Manatí

Contar los hilos rotos

Pablo Íñigo Argüelles | @piaa11 

La realidad se sostiene de hilos, unos hilos finísimos, invisibles para el ojo humano; unos hilos tensos, tanto que nunca se mueven y que al mínimo roce de luz destellan igualando al hielo.

   Los hilos sostienen lo que llamamos cotidiano: unos pies andando, la palabra escrita, el libro abierto, el tránsito de coches, el girar de un disco, una manzana que rueda; hilos, todo es hilos, entrelazándose dentro en una nada, sosteniendo lo que podríamos llamar el ritmo de todas las cosas.

   Pero, como todo, esos hilos también se rompen, revientan, perdiéndose la sucesión de eventos; el hilo conductor que alza el brazo, que mueve la boca, se rompe sin más, entonces la realidad queda a merced de los torpes impulsos del hombre, es ahí cuando se mata, cuando se hiere, cuando el hombre llora, cuando el hombre se reúne con sus más oscuros demonios: ahí es cuando revientan los hilos.

   En su libro más reciente, Mario Galeana está ahí para relatar la exactitud del momento en que los hilos ceden ante la tensión, para contarnos qué pasa con la realidad de un hombre cuya voluntad no se sostiene más por el cáñamo iridiscente, y actúa entonces con la inercia que solo pueden traer consigo la maldad y los demonios más oscuros que hay dentro de él.

   “No hay que hablar del silencio”, el compendio de diez historias cortas publicado recientemente por el Fondo Editorial ITAM, trae consigo los párrafos que narran lo más vil del actuar humano, pero también, la normalidad de un mundo anegado de demonios.

   En un viaje a través de la condición humana, Galeana nos lleva a conocer, con una prosa envidiable, el devenir del sinrazón, el devenir del loco, las represiones, sublimaciones, las dualidades.

   A través de cada una de las historias, Galeana va recogiendo los hilos rotos que representan cada historia.

¿Qué queda al final?: un monstruo hecho de hilos, un monstruo de nosotros mismos.

   Galeana, quien se ha desempeñado como reportero y periodista desde hace varios años, hace uso de una prosa brutal en la que lo mismo encontramos a Gay Talese en las profundidades de unos pasillos lúgubres de buen café internet con olor a desinfectante que llevan a las profundidades del ser, que a Rulfo, en el crepitar de las láminas al borde del quiebre; lo mismo encontramos al Perseguidor de Cortázar en el cuento que da título al libro, que a Hunter Thompson en Velar al padre; Galeana utiliza su prosa para romper su propio hilo y soltar la mano que ilustrará, mitad gonzo, mitad ficción, los relatos en los que inevitablemente uno terminará por encontrarse.

   Pero sin duda el logro más grande de Galeana con su No hay que hablar del silencio, es el que se encuentra a manera de código secreto en el epígrafe de la obra, mismo que el autor ha tomado desde hace tiempo, también, como filosofía de vida: Los tigres que acechan nos mantienen vivos, de la periodista argentina Leila Guerriero.

   No es coincidencia que Galeana haya elegido contundente frase de una periodista que ha demostrado y defendido que el periodismo puede también ser una forma de arte, pues detrás de este libro y en el propio autor, hay una crónica fiel de los monstruos cotidianos que no podrían ser contados sin la pluma periodística del que vuelve a su prosa una obra de arte.

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