Democracia mexicana, una mentira común

Por Abayubá Duché / @AbayubaDuche

No cabe duda que la transición partidista del 2000 fue un parte aguas en el sistema político mexicano. El terreno electoral cambió drásticamente. El partido único ahora tenía que competir, aunque siguiera estando en ventaja. Pero decir que hubo un cambio de régimen no significa que el nuevo sea democrático.

La doctrina Woldenberg asegura que México pasó de un sistema autoritario a uno democrático. Y si bien hace críticas al nuevo régimen, lo defiende como el gran logro generacional de los noventa.

Pero por linda que suene la fantasía democratizadora, el día a día parece mostrar una realidad muy diferente. Ya Ricardo Raphael definió a este nuevo sistema de vida “El mirreynato”, debido al conjunto de prácticas, comportamientos y valores establecidos como deseados en la sociedad y que benefician a los denominados mirreyes, estos “juniors” con un amor extremo por la ostentación y el clasismo que financian sus lujos a través del saqueo del Estado, que es posible gracias a las conexiones que han heredado.

Cualquier teórico de la democracia sabe que para bautizar a un Estado como democrático hay al menos 4 características que este debe tener:

1.- Estado de derecho, que las leyes sean igual para todos. Según el Índice Global de Impunidad, México tiene un 99% de impunidad y el 80% de esta es impunidad por clase, es decir de cuello blanco, de políticos y empresarios que están por encima de la ley.

2.- Gobierno de la mayoría, que sean las franjas más amplias de la población las que encabecen el gobierno. En todo el siglo XXI México no ha tenido un solo presidente que haya obtenido al menos el 50% de los votos válidos emitidos. Es decir que los gobiernos son puestos por minorías movilizadas por grupos de poder que suelen parecerse mucho. Todos tienen mucho dinero para comprar votos, todos buscan el poder para multiplicar exponencialmente su riqueza y todos buscan mantener el status quo.

3.- Protección de las minorías, que los grupos menos representados tengan sus derechos protegidos a toda costa. En nuestro país, los grupos con alguna discapacidad o los que pelean por sus derechos identitarios son aplastados, peor aún, las mayorías son pisoteadas. Más de 50 millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza y otro 30% apenas arriba.

4.- Pesos y contrapesos, que nadie ejerza el poder absoluto. Tristemente, en este país las 3 mil familias más ricas ganan 84 mil pesos al día, mientras que 3 millones de familias ganan 100 pesos diarios. Ese nivel de desigualdad permite que sean los mismos quiénes controlan el sistema político y económico.

Es decir que este modelo parece más una aristocracia rapaz que una democracia constitucional. De hecho, me atrevo a decir que el sistema de vida mexicano es una cleptocracia, un régimen basado en el robo sistemático del Estado. Se roba para llegar al poder, se roba para gobernar, se roba para perpetuarse en el poder, se roba para promover el poder. Se roba y se roba. Y las elecciones, esas en las que hay niveles de abstencionismo superiores al 60%, son el elemento legitimador del saqueo. A pesar de lo evidente que esto pueda parecer, hay quienes siguen balbuceando que la democracia existe y se ejerce en México.

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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