Cosas que le pasan a uno: Apropiaciones y comillas

Por Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

Desvaríos que uno tiene y no le gusta compartir con nadie. Cavilaciones de oreja a oreja, pequeñas controversias que no llegan a ser palabra. Energía contenida que nunca se transforma: eso mismo ha sido hasta ahora, la mnemónica tarea de pensar en los lugares que ya no son lugares, que ya no existen más. Ya lo escribió Guillermo Fadanelli, “la memoria no evoca sentimientos precisos, sino emociones intangibles” y -esto ya lo digo yo- lidiar con cosas que no pueden medirse, como las emociones intangibles, es la muerte para un nativo imberbe del capitalismo como yo.

Pero aprovechando el viaje, y antes de seguir con eso de los lugares que ya no son lugares, ahora que recurrí a Fadanelli en el párrafo anterior, me puse a pensar en el desgraciado y prematuro desenlace que tuvo la carrera de Sealtiel Alatriste. Ese escritor y editor mexicano cuyo apellido, Arturo Pérez-Reverte utilizó para bautizar al personaje que le ha dado para pagar la renta por muchos años, renunció en 2012 al Premio Xavier Villaurrutia después de que el escritor Guillermo Sheridan pusiera en evidencia que había plagiado hasta su acta de nacimiento.

Qué tentador es olvidarse, por ejemplo, de entrecomillar las palabras de Guillermo Fadanelli en el primer párrafo de esta columna; qué tentador es hacer propias las cosas que a uno le hubiera encantado escribir; cómo, de un mínimo signo ortográfico, depende la reputación de alguien que pretende vivir de la escritura y la imaginación.

Pero el señor de triste nombre, como le llamó Teófilo Huerta, “cometió el error” de plagiar nomás tantitas columnas, como quinientas, y además tuvo el descaro de publicarlas en la revista de la UNAM.

Pero bueno, ya que estamos entrados en gastos, Arturo Pérez-Reverte (quien se vanagloria de haber sido corresponsal de guerra) se vio también envuelto en un plato del mismo mole: copió, literal y descaradamente, “Historia de Sami”, un artículo publicado en 1997 por la escritora mexicana Verónica Murguía. “Un chucho mejicano” fue el título que el español le dio a “su historia”, misma que aparecía en El Semanal un año después que la de Murguía.

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Y nadie se hubiera dado cuenta que Pérez-Reverte tomó tantito prestado si no hubiera sido porque en 2014, (dos años después de las acusaciones contra Sealtiel Alatriste) el artículo en mención fue incluido en “Perros e hijos de perra”, una compilación de historias cortas firmado por el autor de “Hombres buenos”. Pero pues sí, lo cacharon, y la escritora mexicana solo pidió que Pérez-Reverte se disculpara públicamente. Al final, quien ocupa la “silla T” (de timador, será) en la Real Academia de la Lengua Española,  lo hizo a regañadientes.

Pero ahí no acaba todo. No. Lo mejor de esta historia es que Arturo Pérez-Reverte, que copió hasta las comas y puntos de Murguía, alegó que esa historia se la había contado un amigo, y que él solo la había reproducido fielmente. ¿Saben quién fue ese amigo?  Sí, señoras y señores: Sealtiel Alatriste.

De plagios no acabaríamos nunca. Podría seguir con Lupita Loaeza y su predilección por Wikipedia, pero ya no vale la pena, ella sí puede romperme el corazón.

Pero lo que me trajo hasta aquí no fue el plagio, ni las comillas, sino la memoria, mis pequeñas controversias, esas que me atacan cuando me paro en un lugar que ya no es lugar, que ya no existe más:

Hace dos días fui a una superfarmacia (qué ganas de etiquetarlo todo), buscaba una pasta de dientes, la que M dice que no me pudrirá los dientes eventualmente. Mientras buscaba el pasillo correspondiente, fui consciente de que en ese lugar, donde estaba parado, mucho tiempo antes de que hubiera una superfarmacia, pasé tardes enteras acompañando a mi madre a escoger plantas y flores para el jardín de la casa. “El caminero”, le llamaba ella, un invernadero al que me encantaba ir solo para jugar en un pequeño lago artificial que estaba repleto de peces chinos, mientras mamá, con visera y todo, decidía qué flores llevar.

Ahí parado, en el pasillo de los enjuagues bucales, fui víctima de una de las emociones intangibles que dice Fadanelli. El invernadero ya no existe más. Mi madre, con visera, ya no existe más. El tiempo nos arrebata silenciosamente nuestros lugares más queridos. Cuando menos te das cuenta, en esta ciudad, en este país, en este mundo, un lugar lleno de peces, palmeras, violetas y azaleas, se convierte en una superfarmacia.

Desde hace dos días no he dejado de pensar en todos los lugares que ya no existen, los que ya no son. Y mientras ordeno mi cabeza para escribir más del tema, me remito a Benedetti para dar fin a este escrito: “El olvido está lleno de memoria”, así, entrecomillado, no vaya a ser.  

Posdata: El uso excesivo de comillas también es considerado plagio. Un plagio con y para uno mismo. Saludos desde este Planeta.

 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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