José Luis y la libertad que le dio una bicicleta

 José Luis y la libertad que le dio una bicicleta

GUADALUPE JUÁREZ | @LupJMendez
Fotografía: DANIEL CASAS | @Dannidcasas

La primera vez que José Luis montó la bicicleta tenía seis años de edad y le aterraba caer. Aun así, apoyó su pierna derecha para impulsar la izquierda, que era más delgada y la que menos fuerza tenía, y trepó al asiento de la rodada 26, tomó el manubrio e intentó pedalear, pero cayó.

Volvió a subir y cayó. Avanzó unos metros y volvió a caer, se levantó y pedaleó de nuevo hasta que logró avanzar sin terminar en el suelo y, así, recorrió junto a los demás niños de su edad toda la colonia.

Ésta podría ser la historia de cualquier persona cuando aprende a andar en bicicleta, pero para José Luis Juárez Vázquez pedalear y recorrer la ciudad en este medio de transporte significó la oportunidad de desplazarse con mayor libertad a la que una enfermedad lo limitó al año de haber nacido, una manera de ir a trabajar sin tener que esperar a que el conductor del transporte público se decida o no a detener el autobús para que aborde.

Pedalear representa para él menor esfuerzo físico que si caminara una cuadra completa apoyando su brazo sobre su pierna derecha para poder dar unos pasos. 

José Luis es voceador de periódicos desde hace 30 años. Fotografía: Daniel Casas.

Con su bicicleta viaja a diario desde la colonia Roma, al noreste de la ciudad, hasta el Centro Histórico para comprar periódicos y revistas que más tarde venderá en su puesto, ubicado en la colonia Maravillas, al norte de la capital, aunque esta actividad también ha sido afectada por la emergencia sanitaria activa por la propagación del Covid19.

José Luis tiene 51 años, es originario de Chalchicomula de Sesma, el menor de cuatro hermanos, soltero, vive con su madre de 85 años, y es un sobreviviente a una epidemia que azotó al país a finales de los años 40 y que se ha erradicado en los últimos 30 años: la poliomielitis.

El virus que mataba a quien lo contraía y a los que sobrevivían los dejaba con una discapacidad, a él causó que su pierna izquierda creciera más delgada, al grado de no poder mantenerse totalmente erguido sin apoyo.

José Luis es una de las 359 mil personas con discapacidad en la entidad poblana.

La exclusión por una discapacidad

Desde que era niño, y al no poder moverse como el resto de sus amigos, José Luis se sintió excluido. No importaba que fuera uno de los más aplicados de su clase o el que mejor caligrafía tenía, él sentía que la extrema delgadez en su pierna izquierda lo limitaba para encajar con los demás.

A los seis años, José Luis aprendió a montar en bicicleta; ese ha sido, desde entonces, su medio de transporte predilecto. Fotografía: Daniel Casas

En los partidos de futbol callejeros participaba como una especie de árbitro desde la banqueta. Conforme creció y tuvo que desplazarse más allá de la colonia donde vivía, se enfrentó a más limitantes: la de las calles sin pavimentar que no le daban soporte para caminar, la de ser ignorado por los conductores del transporte público al querer abordar las unidades y que obligaban a su madre, con escasos recursos, a pagarle un taxi para llegar a clases.

“Las personas como yo somos excluidas. Yo no era incluido en los juegos, en las actividades extraescolares, en los deportes, porque pensaban que no estaba uno apto para realizarlas porque piensan que nosotros no somos personas ‘normales’, nos quitan derechos”, relata a Manatí MX.

La poca información que había sobre las personas con discapacidad también lo afectaron; las burlas, las miradas… como si él no perteneciera con los demás.

Esa sensación se extendió con el paso de los años. Aunque terminó sus estudios en Administración Pública en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), nunca ejerció su profesión.

Un oficio que agoniza… sólo en la pandemia  

Desde hace 30 años José Luis ha sido voceador –como se le conoce a una persona que distribuye periódicos y revistas-, un oficio que ejercía su madre y su hermano mayor desde hace décadas y que les sirvió para mantenerse en la ciudad, después de mudarse del interior del estado.

Todos los días, sin descanso, recorre la ciudad en una bicicleta en la que adaptó en el portabultos una caja de plástico para cargar los más de 25 kilogramos de papel de ediciones impresas de diarios nacionales, revistas y libros, entre los automóviles que muchas veces no respetan al ciclista.

José Luis acude cada mañana hasta el centro de Puebla para recoger 25 kilos de periódicos y revistas impresas. Fotografía: Daniel Casas

Llega al Centro Histórico con los distribuidores de los diarios que traen desde la Ciudad de México o directo al área expendedora de uno de los periódicos más antiguos del estado, llena la caja que adaptó y viaja hora y media hasta su negocio para abrir las puertas metálicas de la estructura llena de revistas.

Coloca dos exhibidores metálicos sobre la acera y con pinzas de plástico para ropa sostiene uno a uno los ejemplares del día. Luego se sienta a leer algunos de ellos, en lo que espera a su primer cliente.

Con la pandemia a cuestas, utiliza el cubrebocas como el resto de sus compañeros de oficio y trata de cumplir con las medidas sanitarias dentro de sus posibilidades, para llevar a algunos de sus compradores las revistas que le piden.

Para él, su trabajo está lejos de extinguirse por la aparición del Internet, porque cree que el papel todavía es necesario para complacer a los lectores que prefieren pasar una a una las páginas con las notas impresas y ahora en la contingencia es esencial porque tiene que “dar a conocer” las noticias que se escriben en los diarios impresos a diario.

Aunque —lamenta— en lugar de las ediciones de análisis de lo que acontece en el estado o en el país, los lectores prefieren la nota roja, donde se describen los asesinatos o los delitos cometidos en el estado.

Para José Luis, el oficio del voceador sirve a la sociedad manteniéndola informada. Fotografía: Daniel Casas

José Luis no sólo se enfrenta a las dificultades para trasladarse en el medio de transporte que ha encontrado como apoyo, también a las complicaciones económicas de la pandemia, porque en un mal día en este oficio puede ganar menos de 150 pesos.

En un buen día, sus ingresos pueden ser de 300 pesos, aunque no son suficientes para sus gastos y los de su madre, que depende de él. Sus ingresos son más bajos en esta emergencia sanitaria.

Sin embargo, confía en que su oficio sobrevivirá, pese a que hoy lleva menos ejemplares porque varios medios han decidido no imprimir y quedarse en las versiones digitales que llegan de forma directa a sus lectores.

Sonriente, sube de nuevo a su bicicleta, se despide de algunos compañeros, se impulsa de su pierna derecha y pedalea hasta perderse entre los vehículos que avanzan sobre la 4 Norte.

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