La ideología mestizante, el guadalupanismo y sus repercusiones sociales – Segunda parte

Por Itziar Bruyel Vollrath/ @itziarbruvo

Las creencias y prácticas religiosas, la visión y relación con el cosmos, ejes centrales de la civilización mesoamericanos, quedaron sometidas y destrozadas. Se estigmatizaron las imágenes y rituales, los alimentos y las indumentarias, empujando a la clandestinidad la religiosidad mesoamericana. En este contexto surge el culto a la Virgen de Guadalupe como fenómeno que va adquiriendo diversas fisionomías e identificaciones sociales en la evolución de la sociedad de castas.

También es cierto que al imponer creencias que le impiden al pueblo llevar a cabo en práctica lo que piensa, se favorece el desbordamiento de la imaginación reconfigurando las creencias y prácticas oprimidas manteniéndoles en la clandestinidad. En este contexto, la Virgen de Guadalupe-Tonatzin amortiguó este impacto cultural, aunque no lo resolvió completamente y ha quedado como una herida abierta que se ha intentado resolver mediante un tenso sincretismo dual. El culto a la Guadalupana promovió entre los criollos un sentimiento patriótico, fundó a la Iglesia mexicana y a la Nación, cuyo objetivo era la redención del indio y su disolución. El criollo reivindicaba como los suyos a los antiguos, pero negaba a los descendentes de la población conquistada.Los discursos mestizantes transmiten la idea de que los mexicanos tienen una ascendencia común como resultado del mestizaje de hombres españoles y mujeres indias: la negación de raíces indígenas, postura que fue reforzada con el nacimiento del Darwinismo como corriente histórica.

Ante esto, Vicente Riva Palacio proclama una superioridad evolutiva de la raza indígena: falta de pelo en todo el cuerpo, perfección de la dentadura en la que los colmillos han sido transformados en muelas, carencia de muelas del juicio, singular musculatura en las piernas provocada por la “costumbre de caminar con carga”.

El Estado asumió como política nacional el control sobre los patrimonios genéticos de la sociedad y su defensa ante posibles agentes de la degeneración. Aparece entonces lo que Foucault nombró “racismo de Estado”, es decir, aquel que “una sociedad ejercerá contra sí misma, contra sus propios elementos”, pues el racismo ha pasado a distinguir dentro del cuerpo social a dos razas, una verdadera que hay que cuidar o proteger y que está vinculada al poder y una “contra-raza” que amenaza el patrimonio biológico. El enemigo ya no es una amenaza política o militar, sino biológica y la eliminación del peligro biológico se convierte en un imperativo para asegurar el despliegue exitoso de la raza superior.

Las élites blanqueadoras y nacionalistas, subsistieron con el miedo de un posible levantamiento indio para el reclamo de sus tierras, por lo que decidieron que, si el indio deseaba sobrevivir, sería con la única condición de que se transformara en mestizo renunciando a su especificidad, lo que incluía, entre otras muchas cosas, el principio de propiedad comunal de la tierra. El indio fue poco a poco perdiendo no sólo su rostro, sino los rasgos más íntimos de su identidad y de su historia: costumbres, idiomas y otros saberes.

Al momento de coronar en 1895 a la virgen de Guadalupe, los mensajes que se enviaban eran diversos: la Virgen se convertía en la Señora de la Patria, en la madre de un México mestizo y en el acontecimiento que fundaba a la patria. Para que los indios fueran dignos de ser hijos de esta madre mestiza, debían de transformarse en mestizos también (cuando menos ideológicamente). La Virgen de Guadalupe evolucionó de ser una Virgen India que venía a consolar a los pueblos indios tras la Conquista que los había destruido, a ser una Virgen Criolla que legitima la lucha de Independencia, para posteriormente, cuando la nación lo reclama, convertirse en “mestiza”.

