Su mundo en la azotea

DOÑAISA

Ahí todo era diferente, incluso ella cambió, la noté más abierta, más contenta y efusiva. Como si el aire y el sol le hicieran bien. Sus movimientos lo decían todo.

Por Pablo Argüelles / @Piaa11

En Puebla, muy cerca de Las Ánimas, en una calle perdida que se ha vuelto un atajo para el pesadísimo tráfico de la 25 sur en horas pico, jamás se pensaría que es posible encontrar uno de esos secretos que esconden las grandes ciudades.

 Se trata de una vieja casa que pasa desapercibida entre vulcanizadoras y tortillerías, custodiada al frente por dos grandes árboles que parecen ser los únicos sobrevivientes de la insistencia urbana, de esos inmensos que ya sólo se pueden ver en la montaña. Esta casa es gris, muy gris, como todo lo que la rodea. De hecho, al principio me fue complicado encontrarla a pesar de traer el número exacto apuntado en mi libreta, y, cuando lo hice, dudé de quien me había pasado el dato.

 Pero finalmente, aunque desconfiando todavía, toqué el timbre. Pasó algo de tiempo hasta que escuché cómo se abría una puerta al otro lado del portón y luego como si arrastraran una bolsa de plástico en el piso. Después, silencio.

 Justo cuando había decidido tocar el timbre por segunda vez, alguien al otro lado manipuló la cerradura y con un clic hueco se abrió la puerta de metal. Después del rechinido propio de bisagras oxidadas, la vi, justo como me habían dicho que sería. Era la señora Isabel, cuyos ojos verdes resaltaban como los de un gato entre la sombras, con un sombrero de mimbre y alas grandes enmarcando su rostro.

 -Buenos días, joven- me dijo escondida detrás de la puerta mientras tomaba  su filo con las dos manos. No diría que estuviera sonriendo, aunque las comisuras de sus labios así lo sugirieran. Más bien parecía haber tenido el mismo gesto toda la vida. Di los primeros pasos dentro del garaje y encontré coherencia entre la fachada percudida y graffiteada de la casa con el descuido de la cochera: costales regados, hojas secas, escobas viejas, tiliches arrinconados, un coche enfundado.

 La señora Isabel cerró la puerta y no contestó nada a mi pregunta educada de rutina. “Pase por aquí, joven”, dijo en lugar para que la siguiera al interior de la casa. En ese punto yo dudaba si había valido la pena ir ahí. Iba a hacerle unas preguntas, me interesaba su inusual forma de vida, y, hasta ese punto la casa no me expresaba nada diferente que lo que pudiera encontrar en una casa normal, en un barrio cualquiera. Me molesté por dentro.

 Cuando entramos a la casa me encontré con una mezcla extraña de muebles, sillas de todo tipo y trastes regados por cualquier parte. A mi izquierda las escaleras sin barandal parecían más una serie de repisas dedicadas a la muestra de macetas con plantas que me parecieron, en contraste a todo lo demás, bien cuidadas;  lo que yo no sabía es que me estaban augurando lo que me encontraría más tarde en el resto de la casa. El olor a café me puso de buenas y me hizo mirar instintivamente a la cocina en donde vi un montón de hierbas en desorden sobre la mesa de madera y, en la estufa, un sartén con una pieza de pollo asado que habría estado ahí desde el día de ayer.

 La señora Isabel acomodaba cosas como queriendo hacer una limpieza rápida, luego me ofreció un café, pero le dije que no aunque en realidad me moría por uno: prefería empezar la entrevista cuanto antes.

 Me parecía nerviosa, ansiosa, como alguien que no está acostumbrada a recibir personas en su casa o a dejar entrar a alguien a su mundo. Me llamó la atención que no hubiera fotos en la sala, o nada que significara que el techo bajo el que me encontraba fuera el hogar de alguien.

