La ideología mestizante, el guadalupanismo y sus repercusiones sociales – Primera parte

Por Itziar Bruyel Vollrath/ @itziarbruvo

Los mexicanos nos hemos caracterizado históricamente por ser una sociedad desigual y discriminatoria, que cuenta con una identidad colectiva que posee rasgos clasistas, racistas y sexistas, cuyas consecuencias son igualmente graves para todos los sectores de la población de nuestro país, aunque no lo queramos reconocer de esa forma. El reto en todo esto es el lograr el nacimiento de una convivialidad que permita el establecimiento de relaciones de igualdad sin homogenización y la diferencia sin discriminación.

Los autores del libro “La ideología mestizante, el guadalupanismo y sus repercusiones sociales” refieren que la ideología mestizante y el guadalupanismo son aspectos fundamentales que han sustentado históricamente la  llamada “identidad nacional”. La ideología mestizante, genera un imaginario en el que el racismo en México era inexistente o irrelevante, favoreciendo así a la creación de un perfil autodenigratorio, excluyente y machista que ha dañado durante años a la sociedad y lo sigue haciendo en la actualidad. Asimismo, el mestizaje es la ideología que sirve para construir a la nación, darle un cuerpo a la nacionalidad y definir el perfil de la identidad nacionalista.

Por otro lado, el guadalupanismo se ha ido transformando y evolucionando a lo largo de la historia en muchas y diversas formas, algunas de ellas contradictorias: la Virgen de Guadalupe, la “morenita” ha significado refugio y consuelo para gran parte de la sociedad mexicana; sirvió para la movilización de las masas en la Independencia y fungió como su estandarte; ha sido manipulada también para fines patriótico-nacionalistas, así como para encubrir desigualdades sociales; y es símbolo de resistencia y pertenencia para los migrantes mexicanos que han migrado a los Estados Unidos.

Para poder argumentar que estos dos conceptos antes mencionados sustentan la “identidad nacional”, es necesario entonces definir “identidad” para los autores del presente texto. Para ellos, la identidad es un proceso de ubicación emocional, cognitiva y simbólica ubicada en el tiempo y en el espacio que se va elaborando, deconstruyendo y reelaborando a partir del reconocimiento y la diferenciación, siendo entonces el mecanismo que nos permite procesar experiencias y acontecimientos y hacerlos propios. Agregan también, rasgos de la propuesta de Fromm acerca de la identidad, mencionando que es la necesidad del ser humano por encontrar su lugar dentro de una colectividad que lo proteja y que le dé sentido a su existencia.

La ideología mestizante es la culpable de haber permeado las identidades de la mayoría de los mexicanos con rasgos racistas. Los pueblos indios que resistieron ante el mestizaje, han sido víctimas de estigmatización, explotación, paternalismo racista o racismo cordial por parte de mestizos y blancos, lo que ha ido generando históricamente resentimiento en estas poblaciones.

El construir un Estado moderno dentro de la expansión capitalista, suponía, entre otros factores, la homogeneización racial, cultural e ideológica de la población despojando a nuestros pobladores de sus particularidades individuales y colectivas como comunidades. Por ello, al homogenizar los patrones de producción y consumo en un contexto mexicano de por sí heterogéneo, era necesario el control de la población.

El tener una tez blanca significa en nuestro país una garantía para acceder a las élites sociales y por ende, al goce de esos privilegios. Por ello, tras la piel de color morena de los mestizos, subyace firmemente la expectativa de tener la piel blanca. Y no sólo cuentan con una vergüenza inconsciente por su color de piel, sino que tienen también la carga de una herencia negativa resultante de la violación sexual de las mujeres nativas por los hombres blancos españoles.

Todo ese universo de complejos traumas yace en la idea funcional de la nación edificada en el mestizo, problema que impacta aún en la actualidad los imaginarios e identidades sociales de los países latinoamericanos. Ese terror sexual ha sido disculpado, minimizado y legitimado en la mediad en que lo convierte en la posibilidad de una nueva raza humana, americana y que se convertiría en la substancia identitaria de las naciones independientes latinoamericanas en el siglo XIX.

Por ello nacen las castas y la idea de la necesidad de purificar la sangre. La gran mayoría de los mestizos eran “bastardos” nacidos en la imprudencia reproductiva, quienes se veían obligados a caminar el resto de sus vidas con desprecios y con su condición humana resquebrajada por la cantidad de apelativos que se inventaron para nombrarlos y apodarlos. Estas terminologías responden a un interés taxonómico en el que se refleja la idea de inferioridad étnica y social de las castas.

Los mestizos enfrentaron (y lo siguen haciendo) inferioridad y desarraigo debido a que ellos no eran pertenecientes ni de los pueblos indios ni de la población criolla o peninsular, por lo que eran seres desheredados social y culturalmente, no poseían nexos ni raíces, y por ello se les convertía en potenciales trastocadores del orden social, y se les culpaba de todas las anomalías y resquebrajos que la misma estructura social propiciaba.

El haber ordenado a la sociedad pos-revolucionaria en castas asimétricas fue el resultado de la desarticulación producida por el encuentro caótico de dos matrices civilizatorias, lo cual impactó el sentido existencial, emocional y simbólico de los vencidos y de los vencedores, a pesar de que fue la lógica de estos últimos la que reorganizó al nuevo mundo. “Chocaron dos sueños, chocaron dos mitos, pero el mestizaje fue básicamente la dominación de los cuerpos y de las almas. Esta reducción al silencio de las culturas de Mesoamérica significó un daño irreversible, no sólo para la sociedad de la Nueva Espala, sino para la civilización occidental”.

Para leer la segunda parte, haz clic aquí

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