Manatí

Pornografía e Internet en Cuba. ¿Cómo se consume, quién regula?

CYNTHIA TORANZO | @Yucabyte

Entré a la escuela secundaria justo cuando a alguien se le ocurrió solucionar la escasez de maestros con teleclases. Así que nosotros, un grupo de adolescentes de 12 o 13 años, más dos adolescentes tardíos de 18 -los maestros- teníamos a nuestra disposición un televisor, un reproductor de video  y muchísimos casetes VHS. 

En las tardes, muertos de calor bajo las tejas de zinc que servían de techo al aula, matábamos el aburrimiento con películas de acción, comedia, terror, y cuanto género saliera de los bancos de películas (los antecesores del Paquete Semanal). Pero cuando alguno de los varones -siempre era un varón- cerraba la puerta y ventanas de madera, el grupo entero se reacomodaba para ver lo que ya sabía: porno. 

En los primeros años de la década del 2000, la distribución de filmes pornográficos en Cuba era lenta y precaria, por las propias dinámicas tecnológicas. Para sacar una copia a un casete VHS había que tener dos reproductores de video o uno que cumpliera solo esa función. La copia, además, demoraba tanto como la duración de la película.  

Hablar sobre cuánto de estos materiales se consumía en Cuba no puede ser más que especulativo y empírico. No existen estudios de consumo audiovisual o estudios de audiencia sobre el tema desde los centros estatales de investigaciones, los únicos del país. La inexistencia de datos responde en parte a la falsa lógica de que en el país no existe una industria pornográfica. Y bajo el mandato de esa negación las autoridades no prestaron mucha atención al asunto desde una perspectiva científico-académica, al menos hasta donde públicamente se conoce. 

El registro estadístico del comportamiento de los cubanos en el consumo de material pornográfico fue nulo hasta los años 2014-2015. 

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Lo que se entiende como pornografía está condicionado por las subjetividades de cada quien con respecto al sexo. Pero la concepción es, casi siempre, un video o fotografía donde se muestren relaciones sexuales o acto sexual -al menos en eso coinciden los diez encuestados para este artículo-, de forma explícita. Esa explicitud es lo que el usuario, espectador, consumidor, espera; lo que la industria le ha creado como expectativa; y lo que diferencia un material pornográfico de uno erótico. 

Entre los encuestados para este artículo, un joven de 23 años define la pornografía como “un arte que ha sufrido a manos de los prejuicios de la sociedad”. Precisamente el matiz de los prejuicios atraviesa y, en casos como este, determina y regula la industria pornográfica. 

Antes de 1959 La Habana era una ciudad cosmopolita y existían cines para la exhibición de películas pornográficas. El historiador español Román Gubern escribió: “Aunque siempre se ha dicho que el cine pornográfico se despenalizó e hizo público a finales de los años sesenta, Néstor Almendros me ha señalado que en La Habana de los años cincuenta existían ya cines especializados en el género, como el Shanghai y el París”.

Esa permisibilidad con el cine de sexo era parte de la sociedad anterior al 59 – explica Yudith Vargas, historiadora de arte- y si tú estás instaurando una sociedad con valores nuevos, tienes que romper con los anteriores; por eso la moral socialista rehúye ese tipo de libertinajes sexuales”.

En efecto, la actual Ley no. 62 del Código Penal de Cuba (Art. 303, inciso C), penaliza con sanción de privación de libertad de tres meses a un año, o multa de cien a 300 cuotas al que “produzca o ponga en circulación publicaciones, grabados, cintas cinematográficas o magnetofónicas, grabaciones, fotografías u otros objetos que resulten obscenos, tendentes a pervertir y degradar las costumbres”.

¿Cuáles son esos objetos? ¿Qué se considera obsceno? ¿Qué puede pervertir y degradar las costumbres? ¿Cuáles costumbres? 

Por más que el Estado intentara mantener a los cubanos al margen de las “obscenidades” impropias del sistema socialista, los puertos de entrada se burlaron siempre. Si no, ¿cómo entraban al país las revistas Playboy y las novelitas gráfico-eróticas que se alquilaban por un peso en moneda nacional? ¿Y las películas “originales” en VHS, con sus portadas ilustradas en colores?

A finales de los años 90 y principios de los 2000, teníamos el “cable”, otro predecesor del Paquete Semanal. Se sintonizaban de forma clandestina -aún se sintonizan- las señales televisivas extranjeras, estadounidenses en su mayoría. La señal llegaba por cable directamente a la casa por un precio de entre 10 y 15 CUC mensuales, aunque bajo esta tarifa tenías que acogerte a la programación del dueño de la antena. El cable surtía además los bancos de películas VHS con la grabación de novelas, realities shows, partidos de fútbol…

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