Nacos, nacadas y mexicanadas

Por Abayubá Duché / @AbayubáDuche

Las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo XX se dedicaron en cierta medida a luchar por derechos políticos, económicos y sociales de las minorías marginadas. Las mujeres lograron el derecho a votar, los afrodescendientes lucharon por sueldos iguales a los de los blancos y los más rezagados económicamente consiguieron incluirse en el sector educativo. Poco más de medio siglo después, cuando uno supondría que los sistemas democráticos ya deberían haber propiciado la existencia de sociedades tolerantes y respetuosas de las minorías, vemos que la tarea aún no está, ni de cerca, terminada.

Hace un par de días, durante una reunión informal, uno de los asistentes propuso hablar sobre el futuro que le depara a México tras la victoria de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). En un grupo políticamente heterogéneo como aquel, resultaba normal que existieran puntos encontrados que motivaron discusiones acaloradas pero todavía amables, hasta que uno de los presentes, visiblemente molesto por la victoria de AMLO dijo: los estadounidenses tienen a Trump, un presidente racista, porque son racistas. Los mexicanos tendrán a un naco de presidente porque son nacos. La expresión me causó preguntas inmediatas. Primero, ¿A qué le llama naco, cuáles son las características de una persona naca? ¿Por qué este sujeto, al referirse a los mexicanos como nacos se excluye de la nación? Y en todo caso ¿Cuál sería el infortunio de tener a un presidente naco?

Algunos creen que el término proviene de la mezcla de “nacido” y “corriente”, otros que fue una deformación de la expresión británica del siglo XIX: “not cool” e incluso hay quien asegura que los sonorenses le llamaban Nacozari a los lugares con nopales y nacos a los que vivían con ellos. Pero escudriñar el origen de la palabra no es el objetivo que se persigue aquí; la expresión naco nunca posee una connotación positiva, todo lo contrario, busca reprobar una forma de hablar, de vestir, de comer o de viajar que es considerada ordinaria y por tanto despreciable. Es un naco el que no viste bajo los cánones de la clase dominante, aquel que al hablar sustrae letras de una palabra, es decir que en lugar de pronunciar “ahora” dice “ora”.

Repetidamente se entiende que naco es quien se traslada diariamente en transporte público y no en un auto personal que lo diferencie de la gran mayoría de los mexicanos. La palabra naco está profundamente cargada de clasismo y, a dolor de muchos, de racismo. Aquel que quiera desmarcarse de la etiqueta “naco”, a menudo se ve presionado para obtener recursos que le permitan vivir como casi nadie vive en este país. Es decir distanciarse de la mayoría mostrando marcadores sociales como un auto, ropa costosa o un gasto elevado que reafirme su posición en el edificio social mexicano. Pero además del dinero, las características físicas son potentes marcadores. Es más común asociar a una persona morena con cabello obscuro y rasgos indígenas o mestizos con el concepto de naco, que a una de cabello claro, piel blanca y ojos verdes.

Lo curioso y doloroso es que bajo esta construcción del término naco, la gran mayoría de la población encajaría en esa categoría. En un país en el que ocho de cada diez personas no posee un auto, 25 millones vive con un salario igual o menor a cinco mil pesos mensuales (que no permite comprar lujos que sirvan como marcadores sociales ascendentes) y en el que las raíces históricas moldearon a personas de piel cobriza; tiene sentido la afirmación del sujeto que con una palabra definió a todo un pueblo.

Me pregunté, ¿Entonces López Obrador encaja con el concepto de naco porque es moreno, repite un discurso de austeridad republicana y no muestra (aunque definitivamente posee) marcadores sociales que lo hagan ver alejado de la mayoría?

El tema no es si AMLO será o no un buen gobernante por su liderazgo, proyecto político y equipo del que se ha rodeado (en eso cada quién tendrá su legítima opinión), sino que el próximo presidente sea demeritado por el hecho de lucir como luce la mayoría.

Algo que no se puede pasar desapercibido, es que a menudo quien desprecia al naco encaja con la construcción popular de este. La palabra naco la ocupa igual la élite económica que los grupos más marginados. Cada quien denigra en su medio. Es por eso que este individuo anti-López Obrador se desmarcó, no sólo de la categoría de naco, sino también de mexicano, al asumir que por su tipo de vida, la mayoría de los mexicanos son nacos.

En este sentido, si México tuviera un presidente naco ¿cuál sería el infortunio?, ¿acaso el presidente debe, en todo momento, lucir como la clase que se percibe como dominante?, las democracias surgieron para reemplazar a las monarquías, para impedir que el poder se transfiera por sangre y mejor se obtenga por sufragio. Aún así, todavía permanecen esas aspiraciones cortesanas. Quizá por eso la ofensa “naco”, con contenido tan denostativo, es aceptada. Difícilmente se reprueba a quien ofende con esta palabra porque en el fondo existe la creencia de que uno no es naco y si lo es, puede dejar de serlo si la vida le da tiempo para comprar suficientes marcadores sociales. Por tanto, el presidente debe representar la aspiración y no la realidad. Cuántas veces se repite en los círculos de quienes más desprecian la categoría de naco, comentarios como “qué oso ver a AMLO en la ONU”, “Qué vergüenza que el presidente de México viaje en vuelo comercial”.

Al parecer nos da vergüenza que el mundo conozca al México común, al de morenos que viven sin privilegios.

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