Puebla, de verdad: Tres crónicas

Por Pablo Argüelles / @Piaa11

Tres pequeñas crónicas sobre tres lugares en el Estado de Puebla que han perdurado a través de los siglos; lugares que nos recuerdan lo efímero de nuestro paso por el mundo cuando lo medimos con la regla de la naturaleza y de los tiempos. Estas líneas son el resultado de notas e ideas, pensadas y escritas en el transcurso de este año que encontraron, hasta este día, su forma predilecta.

Deben saber que en ningún momento intento hacer una clasificación por importancia de los lugares mencionados; mucho menos excluir a otros lugares cuya importancia histórica o influencia cultural sea más significativa para la historia del Estado de Puebla y quienes lo habitan. Estas, simplemente son historias sobre lugares que en los meses anteriores he podido conocer gracias al azar, y que ahora, en estos días donde los ánimos de muchos poblanos están menguados por el autoritarismo y la opresión, me parece atinado compartir.

No se, tal vez puedo antojar a más de dos lectores a conocer alguno de estos rincones y descubrir la verdadera magia de Puebla.

 

 

La Ciudad Silente

Cantona

No puedo sacar de mi cabeza los paisajes cambiantes de campos de colores que se pueden ver camino a Tepeyahualco de Hidalgo, en donde a sólo pocos kilómetros, se alza misteriosa la ciudad prehispánica de “Cantona”.

El camino desde Puebla está hecho de campos verdes y trigales amarillos que cambian con la luz del sol, mientras la Malinche, deforme ante unos ojos acostumbrados a verla siempre desde la ciudad, va quedando atrás perdida entre los montes y los árboles.

El resto del paisaje se pinta así mismo como si fuera un atardecer de José María Velasco. Las nubes itinerantes, que parecen correr, cubren las montañas a su antojo como si fueran seda antes de ser empujadas por los vientos cruzados que vienen del Golfo. Si la suerte y las condiciones lo permiten, durante el camino se puede ser testigo de la majestuosidad del Citlaltépetl, el volcán dormido más alto de México, el cual se destaca a kilómetros con su nieve permanente sobre el horizonte, ahí donde las líneas imaginarias dictan que Puebla se convierte en Veracruz.

Cuando uno llega a su destino, las praderas que antes fueron verdes y doradas interrumpidas quizá por la presencia de algún árbol espontáneo, se han convertido ahora en terrenos áridos repletos de cactáceas. Un cambio drástico en la composición que nos recuerda que hace millones de años, esta tierra estuvo llena de volcanes que cubrieron de lava toda la región, limitando hasta estos días su fertilidad. Malpaís, le llaman.

Al momento que uno entra a la zona arqueológica, lo hace con la idea premonitoria de lo que significa el nombre en Náhuatl, “Casa del Sol” (aunque algunos dicen que dentro de su nombre no hay más significado que el que Hernán Cortéz le dio lógicamente al ver muchos “cantones”), y entonces, uno se adentra al primer montículo de piedras a través de una escalera que conduce a la primera calle  de tantas que veremos a lo largo del recorrido.

No hay que olvidar que de Cantona, a diferencia de otras zonas arqueológicas, no sólo veremos el centro ceremonial, sino que seremos testigos de la organización de una ciudad completa del Pre-clásico tardío, con sus calles, sus parcelas y sus divisiones sociales representadas por diferentes alturas en la construcción. Es entonces como con cada paso y escalón, vamos descubriendo su inusual e inexplicable asimetría, sus veintisiete juegos de pelota y sus pirámides austeras pero nunca sobrias.

Es posible que durante la caminata nos sorprenda una llovizna repentina, ya que es la tierra desde donde se reparten las nubes que irán después a cubrir el resto del centro del país, pero ninguna lluvia será más fuerte que el deseo de subir a la última pirámide, desde donde uno es consciente de lo majestuoso del valle a nuestros pies, pero sobre todo, de la inmensidad de la ciudad que todavía sigue bajo la tierra y la maleza sin haber sido descubierta hasta estos días.

