Disco sinfonola canción de dos vinilo

Canción de dos

Por Gustavo Ramírez / @Taboobs

Javier terminó de fumar y estiró el brazo hasta la mesa de noche para apagar las brasas de la colilla en la base de un cenicero de mármol. Se levantó de la cama para andar los 23 pasos que lo separaban de la regadera. Lavó su vergüenza con un pedacito de Rosa Venus y se secó el cuerpo con una toalla traslúcida. Afuera se hacía de día.

De vuelta en el cuarto se acomodó los cabellos y se abotonó la camisa frente al espejo del tocador. Antes de salir, palpó sus muslos por encima del pantalón para asegurarse de no haber olvidado la cartera. Del desayuno continental sólo aceptó el café.

El trayecto a la salida del Manhattan le agudizó las agruras y las náuseas.  La resolana, que pintaba de luz los muros del callejón de Ovando, reconcilió su fraternidad con el mundo. Javier se dirigió a la avenida Constituyentes y dobló a la derecha, caminó 6 calles en dirección al centro y una más hacia el mercado de La Merced.

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El viaje terminó frente a una cortina de hierro con la pintura descarapelada. Luego de patear a un perro que se había acercado para olerle los pies, Javier agachó el cuerpo para retirar los candados que aseguraban la puerta de Casa Fuentes, una tienda de música que hacía meses no vendía un sólo disco.

Fatigado por la combinación de una fuerte resaca y 17 minutos de caminata bajo el sol, encendió la sinfonola y subió el volumen para inundar el cuarto con el sonido de la trompeta de Louis Armstrong. Colocó una pila de cintas de casete junto al mostrador y se dejó caer sobre un banquito de madera para dormitar.

El tintineo de la campanita de la puerta de cristal, anunció la llegada de un cliente a la tienda. Javier se incorporó sin mucha convicción y descubrió la espalda de Ana, con la curva que acentuaba sus delgadas caderas y sus pronunciadas nalgas. Caminó hacia a ella con la curiosidad de un niño.

¿Buscas algo en especial?

Ana se dio vuelta y chocó con Javier antes de poder contestar su pregunta. El encuentro comenzó con ojos de ternura y sonrisas tímidas. Los dos experimentaron la trepidante sensación del pulso acelerado.

No busco nada. Sólo estoy echando un ojo.

Contestó Ana con una voz entrecortada por los nervios, al tiempo que la sinfonola dejaba escapar el canto de Ella Fitzgerald:

Stars shining bright above you
Night breezes seem to whisper “I love you”
Birds singing in the sycamore trees
Dream a little dream of me

Intercambiaron miradas de complicidad. Ana tomó la mano de Javier con el divino tacto de una mujer fatal y la colocó sobre su cintura, tomó la otra y la sostuvo en alto. Un par de pasos torpes antecedieron el compás de dos cuerpos que se amaron inmensamente y en silencio. Ana y Javier jamás amaron tanto a alguien como se amaron el uno al otro en ese instante.

La canción terminó cuando la aguja llegó al final de la pista grabada en el disco. Ana despegó el rostro del hombro de Javier y lo besó en las comisuras. Él la miró y en sus ojos brillaba el incandescente fuego del amor de loca juventud. Ella le soltó la mano y caminó hacia la puerta.

Espera, ¿Por qué te vas? – preguntó Javier.

Ana se detuvo. Esperó un momento antes de voltear la mirada hacia Javier que la veía  con desconcierto en el fondo de la tienda.

Si te doy mi vida ¿Sabrías qué hacer con ella? – le preguntó Ana.

Silencio absoluto. Ella salió de la tienda. Nunca más volvieron a verse.

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