Cosas que le pasan a uno: El hielo de cada mañana  

Por Pablo Íñigo Argüelles / @piaa11

Los barrios de nuestra querida ciudad tienen características intransferibles. Cada uno tiene lo suyo. Por ejemplo, El Parral tiene su ya famosísima e internacional miscelánea “Cuándo le dirás lo que sientes”; El Carmen –que me ve despertar cada mañana- cuenta con dos o tres “restaurantes familiares” de misteriosas puertas plegables. La Soledad tiene sus luchas; Santiago, sus vulcanizadoras que por las noches rectifican su giro y se transforman en suntuosas taquerías (véase 21 sur esquina con 19 poniente). Incluso, los barrios que no son barrios, aunque a las revistas de moda locales les encante nombrarlos tal, tienen lo suyo: Los Sapos tiene su pintoresco callejón y su mercadillo de anticuarios, y el del Artista pues, sus artistas de bufanda y boina, aunque lo más curioso es sin duda la silla gigante que adorna por fuera al Café Amparo.   

Al otro lado del río*, las calles de piedra del barrio de Analco nos regalan una vista peculiar de la parte trasera de la Catedral. El Alto tiene sus mariachis nocturnos, esos que recargados en fachadas con un tobillo arriba, ofrecen sus servicios musicales al transeúnte, y cuándo éste acepta -puede no hacerlo- el resto del conjunto emerge desde la penumbra para romper el silencio de la noche y ayudar al interesado a cumplir su(s) cometido(s), ya sea in situ o a domicilio previo pago. 

Los Remedios guarda en su templo, además de historias poco conocidas sobre la no intervención, al Cristo baleado, que al paso que vamos podría ser el patrono de la ciudad. La Luz tiene al mejor sastre de la ciudad, quien no se anuncia, pero ejerce al interior de una vecindad que en lugar de puertas tiene cortinas; también, más arribita, encontramos cemitas de verdad en el mercado de la Acocota. 

Y así la lista podría seguir infinitamente si nombráramos las singularidades de cada uno de los barrios. Podríamos ir de un lado a otro hablando de glorias pasadas, tortas monumentales y edificios encantados que han resistido terremotos y tormentas. Pero también, en mi calidad de flâneur matutino, he encontrado a esa sola característica que todos los barrios comparten. Hablo del hielo de cada mañana, ese que aparece diariamente en las esquinas como por obra de un hada madrina.  

Debe ser muy temprano y no importa si es diciembre o mediados de julio. El hielo de cada mañana aparece sin falta, en las esquinas de las calles aún sin vida. El hada del hielo, quien según cuentan viaja en un triciclo tamalero, desde las cinco de la madrugada va recorriendo desde su fábrica la ruta habitual, dejando los gélidos y pesados cubos a la puerta del local del comerciante que, por medio de un acto de fe, ha depositado su confianza en un misterioso ser que pocas veces verá.

Son las siete de la mañana. El juguero, el taquero, la memelera, llegan al lugar donde despachan y ahí está, aventado, bien puesto, en dos pedazos, pero siempre ahí, el hielo que cuando sea triturado su destino serán vasos de jugos varios o una tina de plástico enfriando una coca de vidrio para el que no le gusta al tiempo. No importa si es San José, San Miguelito, San Antonio, tampoco si un día antes ha temblado: el hielo de cada mañana estará siempre ahí. 

Ahora que caminen temprano, pongan más atención a las esquinas y banquetas. Yo lo haré también, a ver si un día se me hace ver al hada del hielo.

*Escribí “al otro lado del río” aunque desde hace cincuenta y cuatro años haya en su lugar un horrendo boulevard. Ya ven, las geografías alteran también nuestra forma de escribir, y aunque lo correcto sea “al otro lado del boulevard”, mantendré lo dicho, porque contrario al Río San Francisco, la imaginación no puede ser entubada.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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