Cosas que le pasan a uno: Recoger los pedazos

Por Pablo Íñigo Argüelles / @Piaa11

El editor del New Yorker, David Remnick, fue de los últimos en conversar con Leonard Cohen antes de su muerte. En la magnífica entrevista, realizada para el programa de radio del semanario neoyorquino, Remnick conduce al poeta canadiense a través de los más oscuros demonios y pasajes de su memoria, que terminó de apagarse un siete de noviembre de dos mil dieciséis, después de caerse de la cama mientras dormía, en Los Ángeles.

Qué forma tan más humana de morir para el más humano de los cantantes de nuestro tiempo.

Pero antes de ir al punto -siempre me tardo en ir al punto-, creo que es preciso hacer notar que hay un pasaje de la charla en la que Cohen, cuya voz ya se escuchaba desgastada, ofrece queso y nueces al periodista. El hecho de haber dejado ese fragmento en la edición, me parece un acierto milagroso -y periodístico- porque representa, creo yo, mejor que todas las preguntas que Remnick pudo haberle hecho esa tarde, la sencillez del genio de Leonard Cohen

Pero al ser abordado por su interlocutor a propósito de su canción insignia, “Hallelujah y su calidad de himno religioso para muchos fanáticos, Cohen rechaza por completo la idea pretenciosa de hacer de esa o cualquier otra composición un cántico religioso y, en un giro sorprendente de la conversación, éste le comienza a hablar a Remnick sobre el principio cabalístico desde el que escribió y compuso durante gran parte de su vida. Aquí lo traduzco:

“Dios creó al mundo y se dispersó a sí mismo, la creación es una catástrofe. Hay piezas de Él, o Ella o  de Eso que están por todas partes, y la específica tarea del judío es la de reconstruir el rostro de Dios, que alguna vez fue una unidad armoniosa”.

Debo decir que se me hizo un nudo en la garganta. La naturalidad y transparencia con la que Cohen describe su tarea diaria de poeta y se deslinda de cualquier falsa e innecesaria gloria, me cambió la forma en la que entiendo, hago y digo muchas de las cosas. Si en lo anterior cambiamos la palabra judío por alguna otra como poeta, escritor, fotógrafo, maestro o pintor, nos quedaríamos con un hermoso manifiesto, que debe ser, de alguna forma, aplicado hasta en lo más pequeño de nuestra cotidianidad.

La labor, pues, de un artista, debe ser humilde, pues está solamente recogiendo los pedazos de algo mucho más grande, algo que jamás podría entender.

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Hoy inauguramos nuestra primera exposición de Proyecto Análogo, el proyecto fotográfico que M. y yo fundamos hace más de un año y que ha intentando, a través de los lentes, ir recogiendo los pedazos de aquello que es más grande. La cita es a las 19:30, en el Parque España 2, y aunque no nos puedan acompañar hoy, nuestras fotografías estarán ahí un mes, hasta el 22 de abril. La entrada es gratuita.

Y por hoy es todo, porque estoy cansado y también estoy feliz. Ya lo entenderán cuando les cuente un día de estos sobre cómo empezó ese Proyecto, nuestro Proyecto Análogo (Instagram: @proyectoananlogo).

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