Un menú nada chido

Por Marco Oliver Rodríguez / @elesoliver

Hace poco estuve en una fiesta en casa de una amiga. La noche y la plática se destaparon amenas y fluyeron deliciosas, justo como las bebidas espirituosas que estábamos consumiendo. A propósito de alegorías culinarias, la conversación se vertió en temas gastronómicos, en gran medida porque la mayoría de los asistentes pertenecían a dicho gremio y su servidor es un fiel devoto al culto de Ceres… Un tragón. 

Entre la quinta o sexta copa, hablando sobre cerveza artesanal y su apropiado maridaje, tocó el turno a una mujer muy agradable, chef auxiliar en un restaurante de autor, de capacidades gustativas impresionantes. Que en esencia, hizo aportaciones muy interesantes sobre cómo maridar cerveza amarga con postres. Pero al hablar sobre sus vivencias personales experimentando con diferentes platillos, remataba cada anécdota con el mismo estribillo: “-¡Y yo así de güau, qué chido, no ma!”. Lo que me hizo reflexionar sobre dos cosas: Primero, lo basto, hermoso y desaprovechado que está nuestro lenguaje. Segundo, sobre lo chido que debió haber estado esa bomba de aguacate con mousse de camarón.

Yo no soy un hombre con un vocabulario amplísimo, disto mucho de esa figura, apenas soy un aficionado de las letras. Pero me provoca un conflicto terriblemente amargo que existan más de trescientas mil palabras/conceptos diferentes en nuestro idioma, tantas opciones lingüísticas para interpretar el mundo que experimentamos y ocupemos muy pocas de ellas.  Aderezamos nuestro discurso diario con florituras como: “chido”, “neta”, “huevos”, “güey”, “Chingar” (Salve Don Octavio y su Laberinto), acompañamos con unos tantos anglicanismos y condimentamos con  frases propias de nuestras respectivas tribus urbanas,  en un plato de al rededor de trescientas palabras, según la Universidad Iberoamericana en un estudio en 2012 y servimos despreocupados a cualquier comensal, sin distinguir si se está redactando un correo en el trabajo o hablando con un amigo.

Entonces, si el problema no son los ingredientes (las palabras) que en contraste, son bastos. Y hoy no me apetece tocar el tema del sistema educativo nacional. Pienso que el problema radica en dos aspectos hermanados, La Cultura y La Identidad. Ambas delimitadas, a mi juicio, superficialmente por aspectos sociales y económicos. Meramente son aspiraciones intrínsecas. Con Cultura me refiero al número de libros, documentales, videos, películas, música, temas de conversación, lugares y toda la variedad de expresiones humanas que podemos conocer y saborear, esta hambre amplia por  información que a veces sofocamos engañosamente empalagando al ser con mucho de lo mismo. Llevándonos al segundo aspecto, La Identidad, que por lealtad y pertenencia, consciente o superficial, a algún estereotipo, nos encajona en un estilo que involucra, entre otros aspectos, un cierto grupo de palabras y formas de comunicación. Y el desafiar cualquiera de ambas, representa un pecado grave hacia los nuestros y hacia uno mismo, donde incluso usar una sola palabra fuera del léxico que ya tenemos aprobado y ensayado resultaría en una vergüenza re grave. Aunque a Malcolm le valió una propuesta interesante la proverbial bola ocho.

Querido lector, sirvan estas breves letras como aperitivo e invitarlo a probar platillos nuevos también en el ámbito cultural, atrévase a ver esa película, a leer ese libro, escuchar otra música, platicar con ese compañero con el que parece no tener nada en común, consuma noticias en otros medios (Chumel no se pondrá celoso) atrévase, ergo use orgulloso y desinteresado esa palabra que allí aprendió. Repita esta receta diariamente “El mejor día es en el que el alma tiene hambre y sed.” Como dice M. De O. Llene su boca de nuevos sabores y más palabras, fortalecerá su criterio y le hará oírse más chido.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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