Cosas que le pasan a uno: Pensamiento sobre la correspondencia

Por Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

Recibir un sobre dirigido a alguien que ya está muerto, es lo más cercano que he estado de presenciar un fenómeno paranormal. Fue hoy. Llamaron a la puerta, era el cartero. Desde niño su llegada es algo que me emociona, tanto que hasta me peleo por abrir la puerta, aunque de un tiempo acá, su imagen se ha degradado en mi espectro de lo inesperado porque solo trae cuentas y volantes anunciando ventas nocturnas de Sears.

Así que abrí. Buenos días, tardes ya. Me dio la correspondencia. Me despedí, es el mismo desde hace veinte años. Ya está viejo, pensé, cuánto tiempo más seguirá viniendo en bicicleta. Cerré la puerta, barajé los sobres con la esperanza de encontrar la postal de algún amigo. Nada, por supuesto. Pero justo a punto de dejarlos, uno llamó mi atención.

Carmen Reyes de Argueyes. Se me erizó la piel de los brazos. Mi abuela no vive desde hace ocho o nueve diciembres, pero hoy fue como si esa carta dijera que en alguna parte sigue estando, respirando y comiendo cascaritas tostadas de torta de agua untadas de mantequilla y espolvoreadas con azúcar morena cada mañana de sábado. En el sobre, además de la aberración ortográfica en su nombre de casada, venía un sello del Servicio Postal alertando propaganda en su interior. En el remitente se leía Misioneros Combonianos. Me mantuve con el sobre en las manos un buen rato, pensando si sería propio abrirlo.

Una vez soñé, no hace mucho, que me encerraban en la cárcel de Lecumberri por abrir con abrecartas de plata un sobre amarillo que iba dirigido a mí pero que habían dejado en la puerta del vecino. Un sueño de carretera, rarísimo, producido por haber conciliado el sueño de regreso a Puebla justo al momento de pasar junto a lo que ahora es el Archivo General de la Nación y por tener en mis manos un sobre amarillo con los boletos de un concierto.

Pero son solo sueños, me dije, y entonces lo abrí.

Un folleto, tres imágenes religiosas, una forma rellenable para aportar económicamente a los que dedican su vida a la evangelización. Imaginé a la abuela, en algún jueves de los noventa después de la lluvia, yendo a misa de siete en su Ford Ghia azul marino y platicando con algún padre después de la comunión. O mejor aún, tal vez en una cena, en México, con el Cardenal Corripio, mediados de los ochenta, enfundada en un vestido azul celeste, escuchando muy  atenta las causas de los Combonianos junto a mi abuelo, llenando una forma, poniendo equis en las casillas que indicaran el monto de su aportación, escribiendo, con letra script, incómoda para ella, la dirección a la que incluso después de muerta, los folletos de los Combonianos seguirían llegando.  

Para mi generación, el correo, la correspondencia, el cartero y las postales pertenecen a la fantasía. Nos traen -cuando lo hacen- recuerdos de otras partes. Cuando yo me muera mi Facebook estará ahí, pero alguien podrá avisar a Atención a Usuarios que ya estoy muerto y entonces harán de mi página un memorial como lo han hecho con tantos perfiles de gente que se ha ido muy temprano en pleno auge de la era cibernética. Mis amigos, o los que quedan de ellos, escribirán cosas en mi muro fingiendo que todavía estoy vivo y eso será muy extraño.

Pero terminar la correspondencia física de los Misioneros Combonianos no es tan sencillo para mi abuela. O tal vez sí, bastaría con decir al cartero que el destinatario no está disponible más por defunción, y entonces, en el reverso del sobre yo o él tendríamos que tachar con una equis la casilla correcta de entre las diferentes opciones de razones por las cuales la correspondencia no llegó a manos de su destinatario, entre las que se leen Domicilio erróneo, Cambió de Domicilio, Lote Baldío o simplemente Rehusada. Tacharíamos la opción número cinco: Falleció. De esa forma los sobres de los Misioneros Combonianos dejarían de llegar para siempre, y a nadie le importaría, ni siquiera a ellos.

Pero no haré nada de eso. Tal vez la correspondencia sea la única forma que los muertos tienen para decirnos que están ahí, en alguna parte.

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