Manatí

DAN HERNÁNDEZ | @DanHdezSa

Soy una persona de rutinas y cotidianidades, de locaciones conocidas y de rostros familiares.  Tengo ciertas prendas favoritas que uso hasta que son todas pelusas e hilachos, escribo con mis bolígrafos preferidos y, por supuesto ─como buena cafeinómana─, también soy clienta asidua de las (mis) mismas cafeterías. En esos espacios que me sirven de oficina-salón de clases-consultorio para terapia, elijo siempre la misma mesa y también la misma silla. Hoy escribo desde el exacto sitio desde donde el viernes pasado trabajé por horas. A mi izquierda, está la barra repleta de personas que, a juzgar por su tecleo histérico, bien pueden estar planeando un golpe de Estado o escribiéndole una carta de amor a su ciber pareja. Además, está el menú luminoso que siempre observo con esfuerzo a la distancia, como si fuera a alcanzar a leer lo que reza o, más absurdo aún, como si fuese a elegir alguna otra bebida que no sea un espresso doble. 

Nada más me siento, desplego mi arsenal: cuaderno con papel para boceto que uso para escribir y no para dibujar, un bonche extra de hojas blancas, marca textos, audífonos que siempre uso, aunque no siempre escuche algo a través de sus bocinas y, si no me queda de otra, la computadora portátil.

Aquel viernes también vine y también me embarré el margen de mi palma derecha con la tinta que se corre cuando escribo más rápido y menos tangiblemente de lo que la hoja puede absorber; hice la misma ceremonia, pero alisté el escenario para diferentes actividades. Dosificar la atención entre preparar un taller próximo y dar seguimiento a la nueva misión que ocurre dentro del Congreso de Puebla, es especialmente retador cuando lo que se decide tiene que ver con el derecho a decidir sobre mi propio cuerpo, el matrimonio igualitario y unos representantes que no me representan. Seguí el minuto a minuto de la sesión con la misma pasión con la que vigilo a mi equipo favorito de fútbol cada que juega en la Liga de Campeones, solo que aquí no hay Messis ni goles, pero sí varios fueras de lugares y muchas, muchas faltas. Falta de representatividad, falta de sentido común, falta de respeto a los Derechos Humanos, falta, falta y ninguna expulsión.

Me parece ridículo que estando en pleno siglo XXI y teniendo celulares que son turbodupersúper inteligentes los cuales nos lanzan resultados sobre búsquedas que ni siquiera se nos han ocurrido hacer, estemos discutiendo la viabilidad y la conveniencia de reconocer los derechos de todas y todos. Ha cambiado la manera en la que asistimos a clases, trabajamos, viajamos, hacemos las compras, pero, al parecer, quienes nos gobiernan se niegan a reconocer que ahora también amamos y nos relacionamos de manera diferente. Y aunque personalmente tengo mis reservas (grandes) sobre lo que la institución del Matrimonio representa, reconozco la importancia que tiene el hecho de que todas las personas podamos acceder a ella, principalmente en un país donde la Seguridad Social está tan vinculada con la posibilidad de ser el marido y, sobre todo, la esposa de alguien. 

No pretendo casarme, pero quiero que el no hacerlo no dependa de que no puedo sino de que no quiero y sobre todo quiero que, quien se encuentra ante la ya de por sí miserable situación de tener que afrontar la muerte de su pareja, quien se debilita en la camilla de un hospital, pueda decidir lo que habrá de hacerse con el cuerpo del amor de su vida sin tener que escuchar que no puede opinar, porque legalmente las uniones entre personas del mismo sexo le reducen a la etiqueta de un mero conocido. 

Pienso en esto y en muchas pruebas más que demuestran que en México aún existe ciudadanía de segunda y hasta de tercera categoría, mientras escucho a través de los auriculares que las diputadas y los diputados se niegan a tan si quiera discutir las reformas para legalizar el matrimonio igualitario y la despenalización de la interrupción del embarazo. Se repite la pugna entre quienes se decantan por la construcción de una Puebla más inclusiva y quienes siguen con sus añejos, descontextualizados y discriminatorios pensamientos. El veredicto final y las víctimas se perpetúan: los miles y miles de mexicanas y mexicanos que, aunque no somos contabilizados en las cifras oficiales, existimos, resistimos y amamos desde los márgenes y hasta dentro. 

