Antes del diluvio: Fluyan mis lágrimas

Por Mario Galeana / @MarioGaleana_

Jason Taverner es presentador de un programa con una audiencia de 30 millones de personas, hasta que una mañana despierta en un hotel muy cutre sin nada más que un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón. Es un tipo guapo, medio dandi, que resulta muy hábil para escudriñar la naturaleza del resto de las personas, para entenderlas y manipularlas, porque es un seis, es decir, un tipo mejorado tanto física como mentalmente. Pero ni siquiera un seis como él es capaz de entender por qué ninguno de esos 30 millones de televidentes lo recuerda, ni por qué una mañana cualquiera desaparece en todo el mundo cualquier registro sobre su existencia. Simplemente Jason Taverner nunca nació; no ha vivido; no existe. Salir a la calle se convierte casi en una misión suicida para él, porque la sociedad acaba de reajustarse tras una guerra civil fallida impulsada desde las universidades, y, ahora, cualquiera que no porte un carné de identidad es considerado un universitario –un rebelde– y enviado a los campos de trabajos forzados de Marte.

Así despegan las primeras páginas de la novela Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974) de Philip K. Dick. Esta es, valga la aclaración, la primera novela que leo de Dick, por lo que el lector no hallará en esta entrada la reseña de alguien experimentado en la obra y el estilo del autor. Esta columna debe ser tomada más bien como el consejo de alguien que metió la mano en el fuego y sintió un chispazo potentísimo, o como una invitación para atisbar la ventana de una casa en la que ocurren cosas fantásticas, únicas. A mí nunca me atrajo demasiado la ciencia ficción. El género ha tenido más éxito en las salas de cine que en las librerías –casi todos hemos visto Blade Runner, pero menos han leído la novela en la que está basada, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?–. En 1977, cinco años antes de su muerte, Dick se consideraba ya un autor muy conocido en Estados Unidos (y más en Europa) que vendía al menos 300 mil copias de sus libros, mientras que el resto de sus contemporáneos de ciencia ficción no superaban la venta de 50 mil copias.

Yo di el paso al leer un artículo de José Agustín publicado en Confabulario en 2007. (Ya lo ha dicho Villoro: si José Agustín recibiera regalías por todos los libros a los que nos ha conducido, seguramente nadaría en una alberca llena de billetes, o algo así). José Agustín asegura que en la obra de Dick “la fachada atrae, incluso impacta, pero lo decisivo nunca es visible. En el fondo, su gran tema es la exploración del alma, lo humano, lo real y lo desconocido. Dick iba y venía de la locura, constituía un caso borderline que vivía entre conflictos reales y virtuales con las mujeres, las drogas y las autoridades”.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía es precisamente eso: una aguda reflexión sobre la existencia humana. Sobre el orden y el poder. Sobre la droga y los arquetipos. La historia está ambientada en Los Ángeles, una ciudad cohabitada por telépatas y humanoides; los personajes que deambulan por la novela a menudo viven situaciones esquizofrénicas, están cegados por el solipsismo o atados a relaciones incestuosas que los llevan al borde de sí mismos. “El sufrimiento hace que uno se abandone a sí mismo”, le explica una mujer a Jason Taverner. “Uno sale fuera de su estrecho y pequeño pellejo, y uno no puede sufrir a menos que antes haya amado… el sufrimiento es el resultado final del amor (…) es su ciclo completado: amar, perder, sufrir, marcharse, y luego amar de nuevo. El sufrimiento es un darse cuenta de que uno tendrá que estar solo, y que no hay nada más allá, porque el estar solo es el destino final y definitivo de cada ser vivo individual. Eso es lo que es la muerte: la gran soledad”.

La gran explicación del ser que tiende Dick se desarrolla a la par de la historia, que lleva al lector a conjeturar distintas teorías sobre la desaparición de Jason Taverner en todos los registros de nacimiento. En algún momento, la novela empuja al lector a pensar que todo ha sido una gran farsa, una alucinación producida por una sustancia psicoactiva: “Tal vez sólo sea uno más de una multitud de personas que viven vidas sintéticas de popularidad, dinero, poder, gracias a una cápsula –se dice Taverner–. Mientras que en realidad viven en sucias habitaciones llenas de bichos de viejos hoteles. La hez de la sociedad. Chusma, don nadies. Que no valen nada. Pero que, mientras tanto, sueñan”. Pero la explicación es más compleja, y no pretendo arruinarla en este post.

Al terminar Fluyan mis lágrimas, dijo el policía quedé prendido al estilo de Dick, a su universo. Algún tiempo había pasado sin que una novela me mantuviera agazapado durante la tarde y la noche. Puedo entender por qué Carrére definía por la década de los 70 a Philip K. Dick como el Dostoievski de aquel tiempo, “es decir, para ser breve, el hombre que lo había entendido todo”. El autor tiene una historia que bien puede ser considerada más intensa que la de los poetas beat: casi una década antes de su muerte, Dick ya creía que era poseso por Dios, por extraterrestres o por científicos soviéticos; aseguraba que había tardes en las que creía ser dueño de conocimientos que databan de más de dos mil años o que de plano “no había nada que pareciese ignorar”. Pasó los últimos años de su vida convencido de que era un profeta, de que en algún rincón del universo toda su obra literaria era verdad: ocurría.

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