera:

“Hugo, tzeltal de sangre y mexicano por derecho e historia, fue de la primera generación de responsables políticos del EZLN. Fue de los primeros fundadores de lo que ahora se conoce como Comité Clandestino Revolucionario Indígena y formó a toda una generación de nuestros jefes […] aprendieron de Hugo el modo de organizar y dirigir los preparativos de la guerra. Hugo, nombre de guerra de este príncipe tzeltal, en porte y nobleza, escogió el apelativo de “señor Ik’” ( “Señor Negro” ) para identificarse en las comunicaciones. […] Y así recorrió cañadas y municipios explicando el significado de las cuatro siglas que, después, darían la vuelta al mundo. Con el cargo de jefe […] el señor Ik’ marchó al frente de una parte de las tropas que tomaron la cabecera municipal de Ocosingo del día primero del año 94.

Cuando, el día 2 de enero, los federales atacaron la plaza, el señor Ik’ permaneció combatiendo para proteger la retirada de sus compañeros. En la confusión del repliegue de las últimas tropas, el señor Ik’ quedó en la lista de desaparecidos. […] Nunca supimos si su cuerpo está en una de las fosas comunes clandestinas que los federales hicieron para esconder su brutalidad y su falta de honor militar. O si, como ahora se dice en las montañas, el señor Ik’ no murió, sino que vive como una luz que aparece, de tanto en tanto, por entre cerros y cañadas, con el sombrero y el caballo de Zapata. […] con su muerte, dio luz y calor a estas tierras, y vida a la lucha que renace a pesar de todo. El 10 de abril de 1994, al compás del himno zapatista que se entonaba en la ceremonia militar, la mujer del señor Ik’, que aún lo espera (como todos nosotros), parió un niño. Cosas de estas tierras, de estos mares…”3

Pues eso mi general Zapata, que por más que quieran, a usted, vivo en el pueblo, jamás podrán matarlo.

Referencias:

1 Texto del Sub – Comandante Insurgente Marcos titulado “Chiapas: el sureste en dos vientos, una tormenta y una profecía”; escrito a mediados de 1992, dos años antes del levantamiento armado. Dado a conocer el 27 de enero de 1994 por el Departamento de Prensa y Propaganda del EZLN. Publicado en el primer tomo de “Comunicados y Documentos del EZLN” por editorial ERA.

2 Poema llamado “El Castillo de los Pobres” de Paul Éluard.

3 Comunicado del 22 de septiembre de 1994. Publicado en el segundo tomo de “Documentos y Comunicados del EZLN” por editorial ERA.

Las opiniones expresadas en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a. En Manatí somos un sitio abierto a distintas expresiones.

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