Cosas que le pasan a uno: Apuntes sobre la inspiración

Por Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

No es lo mismo que te inviten a los tacos a que te inciten a los tacos. En tiempos de régimen alimenticio -tan régimen que hasta parece dictadura- una simple invitación a tomar una cervecita o a engullirse unos taquitos, se convierte en una cruel y desalmada incitación. Pero hablar de antojos es una tortura, y no pretendo cada jueves desahogar aquí mis penas. Así que a lo que estamos:

La inspiración es una musa sobrevalorada. Alguien no se despertó un día y se dijo así mismo “hoy me siento inspirado, voy a inventar un idioma”; Nina Simone no se sentó al filo de la cama una mañana y dijo “hoy quiero tocar el piano como nunca nadie lo ha hecho”, pero a los entusiastas de la inspiración les encanta vender historias de esas. En estos días me ha sido imposible armar una sola frase. La semana ha sido de esas en las que leer, más que animar al lenguaje, enreda la mente, y he concluido que la inspiración o iluminación, como quieran llamarle, no existe, no hay tal cosa, porque hoy intenté acudir a ella y lo único que conseguí fue un portazo en la cara.

Entonces regresé a mis libretas que por años he llenado a ver si me encontraba  con algo interesante que pudiera inspirarme, pero en lugar de encontrar una respuesta, me vi inmerso en un viaje de ida y vuelta. Mis libretas no son diarios ni mucho menos, solo una suerte de bitácoras acompañantes que contienen desde teléfonos y listas del súper hasta apuntes de viaje, ideas, versos malogrados, nombres de personas que ya no existen, pendientes cumplidos e incumplidos, nombres de canciones que nunca he escuchado y títulos de libros que nunca leí, hojas arrancadas que sacaron del apuro y sueños, muchos sueños resumidos.

Y es que uno no recurre a sus apuntes, mucho menos consulta sus diarios. Uno regresa a sus libretas, va a sus escritos. Las palabras que escribimos son un lugar. Las olvidamos un rato y  cuando vamos a ellas lo hacemos con ese siempre temido dolor al regreso. Aunque también hay que decir que puede ser desagradable, porque puede resultar incómodo ver lo que pensábamos y cómo lo escribíamos hace dos o tres o siete años. Supongo que es lo más cercano a ese momento repulsivo en que escuchamos nuestra voz grabada por primera vez.

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Pero fuera del malestar que significa vernos en el espejo del pasado, en las cosas que hemos hecho, dicho o escrito, encontramos la tan codiciada inspiración para seguir adelante siempre. Las inspiración no es una cosa mágica que viene en forma de brisa. Cuando Bob Dylan dijo que la respuesta estaba en el viento, no se refería a eso. Creo que uno de nuestros más grandes errores es dar por hecho que las cosas aparecen de la noche a la mañana, que se hacen solitas, o peor aún, que siempre, desde el principio de los tiempos han estado ahí.

Frank Sinatra no se hizo en un día, Roma tampoco, mucho menos los tacos Cambri. Acudir a los apuntes del pasado nos da una muy buena idea de lo que fuimos, de lo que un día aspiramos ser, pero sobre todo de quienes somos ahora. Al buscar en mis apuntes me encontré con ideas y cosas y valiosísimas que, según recuerdo hoy, escribí en momentos en donde dudaba si valía la pena apuntar dichas cosas, o incluso cargar con una libretita y una pluma a todos lados. Por ejemplo, encontré lo siguiente, con letra casi ilegible, en la que llevaba cuando asistí a un congreso en Cuba en 2015:

Luis Alberto Coss vivió en Nueva York en el mismo edificio que yo cuando tenía mi edad, estudió cine y conoció a mi vecino, pero veinte años antes”.

Si no la hubiera escrito, jamás hubiera recordado ese misterioso encuentro en el comedor del Palacio de Convenciones de La Habana, que relaté apresurado en mi pequeña libreta mientras el señor Coss me comentaba impresionado que ni Cuba se salvaba de las coincidencias neoyorquinas. Yo también viví en ese edificio, acudí a un curso de cine y conocí a nuestro vecino, solo que veinte años después.

La inspiración no llega un día. La inspiración la vamos construyendo, incluso en los días en los que queremos tirarlo todo y escapar. Nada es sólo magia. Solo basta una nota, una sola palabra escrita para regresar a los lugares que más hemos querido y entonces, ahora sí, empezar la historia.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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