Busco bibliografía feminista mientras escucho que las comisiones de Procuración y Administración de Justicia e Igualdad de Género en el Congreso de Puebla se decantan por la no reflexión, por renunciar al diálogo, por desechar la inclusión y pienso que qué jodido, que qué miseria que las mujeres, las disidencias sexuales y muchas otras identidades tengamos que permanecer en una constante lucha para lograr que se nos reconozca la humanidad y la dignidad que nos pertenece.

En Puebla, en México y en el resto del mundo, a las mujeres y a las personas LGBT+, nos ha tocado siempre poner los cuerpos a cambio de que se reconozca lo que existe dentro de ellos. En el Congreso poblano deciden silenciar el debate sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo, en el de Hidalgo también posponen la discusión y el caso sobre el feminicidio de Lesvy se aplaza (una vez más). Hoy desaparecieron otras nueve mujeres y quién sabe cuántos migrantes se quedaron en el camino del sueño americano, y mientras tanto, el Poder Legislativo decide que hay tópicos que no valen la pena reflexionar. La decisión está tomada. 

A lo lejos, a través de la ventana que queda a mi derecha, veo a dos hombres que a escondidas se acarician las manos. Uno dibuja con la yema del índice derecho un camino de caricias en el antebrazo izquierdo de su acompañante: se conceden una sonrisa y se permiten sonrojarse por dos segundos, pero nada más. Inmediatamente modifican el comportamiento y voltean atentos a su al rededor, nunca se sabe quién te está viendo y reprobando desde la mesa de al lado y esto, en el segundo país con más crímenes de odio por homofobia es un riesgo que muchas personas corremos todos los días. Aunque los diputados no quieran hablarlo. 

A mi taza le quedan solo dos tragos fríos, los trago. Nunca me había resultado tan amargo el sabor del café. Toca pagar la cuenta y seguir con las actividades cotidianas que debo cumplir mientras otras personas deciden por el futuro de los chicos que se enamoran en secreto, por el mío y por el de tantas y tantas identidades a quienes se nos sigue debiendo un trato digno.

Mañana regresaré a mi mesa, también pasado. Me pregunto cuántas tazas de café tendré que beberme hasta que el Estado haya entendido que también se debe a nosotras y nosotros, a las personas excluidas, reducidas, discriminadas y dejadas siempre al pendiente, permanentemente en espera del debate que sí nos incluya, de ese que promete llegar mañana pero que al final, nunca llega. 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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Daniela Hernández

Feminista interseccional, internacionalista, activista y politóloga en formación que funciona a base de café, fútbol, filosofía y disenso. También hace investigación sobre género, diversidad sexual y Estado de Derecho

8 opiniones

  • «Me pregunto cuántas tazas de café tendré que beberme hasta que el Estado haya entendido que también se debe a nosotras y nosotros, a las personas excluidas, reducidas, discriminadas y dejadas siempre al pendiente, permanentemente en espera del debate que sí nos incluya, de ese que promete llegar mañana pero que al final, nunca llega. ”

    💓 Qué duro y qué cierto Tato

    Tamira

  • El espresor doble sabe menos amargo cortado con un poco de leche deslactosada….yo lo pido siempre en un vaso para llevar por si surge algo inesperado, me gusta saber que el mundo cambia aunque yo siga siempre igual, hay cosas que no entiendo pero las respeto y me gusta imaginar que en un mundo muy lejano quizás, o tal vez en Marte o en el espacio, ya no habrá sexos ni fronteras en la tierra y a lo mejor ya mi tierra , y la humanidad tendrá que sobrevivir en el espacio o en Marte, y que ya no tendremos dos ojos ni pelo pues para que, pero espero también que los derechos de cada quien, no tarden tanto…Atte Ramón Hdz

    • Estoy de acuerdo en casi, casi todo. Solo no concuerdo con lo del café. Ojalá pronto todas y todos podamos disfrutar plenamente de nuestros derechos, sí. Muchas gracias por leerme y por el comentario. Saludos ☺️

  • Te escuché dar la plática de feminismo en la Ibero y me encantó todo lo que dijiste y como lo dijiste, después te busqué en twitter y di con tu columna y también me encantó lo que escribes, felicidades.

    • ¡Holaaaa! Oye, qué gusto. Muchas gracias por ir a escucharme ayer y también por leerme ahora, qué padre saber que te agrada lo que comparto.

      ¡Saludos!