Y como si fuera el final de una gran expedición, es como nos encontramos en la cima de la última pirámide; detrás de nosotros el cerro de las Águilas, a la izquierda el Cofre de Perote, frente a nosotros El Pizarro, o los restos de lo que algún día, cuando todavía no existíamos, fue un volcán activo; muy al fondo el Pico de Orizaba. Entonces entendemos porque Shlarman llamó a esta tierra, “Tierra de Volcanes”.

Pero el silencio es tan intenso que nos habla, nos dice algo. Sabrán que nadie conoce con certeza qué pueblo dominó la ciudad; pero sobre todos los misterios, hay uno que sigue siendo el más grande: la ciudad fue abandonada de la noche a la mañana sin rastro alguno que indicara la razón.

Ir a Cantona es perderse en un laberinto de calles que un día tuvieron vida y un sonido extinto que ya nunca podremos escuchar, porque ahora todo se ha reducido al rumor del viento que sube entre las piedras.

 

 

Brazo de Mar

Laguna de Alchichica

Muy cerca del Municipio de Tepeyahualco, se encuentra otra maravilla escondida que no tiene menos de enigmática: la Laguna de Alchichica.

A lo largo del camino, con el Pizarro a la izquierda, uno va atento al paisaje para que la aparición de una mancha de agua inmensa en medio de la planicie no nos tome por sorpresa sin tener lista la cámara. Sin embargo, los que así lo esperan, se desilusionarán e incluso llegarán a dudar si van por el camino correcto, ya que a Alchichica no se llega, sino se entra.

Momentos antes de llegar lo único que los ojos captan es una montaña de mediana a altura con la cual chocaremos si seguimos en esa dirección, pero eso es sólo una ilusión óptica, ya que cuando menos lo esperamos, el camino va revelando poco a poco que la montaña no es montaña, sino la ladera de un cráter inmenso al cual nos estamos adentrando.

Es ahí cuando la vemos, escondida como si se tratara del secreto mejor guardado, de un azul intenso y una belleza inverosímil que lo hacen a uno pensar que ha descubierto un nuevo mar. Vamos bajando con el coche hasta que nos encontramos dentro ese cráter milenario, el cual dicen, es una de tres erosiones producidas por grandes meteoritos que impactaron la tierra hace millones de años. El ambiente huele a sal, incluso, como si nos encontráramos en la costa, nos llega una brisa que pega en la cara refrescándonos y transportándonos a otro lugar.

La Laguna de Alchichica tiene agua salinitrizada, lo que le da ese olor que tanto agrada y relaja al ser. Se puede pasear en lancha y escuchar de nuestro guía historias increíbles de ese lugar, que van desde la ciencia ficción hasta lo más improbable. Escucharemos de todo, desde historias de sirenas que cantan hasta luces extraterrestres que se ven entrar y salir de la laguna en la oscuridad de la noche, incluso aquella idea de que la laguna es resultado de un brazo de mar, lo que explicaría su agua “salada” y el descubrimiento repentino de fauna propia de un océano.

Se puede hacer un día de campo sin problemas dejando la caminata a través de los corales petrificados para el final y con cuidado. Caminar por esos montículos de piedra blanca como la cal, lo hará a uno sentirse de nuevo como aquel niño que va sorteando las rayas del pavimento para no pisarlas. Finalmente, sentarse en una de esas piedras y admirar el azul misterioso que llega a nuestros pies en forma de olas en esbozo, hace que la experiencia deje una estela imborrable en los días que siguen.

Mientras veo la composición del cráter y el agua azul que es como la del Caribe, pienso que si yo fuera de otro mundo y pudiera venir a la tierra en una madrugada, escogería sin pensar ésta laguna.