 Sin más, subimos a la segunda planta, en donde me di cuenta que parecía más una bodega
de colchones viejos que una casa en donde alguien durmiera habitualmente. A continuación salimos a un pequeño patio. Ahí todo era diferente, incluso ella cambió, la noté más abierta, más contenta y efusiva. Como si el aire y el sol le hicieran bien. Sus movimientos lo decían todo.

“Aquí es donde empecé a plantar todo hace más de diez años, y desde ahí le dedico diez horas de mi día”, me dijo sin detenerse y dirigiéndose a una pequeña escalera de caracol que estaba en la esquina del patio, cuyos escalones eran tan estrechos que la mitad de mis pies quedaba volando. Subimos.

El final de la escalera nos dejó en la azotea de la casa, que más que una simple azotea común en la ciudad de Puebla, (con cochinas de gas, tinacos, tendederos y una antena parabólica) era el secreto mejor guardado de la calle y de la colonia. La azotea me lo dijo todo. Ahí estaba la vida y la razón de la señora Isabel, no en la
casa, no el garaje, mucho menos en la fachada de la casa. Una huerta. Una huerta perfectamente cuidada y frondosa, verde en su totalidad. Un pequeño paraíso al que la señora Isabel no deja pasar a muchos, sólo a amigos y al estudiante que está haciendo la tesis sobre ella y sus cultivos.

Ahí comenzó a contarme su historia, no hizo falta que le preguntara nada, yo escuchaba mientras caminaba y miraba todo lo que había. Tomates, nopales, brócoli, chícharos, coliflores, apio, cebollas, coles; mi parte favorita: la esquina en donde tenía plantado el romero y la hierbabuena, el olor, increíble. Yo seguía escuchando su historia, yo seguía entendiéndolo todo.

La señora Isabel fue activista política toda su vida, y no fue sino hasta que se retiró que aprendió que no se podía cambiar el mundo empezando por el mundo mismo. Había que empezar cambiando nuestra vida, nuestras formas, luego lo demás.

Hace más o menos diez años tuvo una enfermedad que la hizo estar muy cerca de la muerte, eso fue lo que  la hizo darse cuenta que todo lo que estaba comiendo la estuvo matando todo el tiempo. Entonces decidió ser autosustentable y plantar sus propios alimentos. Pero no, no como los neo-hippies que plantan dos tomates y luego suben la foto a Instagram. No. La señora Isabel cambió su mentalidad misma. Primero le dedicó una hora. Al año siguiente unas más. Luego, cuando menos lo pensó, ya estaba dedicando sus días enteros a la sustentabilidad de su huerta, la cual, detrás de un panel solar que calienta el agua que consume, cuenta con un pequeño invernadero que utiliza en tiempos de frío. Ahí crecen las piñas. Yo nunca había visto cómo era tal.

 -No podemos vivir como hasta ahora lo hemos hecho- me dijo con voz más fuerte. No nos damos cuenta pero todo lo que comemos nos está matando. Todo lo que compramos tiene químicos que son los que están generando todas las enfermedades, por si fuera poco estamos manteniendo a multimillonarios que les interesa todo menos el mundo en el que viven.

La tierra de las jardineras dispuestas por toda la azotea, se ha acostumbrado tanto al clima de la misma, que muchas veces sin la necesidad de plantarlos, los apios y las lechugas crecen solos.

-También reciclo y hago mis compostas. Son muchas cosas las que hago en diez horas diarias. Tengo mis lombrices, ayudan mucho.

 Yo seguí escuchando. Miré alrededor, al resto de las casas. Desde donde estaba parado, la casa de la señora Isabel era lo único verde  que se veía en toda la colonia. Gris, cemento, colores opacos. Diría que esta azotea era como aquel viejo excéntrico que resalta por su vestimenta entre hombres trajeados que lo miran raro. Así en el fondo quizá sea ella.

