Quino: cambiar el mundo con unos “simples trazos”

 Quino: cambiar el mundo con unos “simples trazos”

ROBERTO LONGONI | @GiordanoLongoni 

El pasado 30 de septiembre, apenas 56 años y un día después de que la historieta Mafalda apareciera por primera vez en público, su creador, Joaquín Salvador Lavado “Quino”, falleció en su natal Mendoza, Argentina, a la edad de 88 años. 

Sobre él y su personalidad se saben varias cosas. Por ejemplo, que siempre fue tímido o humilde. Que jamás se tomó con demasiada soberbia su éxito mundial, y que hasta el último de sus días no acabó de entender del todo la gran fascinación y gratitud que miles de personas le externaban respecto de sus “simples trazos” (sic). 

La noticia de su muerte no tardó en esparcirse y causar una gran conmoción en, podríamos decir sin exagerar, básicamente todo el mundo. Al respecto, no es un secreto que Mafalda es un ícono argentino de carácter universal, y que su humor ácido y con carácter político y crítico ha inspirado la conciencia y el clamor de justicia y transformación en más de una o unos. 

Ante el suceso de la muerte de Quino, y ante la relevancia de sus “simples trazos” en la conciencia universal, es necesario, sobre todo en tiempos en que la lógica del capital impone a la cultura una forma industrial que convierte a cualquier expresión artística en un artefacto o mercancía cultural más, objeto de veneración mercantil e intercambio monetario, rescatar el sentido profundo de su éxito, más allá de reducir este a porcentajes de venta o ganancia. 

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Mafalda, se sabe, nació en los años sesenta, por encargo de una compañía de electrodomésticos que al final no gustó tanto de su figura para comercializar sus productos. Este “fracaso” provocó que Quino guardara los dibujos destinados a la campaña en un cajón. Después de un año, en 1964, y gracias al periodista Julián Delgado, la tira apareció en el diario “Primera Plana” y casi de manera instantánea fue del agrado de los lectores. 

Las razones de su éxito apuntan en varias direcciones, imposibles de resumir, pero confluyen quizás en un punto central: la pequeña niña Mafalda tuvo (¿y tiene?) la capacidad de reflejar nuestras inquietudes humanas más profundas. Nuestras inseguridades, curiosidades, sentires, absurdos e ingenuidades, todas ellas de alguna manera están expresadas en sus preguntas aparentemente “inocentes” o en sus reflexiones que siempre abren ventanas a otras tantas más. 

Al respecto, es un lugar común decir sobre Mafalda que la suya es una voz adulta encapsulada en la representación de una niña. Esta tesis, que puede tener su verdad, no atina a algo mucho más complejo: Mafalda es más bien la introducción en la conciencia adulta y represiva, marcada por tiempos de guerra fría y miedo constante, de la ingenuidad crítica y la inocencia corrosiva (en el mejor de los sentidos) de la voz infantil, que no ha integrado en su alma, al menos no del todo, la represión social de las normas y los “buenos modales” que sirven a los adultos para tener una vida llevadera, miserable, pero llevadera. 

Mafalda representa, por lo tanto, la resistencia en contra de la miseria de esta sociedad. La inadecuación e insistencia en contra de la justificación del adulto que repite mecánicamente: “cuando crezcas lo entenderás” o “solamente alguien tan joven podría preguntar semejantes tonterías”, como ¿por qué hay que trabajar?; ¿por qué la gente hace cosas que la hacen infeliz? Una voz desfachatada y sin miedo a las represalias, que nos enfrenta a la vergüenza ajena de ciertas preguntas que, en diálogo con sus padres, amigos o extraños por la calle, están dirigidas mas bien a tod@s nostr@s, y en contra de un orden mundial que ha muchos ya les vendió el cuento de su irremediable triunfo.

Mafalda reivindica la ingenuidad del niño o niña que, en medio de una conversación de adultos, sin ningún tipo de filtro, cuestiona la razón de que los policías golpeen jóvenes, de que las mujeres sean despreciadas por sus trabajos en el hogar, de que l@s niñ@s no sean tomad@s en cuenta a la hora de decidir el rumbo del país. En resumen, cuestiona las razones de que el mundo no sea un lugar más bonito.

Definir a un clásico de la cultura universal es difícil. Las discusiones respecto de si los dibujos de Quino deben considerarse como tal seguramente serán fructíferas en estos tiempos posteriores a su muerte. Sin embargo, algo es cierto, un clásico brota del gusto colectivo, del sentido que hace en la conciencia colectiva, pero también de la evidencia de que este en sí mismo rebasa la figura de su creador. Es por esto por lo que no es solamente un cliché decir que a la presencia física de Quino le sobreviven sus “simples trazos”, así como un imperativo utópico: el mundo exige, desde los sesentas y hasta ahora, ser un lugar radicalmente distinto, un lugar donde podamos ser distint@s y espontáne@s, donde podamos jugar sin temor y tranquilamente con nuestr@s amig@s. 

Los textos publicados en la sección “Opinión” son responsabilidad del autor/a y no necesariamente reflejan la línea editorial de Manatí.

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