Manatí

Un nombre y miles de desaparecidas

DANIELA HERNÁNDEZ | @DanHdezSa

Procuro no acumular muchas cosas, ya saben, por eso del desapego. Pero si de entre mis pertenencias tuviese que elegir una favorita, seguro escogería mi nombre. A pesar de las formas abreviadas con las que cariñosamente algunas personas me llaman, mi apelativo se ha mantenido intacto y debo confesar que, si hay algo que aprecio, es la permanencia. Apruebo pues la decisión de mis padres, eligieron un buen título para mi vida: Daniela. 

No es un nombre original, lo acepto. Siempre lo compartí con al menos otras dos personas en mis salones de clases y con otras tantas en las reuniones y demás coincidencias. Sin embargo, hace unos días lo leí en un sitio donde jamás habría querido encontrarlo: en un anuncio de “Se busca”.

En mi mente ya había pasado otras veces. En un país en el que a diario desaparecen, se desaparece a numerosas mujeres, una siempre se cuestiona si alguna vez va a protagonizar los anuncios que están pegados en los postes o colgados en el internet. Saliendo de mi casa por las mañanas o regresando a ella después de la jornada, me he preguntado cuál foto elegiría mi madre para reclamarme si un día ya no volviera.  

Leer que se busca a Daniela, —desaparecida desde hace ya unos días— me revolvió el estómago. Porque, aunque no sea yo aquella que hace falta, hay una familia y unos amigos que buscan a la suya. Porque no es la única mujer a la que esperan ansiosamente en su hogar.  Porque además del nombre, comparto con ella otras tantas cosas; el derecho a la vida, a un mañana, a la posibilidad de hacer realidad los sueños.

Observé la foto. Daniela y yo, tenemos diferente apellido, pero el mismo color de ojos, el mismo tipo de labios y la altura se nos diferencia apenas por un par de centímetros. Solo que yo estoy en mi casa, con los míos y de ella nada más tenemos una fotografía que se deslava con el paso de los días y con la caída de una lluvia que, al igual que el crimen organizado, no tiene piedad con nosotras.  

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Despertar todos los días y descubrir que falta una mujer más o una niña más es apabullante, desgastante, impresionante, terrorífico, frustrante, absurdo, injusto, extenuante, desgarrador, atroz.

Nos hemos convertido en un México en el que las familias preguntan por sus hijas mientras que los criminales, cobijados por todas las posibilidades que un sistema impune, machista y corrupto les otorga, silencian cualquier respuesta. Como a Itzel Nohemí, como a Lesby y como a miles de otras a Daniela también la callan. Lo peor de todo es que el Estado tampoco contesta. Las autoridades voltean los ojos, convirtiéndose, hay que decirlo fuerte y claro: en cómplices de todas las ausencias. 

Y entre un gobierno inoperante, las sonrisas cínicas de los asesinos, los rezos, las suplicas y los llantos de los allegados de nuestras desaparecidas, la sociedad enumera las cosas que quienes aun corremos con suerte, debemos hacer —o evitar hacer— si no queremos ser la que sigue.

A veces me pregunto si todos estos consejos, bienintencionados por supuesto, no son una clara evidencia de que a diario somos menos libres. Pareciera que cada vez renunciamos más a vivir con tal de sobrevivir. Dejar de salir por las noches, evitar usar el transporte público, avisar en todo momento en donde nos encontramos, son solamente soluciones temporales. A veces ni siquiera alcanza con quedarnos dentro de nuestras propias casas porque también desde ahí nos llevan.

La sociedad se organiza en las calles con palas, lámparas y fotocopias, y en las redes sociales con shares y con cadenas.  Los Padres Nuestros y las buenas vibras también abundan, pero no podemos hacer el trabajo que le toca a aquellos por quienes votamos cuando prometieron que nos protegerían. 

Escribo esto porque estoy harta, porque estoy triste, porque estoy enojada. Y porque leí la fatídica noticia. Esa que desafortunadamente se está volviendo costumbre y que confirma lo peor. Daniela Ramírez ya no está desaparecida, pero tampoco está viva. Espero que pronto dejemos de cantarle al soldado que el cielo en cada hijo nos dio y empecemos a proteger a nuestras hijas, a nuestras hermanas, a nuestras madres.

Esto es un reclamo de Daniela Hernández Sánchez por la vida de Daniela Ramírez, por la de Mara Castilla, por la de Agnes Torres y por las de todas las otras mujeres a quienes ya no dejaron regresar a sus hogares. 

El Estado calla, pero tenemos que forzarlo a que abra la boca pues nos debe muchas verdades y muchas, muchas disculpas. ¡NI UNA MÁS! ¡VIVAS SE LAS LLEVARON, VIVAS LAS QUEREMOS! 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Daniela Hernández

Feminista interseccional, internacionalista, activista y politóloga en formación que funciona a base de café, fútbol, filosofía y disenso. También hace investigación sobre género, diversidad sexual y Estado de Derecho

7 opiniones

    • Hola, muchas gracias por darte el tiempo para leer mi columna y por dejarme este comentario. Desafortunadamente, la situación en el país es adversa y dolorosa.

      Saludos,

      Dan.

  • Dan siempre, siempre es un privilegio poder leerte. El mundo está de cabeza pero saber que existe gente como tú que levanta la voz y que es empática con el otro también da esperanza.

    ¡¡¡Te admiro mucho!!!

    • ¡Nat! Qué gusto saludarte y saber que me lees, gracias por tus palabras tan dulces como siempre. Personas como yo, se inspiran en personas como tú. La admiración es mutua, te mando un fuerte abrazo.

      Dan.