Regresé mi vista hacia donde estaban las coles y vi cómo quitaba un par de hojas que ya estaban “pasadas” y luego removía la tierra. Isabel es alguien eternamente dedicada a lo que tiene. Una loca, dirían muchos. ¿Y el dinero?, ¿de qué demonios vive?, me pregunté en algún punto. Pero la pregunta se contestó sola. Trabaja, le hace bien, y come lo que planta. Cuando le sobra lo vende, cuando ya no es comestible, se lo da a los pollos.

Cuando nos acercamos al invernadero que estaba del lado de la calle, me contó cómo fue que salvó los dos árboles que cuidan su casa y que le regalan sombra natural a una pequeña terraza improvisada que utiliza para descansar.

“Ya querían tirarlos los del Ayuntamiento, pero les ganamos yo y los vecinos. Dígame cuándo va a volver un árbol de cincuenta metros en plena calle”.

A ese punto, cuando me dijo que era hora de ir al jardín, me empezó a contar de su vida política.

“Estuve en un partido político, pero nunca me quisieron. Se molestaban por mi activismo, de que les dijera sus verdades. Son pocos los que están en la política para hacer el bien”.

Nos despedimos de la azotea, yo pensando en que hablaba por sí misma. “Tiene vida propia”, pensé.

Bajamos de nuevo y cruzamos la cocina en donde había cualquier cantidad de objetos en el piso y en las sillas. Salimos por una puerta de cristal opaco por el polvo hacia el patio trasero de la casa. Al salir me agaché para librar las ramas de un árbol que hizo de la pared su punto de apoyo para seguir creciendo. “Es un árbol de maracuyá, y ahí están las higueras”, me dice mientras señalaba una parte del jardín y al mismo tiempo yo pensaba en la higuera que vive en mi jardín y lo descuidada que la tengo.

La disposición de las plantas parecía haber sido diseñada por algún paisajista. Había de todo, tanto, que me costaba distinguir y diferenciar entre cada una. Conforme íbamos por el camino de ladrillo hacia el corral donde tiene las gallinas, me iba platicando la historia de cada planta, su nombre, cómo empezó a plantarla. Parecía como si hablara de sus hijas, de alguien que conocía hasta el fondo y que había visto crecer.

“Esto requiere mucho estudio, conocer cada semilla, saber los tiempos de cada planta, de cada fruto. Saber sobre polinización, cuidados, abono…estamos tratando con seres vivos. Sería tonto pensar que todos pueden hacer esto en su casa. Significa renunciar a muchas cosas, dejar todo atrás.”

Entonces, ¿por qué lo hace?, le pregunté temiendo que el tono de mi pregunta hubiera sido agresivo.

“Porque le hace bien a mi salud, porque me hace bien a mí, con eso basta para empezar a cambiar el entorno en el que vivo”.

Efectivamente. No se queda con lo que sabe, es tímida, pero comparte sus experiencias en varios grupos en donde también asisten personas que han decidido hacer lo mismo que ella. Intercambian semillas, se dan consejos.

Fuimos de regreso al interior de la casa en donde me volvió a preguntar si no quería nada. Ahora  fui yo quien ignoró su cortesía. “Oiga, y qué hace cuando se le acaba algo”. Por fin sonreía de verdad: “Nunca se me acaba nada”.

Me despedí de la señora Isabel y luego me condujo hacia la cochera por donde entré. Ahí supe que lo que yo había pensado que eran hojas secas regadas en el piso, en realidad eran hojas de ortiga, que ella deja secando sobre los costales en el suelo para luego hacer sopa o tés medicinales.

Salí de la casa y escuché la pesada puerta de metal cerrar a mis espaldas. Crucé la calle y di media vuelta. Vi la casa en perspectiva, los dos inmensos árboles. Nada había cambiado: los grafitis, el portón. Gris y más gris. La calle estaba igual, los baches, la tortillería. Los coches pasando intermitentemente. Al final de todo, la casa de la señora Isabel era una más entre todas las demás.

Nos leemos pronto.

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