La Revolución Mexicana institucionalizó el indigenismo y la eugenesia como mecanismos para reforzar la identidad mestiza y con ello la unidad nacional. El mestizaje se convirtió en sinónimo de una nacionalidad intolerante ante los diferentes. Y en la Revolución misma, estuvo presente el racismo con el que se les miraba a los indios del sur. Los efectos perversos que el racismo provoca en forma de inferiorización asumida, de autodenigración, vergüenza y rechazo de sí mismo en la construcción identitaria de los indígenas de México, persiste hasta hoy en día.

La necesidad de un sentimiento de superioridad aparece en las élites como el intento siempre insatisfecho de ser reconocidas por las naciones poderosas y su racismo se refuerza como forma de distanciarse de mestizos e indios a quienes dichas naciones continúan inferiorizando.

El decir de manera colectiva “somos mestizos” facilita la identificación imaginaria de los mexicanos en su nación, pero también favorece la perpetuación de la jerarquía criolla y occidental toda vez que el concepto “mestizo” refuerza la posición inferiorizada del que como tal se asume. Para el mestizo, el indio representa lo auténtico y original de México, pero estorba la realización de sus intereses prácticos.

La cultura migratoria ha generado múltiples formas de identificación transnacional en las comunidades de origen, en las comunidades de llegada, y en los diferentes puntos del trayecto, y a la experiencia de racismo experimentado por esta población migrante en México, se añaden, además de las prácticas racistas, las identidades impuestas por la sociedad receptora, y que son experimentadas como formas de discriminación. Del racismo nacional se trasladan al racismo transnacional.

La cultura de la migración reconfigura la subjetividades y vulnera las vulnerabilidades. Y si en México la identidad local predomina sobre la nacional, en los circuitos migratorios se construye una identidad transnacional de diversos rostros y con identificaciones plurales.

Entonces, la Virgen de Guadalupe contrarresta el traumático proceso de migración, ayuda a cruzar la frontera, protege a los pandilleros y criminales y les otorga esperanza; es vista como un puente intercultural, “de ser un símbolo de esperanza en México a volverse la Virgen indocumentada que conecta las culturas chicana y mexicana”. Las dificultades crecientes que enfrenta la población migrante, ha convertido a la Guadalupana, más que antes, en uno de los principales símbolos de una identidad de resistencia, lucha y pertenencia.

El levantamiento armado por parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, vino a derrumbar dos mitos nacionales: a) el de los beneficios del neoliberalismo capitalista y del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y b) el del mestizaje como identidad nacional construida “armoniosamente en una articulación simétrica y antirracista” tras el encuentro entre la tradición prehispánica y la europea/española.

Los Acuerdos de San Andrés proponían por vez primera en nuestra historia, la construcción de un diálogo horizontal entre indígenas, mestizos y criollos de manera paulatina. El rechazo de estos acuerdos por parte de las élites políticas de México fue el resultado de su racismo y de su correspondiente temor ante unos indígenas “sublevados y no sumisos” como se esperaba de ellos en el imaginario social nacional.Este rechazo significó una derrota para toda nuestra población mexicana y no sólo para los pueblos indios, ya que era la oportunidad de reconocer a los pueblos indios dignamente y de construir poco a poco un “pluriculturalismo jurídico”, que significaba un paso trascendente y único para la superación de traumas históricos que nos han dañado a todos a consecuencia de culturas mestizantes.

La actitud racista y temerosa de los políticos mexicanos antes mencionada, puede ser analizada desde la postura de Memmi, quien refiere que las identidades del dominador y del dominado son simbióticas y dependen la una de la otra. Por ello, cualquier modificación en la identidad de alguno de ellos permea en la del otro. En este caso, fueron los dominados quienes modificaron su identidad en un intento por emanciparse exigiendo el reconocimiento horizontal y la reivindicación de su autonomía, resquebrajó la identidad de los políticos, de los dominantes. Y es que esa identidad hegemónica se resquebrajó porque el sentimiento de “superioridad” y seguridad sobre el cual se construyó se puso en duda, generando una dimensión emocional difícil de enfrentar por parte de las élites privilegiadas.

Para leer la primera parte, haz clic aquí.

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