Manatí

Ni la tierra, ni las mujeres son territorio de conquista

RENATA CARVAJAL | Fotografías: BRENDA PALACIOS & GUADALUPE BRAVO

Nueve de la mañana. El día esperado ha llegado. El 8 de marzo promete un terremoto para las viejas estructuras patriarcales. Reviso en mi teléfono redes sociales, desde temprano las chilenas vuelven a hacer historia. 2 millones de mujeres congregadas en la Plaza Dignidad, se lee enorme la palabra Historia pintada en el piso junto con un pañuelo verde abortista, a su vez hondean banderas mapuches. La revolución será feminista y decolonial. 

Nos vamos preparando para la marcha. En redes sociales se comparten medidas de seguridad para prevenir posibles represiones policiales, así que nos preparamos con lo necesario. Pañuelos para cubrir nuestra cara, pila suficiente para nuestros teléfonos, agua, identificación, dinero en efectivo, un limón, algo de vinagre. Sé que Puebla es una ciudad conservadora en extremo, así que lo hago por pura prevención.

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Salgo a casa de Beleguí, ahí me esperan Vale, Ana, Deba, Majo y Jou. En el piso hay cartulinas y pinturas por todas partes, queremos hacer arte de protesta. “Ni la tierra, ni las mujeres son territorio de conquista” se lee en el cuerpo de Vale. Nos encontramos para generar un Nosotras que nos de ánimo para romper el miedo, miedo por ser la primera vez de algunas en asistir a una marcha feminista de tal magnitud en Puebla, miedo que se propaga en redes sociales como intento para desarticular.  

Decidimos salir a marchar desde la Fiscalía General de Estado (FGE), uno de los dos puntos de encuentro acordado por las colectivas organizadoras, entre ellas Coatlicue Siempre Viva, El Taller A.C, Hijas de Xochiquetzalli, Frente Feminista Radical, etc. el otro punto de encuentro era el Mercado Hidalgo, ambos contingentes teníamos el mismo destino, el zócalo de Puebla, pues allí se materializan tres poderes dominantes importantes, la iglesia, el estado y el capital.

Fotografía: Guadalupe Bravo

Poco a poco iba llegando la marea morada que se plantó frente a la institución encargada de procurar justicia en caso de delitos, a la par se oía al son del tambor “¿en dónde están, en dónde están, esos cabrones que nos iban a cuidar?”. 

La digna rabia comienza. A las 3:30 pm aproximadamente, el paso y el grito de miles hacía retumbar el centro histórico de la ciudad. Nuestra presencia en las calles representaba una interrupción de la actividad cotidianas que se llevan a cabo en el espacio público, espacio que no solo ha sido ocupado por poderes masculinos sino asignado y naturalizado como espacio para que ellos lo ocupen.

Mientras avanzábamos, re-habitamos un espacio nuestro. La calle que para miles de mujeres representa peligro, se vuelve segura cuando miles la caminamos. La digna rabia se manifiesta en gritos, carteles, consignas y pintas, o para algunas, vandalismo.

Fotografía: Brenda Palacios.

Al grito de “no violencia” varias mujeres miran enojadas a las compañeras que deciden intervenir el espacio público con graffitti, irónico que una de esas mujeres enojadas acabó lastimando la cara de otra mujer al intentar quitarle el aerosol. En respuesta, muchas otras gritamos “si me representan”. 

Enseguida recuerdo a Manuel Castells, sociólogo y teórico de la comunicación que habla de los movimientos sociales como aquellos acontecimientos que surgen a partir de personas que luchan contra los poderes hegemónicos a través del reconocimiento de la experiencia humana propia, y al colectivizarse con otras experiencias se crean redes de resistencia.

Los materiales de la experiencia propia se vuelven motor para el camino de una transformación, el sufrimiento, el dolor, el miedo, los sueños y las esperanzas. El dolor de la madres de las desaparecidas es nuestro dolor, las violencia a los cuerpos de nuestras hermanas son violencias compartidas, las múltiples opresiones a compañeras en situaciones vulnerables son el objetivo a derrocar, el control sobre nuestros vientres se vuelve territorio de defensa.

Fotografía: Guadalupe Bravo

Llegamos al zócalo gritando y saltando: “el que no brinque es macho”. Allí nos esperaba un templete con el comité organizativo de la marcha para revivir el performance “un violador en tu camino”. Después silencio. La voz de la madre de una mujer desaparecida comenzó a denunciar, escuchamos su dolor amplificado en los micrófonos. Comenzaron a llegar las certezas: marchamos para que ninguna persona sienta el dolor que quebraba la voz de aquella mujer. “No estás sola”. Nuevas voces y más certezas, se lee un manifiesto en lenguas indígenas, el feminismo incluye a todas. Poco a poco nos vamos dispersando.

Y de pronto, después de todo el ruido nos llega la noticia, asesinan a balazos a Nadia Rodríguez Saro Martínez, estudiante de la Universidad Iberoamericana León. Silencio profundo. Tristeza desconsolada. Nos siguen matando. 

Este trabajo fue elaborado como parte de una alianza entre Manatí y la clase Producción Periodística de la Universidad Iberoamericana Puebla

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