 

 

Piedra de tiempo

Valle de Piedras Encimadas

Llegamos tan temprano que la neblina todavía estaba a ras de piso y no dejaba ver el valle todavía. Yo había ido cuando era niño, mi padre nos trajo a mí y a mis hermanos cuando recién acababan de hacer de este lugar una zona protegida y lo único que recuerdo, es haberme subido en un pequeño burro que me llevó a conocer todo el lugar. Ésta vez era diferente.

En pleno julio el frío serrano se metía entre nuestros huesos e incluso nos hizo tiritar. Entramos por la puerta principal del valle y los lugareños nos dijeron que en sólo unos minutos, como si se tratara de un espectáculo controlado, la neblina desaparecería. No les creímos. Entonces nos sentamos en un banco que parecía que se iba a caer en cualquier momento cuando de pronto, como si las palabras del hombre hubieran sido un presagio, la neblina comenzó a correr como una cortina movida por una fuerza invisible. Así, en menos de cinco minutos, el valle quedó enteramente revelado ante nosotros. Quien conoce su tierra nunca miente.

Fue así como llegó Silvino con tres caballos a los que nos subimos y entonces comenzamos la travesía. El frío seguía calando pero el paisaje lo curaba, y tras librar una loma fue que vimos las famosas piedras encimadas, espontáneas  como si hubieran sido puestas al asar por la mano ociosa de un niño que se dedicó sólo a jugar con ellas. Pero el lugar, el cual es un claro en medio del bosque, no es más impresionante que la imaginación de Silvino, quien nos va explicando de memoria cada una de las formas que él encuentra en las rocas: desde rostros humanos hasta caricaturas y objetos raros.

El caballo en el que estoy se inquieta porque a sus pies hay una pequeña serpiente de cascabel, no se asusta más que yo, no vaya a ser que se ponga a correr y acabe perdido en algún lugar del bosque. Seguimos a caballo y pasamos junto a un manantial debajo de un puente natural de piedra, las nubes, arriba de nosotros se mueven apresuradas como si fueran tarde a algún lugar.

Entonces llegamos hasta lo más profundo del valle, a los límites del bosque en donde Silvino nos dice que aquella que se ve al fondo, es la Piedra de Tiempo. No sabe porqué, sólo que desde siempre han creído que si pasas por los tres arcos de esa roca inmensa, dejas tu pasado, reconcilias tu presente y bendices tu futuro.

También nos cuenta la historia de personas que según han desaparecido detrás de ella encontrando tal vez un portal o una grieta en la temporalidad del universo.

Por un momento, ahí en medio del bosque, uno cree posible la existencia de una grieta así, sobre todo porque ahí el tiempo es diferente.

Nos gana la curiosidad y pasamos cada uno por los tres arcos. No se siente nada y sobre todo, no hay grieta que nos regrese a los sitios y momentos más queridos del pasado. Nos vamos desilusionados.

Ya de regreso a Zacatlán de las Manzanas la niebla lo ha cubierto todo otra vez, haciendo de ese lugar uno todavía más adorable.

La neblina en otro escenario sería deprimente o tenebrosa, pero no aquí en Zacatlán. Miren que estar junto al Kiosco admirando los arcos del Palacio de Gobierno, tapándose las manos del frío y que de pronto llegue un olor a café de un lugar cerca de ahí, lo hacen a uno quererse quedar en Zacatlán el resto de sus días.

Por último visitamos la fábrica de Relojes Centenario, en donde el tiempo se hace.

Si más temprano no sentimos el efecto al pasar bajo la Piedra de Tiempo, ni encontramos un ranura en la temporalidad, en esa sala en donde se  mueven los engranes y el ligero tic-tac de todos los relojes hacen un eco ordenado, me da la impresión de que ahí, en ese pequeño cuarto de Zacatlán de las Manzanas es donde el tiempo descansa y no trabaja.

Nos leemos pronto

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