A dónde llevan los trenes

Por Pablo Argüelles / @Piaa11

Quién sabe qué tienen los trenes que son tan místicos. Uno se monta en ellos y confía en el destino, aunque no haya nada, salvo la pantalla de horarios, que nos garantice siquiera que ese tren es nuestro verdadero tren.

Un mecánico en Honduras se monta una noche sin viento y espera a que ese monstruo que bufa lo deposite en otra realidad, una muy diferente; un banquero en Grand Central toma el tren de las 19:09 para ir a White Plains y encontrarse con su amante; un estudiante de intercambio se sube al vagón en la Gare de Saint-Lazare sin saber lo que le espera su tiempo en Normandía; una madre se monta en Atocha y antes de que el tren deje la estación, un estallido le apaga los ojos.

Los trenes son tal vez la última experiencia épica que nos queda. Una experiencia sin el aburrimiento de la perfección, una que ofrece todavía intrigas y esa encantadora sensación de estar desafiando las leyes de la física: afuera todo pasa rápido mientras que adentro todo se congela. Es, me atrevería a decir, una aventura bíblica, un viaje tan solo comparable con la ininteligible hazaña de caminar cuarenta años a través  del desierto.

Ya sea el vagón del metro londinense o la línea ferroviaria de Amtrak que une toda la Costa Este, subirse a un tren es un acto de fe: pocas veces sabemos quién es el conductor. En muchas ocasiones, sobre todo en viajes de metro en Nueva York, he imaginado que el conductor o ingeniero -como se ha perdido la costumbre de llamarlos- es de tal o cual forma, de este u otro color. Cuando bajo y puedo alcanzar a verlos, me he llevado sorpresas. Son mujeres u hombres pequeños con aspecto de niños de ojos rasgados, u hombres negros inmensos y barbones que tienen aretes. El tren es un vehículo conducido por un ser anónimo y extraño, siguiendo una vía que pocas veces llegaremos a ver en movimiento.

En el imaginario colectivo los trenes han sido históricamente vehículos que conducen a un lugar desconocido en donde la libertad se encuentra. En el siglo XIX el Underground Railroad, o Ferrocarril Subterráneo, fue un proyecto clandestino diseñado por una red de civiles que se organizó para ayudar a los negros esclavos de las plantaciones del sur a llegar al norte. Utilizaban el argot ferroviario como metáforas y claves para no ser descubiertos. Las estaciones eran los refugios en donde podían pasar la noche. Las vías eran los caminos por los que no serían interceptados. Gracias a ese tren, la migración al norte, a ciudades como Nueva York y Chicago, permitieron movimientos culturales y artísticos tan grandiosos como el Renacimiento de Harlem.

Pero también, en la cultura popular, recordamos los trenes como vehículos agridulces, cuyas vías no siempre nos han llevado a donde vive la tan buscada libertad. En 1968 Robert Kennedy fue asesinado en Los Ángeles por un Palestino amnésico llamado Sirhan Sirhan y su majestuoso funeral fue llevado a cabo en la Catedral de San Patricio, en el centro de Manhattan. Para llevar el féretro de Nueva York a Washington, donde sería enterrado, se adaptaron varios vagones de un tren. En uno de ellos, el ataúd de Bobby, lucía suspendido para que todas las personas que se congregaran al rededor de las vías en su camino a la capital del país, pudieran observarlo. La verdadera hazaña la hizo el fotógrafo Paul Fusco, quien encomendado por su jefe para documentar el evento, se vio montado en el tren con treinta carretes de Kodachrome. Lo que vería al paso del tren a través del camino a D.C., sería el trabajo que más le influyó en su carrera. Monjas, niños, hombres, blancos, negros; más de un millón de personas, según los historiadores, se congregaron en las vías para despedirse del hombre que pudo haber derrotado a Richard Nixon.

Los trenes se suspenden en formas literarias y musicales. Hay muchas. Desde el Oriente Express de Agatha Christie hasta el Love Train de los O’Jays o el tren de media noche de Gladys Knight & The Pips. Pero sin duda, y ahora que pensamos en los tiempos en los que Bobby Kennedy fue asesinado, la mejor canción sobre un tren es de Cat Stevens: Peace Train. La escribió pensando en una trama de Alfred Hitchcock en 1971, en plena Guerra de Vietnam, y habla, exactamente, sobre un tren como recurso metafórico que nos lleva a alguna parte, a la que sea, pero no a estos tiempos de guerra y odio.

Son las tres de la mañana. El sonido de un tren me despierta. Es increíble, parece como si pasara detrás de mi casa, pero no, está pasando a más de tres kilómetros de donde estoy. La noche y sus misterios hacen que el sonido del silbato se escabulla hasta mi cama. Pienso en los aviones que vemos pasar arriba de nosotros, se ven tan pequeños desde donde estamos. Así como cuando los veo, escuchar un tren a la distancia, solo me puede hacer pensar: ¿a dónde van los trenes que bufan en la noche?

Fotografía de portada: Paul Fusco

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